Nací en Madrid, en la casa de mi abuela Dolores, un día muy caluroso de verano, poco después de que el siglo XX hubiera atravesado su ecuador. Como no tenían una cuna a mano, me metieron en un cesto de la ropa. Entre aquellos mimbres dormí mi primera siesta.
Pero creo que hasta que no cumplí los quince años y comencé a ir a un instituto situado muy cerca de la plaza de España, no comprendí que realmente vivía en Madrid. Había nacido en un barrio de la periferia, Carabanchel Bajo, y apenas había salido de él. Creo que toda la gente que vivía entonces allí tenía la idea de que una cosa era el barrio y otra, distinta, Madrid.