Leí hace unos días un artículo en Facebook, que hablaba sobre la piratería y la responsabilidad. Hoy lo he estado buscando, pero como no tuve la precaución de anotar el nombre de su autor, el título exacto, el… medio, etc. pues no lo he encontrado. Andará perdido en el marasmo de la red. Tengo que reconocer, eso sí, que no me he pasado una hora buscándolo, ni mucho menos; solo le he dedicado el tiempo que suelo necesitar para encontrar en mi casa un libro concreto, o algún que otro documento que me sirva de información. A pesar de todo, reconozco que si no lo he encontrado en unos minutos es, sobre todo, culpa de mi ineptitud.
El artículo en cuestión, como suele ocurrir, desencadenó algunos comentarios y una polémica encendida sobre si apropiarse de gratis en internet de obras culturales (sobre todo cine, música y libros) era o no piratería. Tema manido, ya lo sé. Apunté una frase escrita por una mujer (siento no haber apuntado también su nombre) que decía: “Me niego a pagar los sueldos sobrevalorados de los jerifaltes (estaba escrito con jota) editoriales, como los de las discográficas.”
¡Me parece muy bien! ¡Vamos a dejar de pagar sueldos sobrevalorados! Aunque yo, que conozco un poco el mundo editorial, estoy convencido de que los editores de a pie –que son los que llevan todo el largo y exigente proceso de edición, desde que reciben un original hasta que lo publican– no tienen sueldos sobrevalorados; tampoco los tienen todos los equipos de diseño, de maquetación, de arte, que siempre son fundamentales en el resultado final. Ni mucho menos los tienen los empleados del departamento de marketing, ni los comerciales. Y no hablemos de los ilustradores, o los traductores, que aunque por lo general no son personal de plantilla de las editoriales, colaboran estrechamente con ellas. Podíamos incluir también al personal administrativo, al de mantenimiento, a los conductores de las furgonetas de reparto, a los que atienden la central telefónica, etc. Y todo ello, por supuesto, si nos referimos a una editorial grande. Hoy, es un hecho, predominan las pequeñas, incluso las muy pequeñas, en las que pronunciar la palabra gerifalte (esta vez con ge) les daría un ataque de risa.
Pero yo estoy a favor de acabar con los sueldos sobrevalorados, como afirmaba la mujer que escribió ese comentario. Por eso, queridos mirones, os digo: vamos a dejar de pagar el recibo de la luz para evitar los sueldos sobrevalorados de los gerifaltes de las compañías eléctricas –esos sí que están sobrevalorados– y, para ser coherentes, vamos a dejar de pagar también el recibo del agua, del gas y, por supuesto, la hipoteca –que en la banca hay muchos gerifaltes con sueldos sobrevalorados–. Me parece especialmente importante dejar de pagar el recibo del teléfono y, por consiguiente, nuestra conexión a internet, porque con el “todo gratis” que pregonan implícitamente en el fondo las compañías lo que están haciendo sus gerifaltes es ponerse unos sueldos sobrevalorados –a veces, hasta el escándalo y la ofensa–. ¡Ah! Vamos a dejar de comprar ordenadores, porque me temo que los gerifaltes de todas las marcas tienen sueldos sobrevalorados. Y, para no seguir aburriendo a la peña con una lista demasiado larga, vamos a dejar de entrar en webs donde se ofrecen películas, música y libros pirateados. ¿Os imagináis la pasta gansa que están ganando los gestores de esas webs sin dar un palo al agua? ¿No son eso sueldos sobrevalorados? Quizá no sean sueldos sobrevalorados, porque algunos se han hecho simplemente multimillonarios.
Me apunto: ¡abajo los sueldos sobrevalorados de todos los gerifaltes (con ge y hasta con jota)! Y si, a pesar de todo, lo que queremos es cargarnos el mundo editorial, discográfico, cinematográfico, etc. pues adelante. Al mismo tiempo, aunque de otra manera, ya se están cargando también el mundo de la ciencia y la investigación. Sin cultura, es probable que seamos felices, mucho más felices de lo que somos ahora, como un ñu pastando al sol en una pradera, ajeno al león que se acerca sigilosamente.