Página personal de Alfredo Gómez Cerdá
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Biografía

Nací en Madrid, en la casa de mi abuela Dolores, un día muy caluroso de verano de la segunda mitad del siglo XX (más bien hacia el principio de esa segunda mitad). Como no tenían una cuna a mano, me metieron en un cesto de la ropa. Entre aquellos mimbres dormí mi primera siesta.

De pequeño
Pero creo que hasta que no cumplí los quince años y comencé a ir a un instituto situado muy cerca de la plaza de España, no comprendí que realmente vivía en Madrid. Había nacido en un barrio de la periferia, Carabanchel Bajo, y apenas había salido de él. Creo que toda la gente que vivía entonces allí tenía la idea de que una cosa era el barrio y otra, distinta, Madrid.

En ese barrio he vivido muchos años –no solo mi infancia y mi adolescencia– y siempre lo consideraré mi barrio, aunque me vaya a vivir a la Cochinchina. Hoy, apenas lo reconozco, pues la especulación inmobiliaria ha arrasado todo. Como muchos, tengo la sensación de haber nacido en un lugar que ya no existe.

Recuerdo muchas cosas de mi infancia, pero una quizá sobresale del resto: el patio enorme de la casa de mi abuela Dolores. ¡La de horas que habré pasado en él jugando con mis primos! Por cierto, tengo primos para aburrir.

Con los compañeros de colegio

Recuerdo también los colegios del barrio donde aprendí a leer y a escribir, pequeños, viejos e incómodos; por eso me quedé con la boca abierta cuando, al comenzar el Bachillerato, mis padres me llevaron al colegio Amorós, con los frailes. El colegio estaba situado en dos edificios bajos y gemelos en medio de una finca inmensa. Se llegaba por una calle que estaba entonces sin asfaltar y cuando llovía volvíamos a casa con barro hasta en las orejas. Había campo de fútbol, de balonmano, de baloncesto, una piscina que en invierno se helaba, zonas arboladas, un huerto, un palacio del siglo XVIII que perteneció a Godoy... Solo había una cosa en aquel colegio que no me gustaba: los profesores. Sentía pánico de los profesores porque a las primeras de cambio te pegaban una bofetada con todas sus ganas. Una, o dos, o tres, o diez... Todos perdimos la cuenta. Nadie se libró de los tortazos. Eso sí, a veces, algún profesor se ponía a jugar al fútbol con nosotros durante la media hora del recreo, entonces nos aprovechábamos y le dábamos patadas hasta en el carné de identidad. Mis cuatro años en el colegio Amorós habrían sido fantásticos si los profesores se hubieran dedicado solo a enseñar.

El instituto fue como una bocanada de aire fresco. Me sentí tan a gusto allí, tan libre, que hice de todo menos lo que se supone que debía hacer: estudiar. Lo pasé de maravilla, pero no hablaré aquí de mi expediente académico. En aquella época descubrí el teatro. Me fascinó. Escribía desde los once años, pero a partir de ese momento –y durante mucho tiempo– solo escribí teatro.

En la universidad
Mi primera experiencia literaria seria la viví a los veinte años y fue precisamente a través de una obra de teatro. Yo era el autor, el director y el actor principal. Muchos pensarán que era, además, un auténtico acaparador.

Había dejado los estudios al terminar el Bachillerato y había empezado a trabajar en lugares muy aburridos que no me interesaban nada (una compañía de seguros y la Administración). Pero como la literatura era ya mi pasión, a los veintiún años decidí matricularme en la facultad de Filología Española. Fueron cinco años en los que apenas pude escribir, ya que trabajaba por las mañanas y asistía a clases en el turno de tarde. Además, poco después nació mi hijo, Jorge.

Solo sacaba tiempo para escribir alguna poesía corta en el G, que era el autobús que iba desde Moncloa hasta la facultad de Filología.

Cuando acabé la carrera ya había decidido que no quería dedicarme a la enseñanza –¡qué cosa tan difícil la enseñanza!–, por eso empecé a escribir sin parar.

A los veintiocho años conocí a un productor de cine y colaboré como guionista en su empresa. Era para mí un mundo desconocido y fascinante. Durante dos años hice algunos guiones y adapté novelas, pero no fue una experiencia gratificante, sobre todo porque las películas que se hacían allí no me gustaban nada. Fue una pena, porque el cine me encanta.

Con mi hijo Jorge

Y por aquel entonces sucedió. Acababa de cumplir treinta años y mi hijo Jorge, seis. El caso es que escribí dos libros para niños, uno se llamaba El árbol solitario y el otro Las palabras mágicas. Me sentía muy inseguro escribiendo relatos infantiles, pero decidí probar suerte con un premio literario que vi anunciado en alguna parte, se llamaba –y se llama– “El Barco de Vapor”. Envié Las palabras mágicas y no se me dio mal, pues gané el segundo premio y, sobre todo, me publicaron el libro.

Y ahí empezó realmente todo. Descubrí de pronto un mundo lleno de creatividad desbordante, de imaginación, de comunicación mágica y, en definitiva, de literatura.

Alejo Carpentier decía que los escritores no eligen los libros que escriben, sino al revés: los libros eligen al escritor. A mí me ha pasado eso con la literatura infantil y juvenil.

Desde entonces no he parado ni un solo día de escribir. No puedo parar, pues siento una fuerza misteriosa que me empuja. Primero escribo los libros en mi cabeza y luego en un papel, aunque a veces lo hago al mismo tiempo. Siempre digo que me inspiro en dos miradas: una interior, que busca dentro de mí mismo; y otra hacia fuera, que busca a los demás.

Firmando libros
Ya he publicado más de ochenta libros –aunque muchos son cuentos cortos– y he viajado por muchas partes hablando de ellos con niños y jóvenes de todas las edades. Me gusta escribir para todas las edades –también he escrito para adultos–, me gusta tocar todos los géneros, me gusta saltar de un tema a otro... Por este motivo, algún crítico ha dicho que soy un escritor muy difícil de clasificar. A mí me encanta que mi línea sea precisamente la diversidad, pues siempre he odiado encasillarme.

Mis libros se han publicado en varios países de Europa (Francia, Italia, Portugal, Alemania, Dinamarca, Suecia, Noruega, Islandia), América (Canadá, EE.UU. México, Colombia, Perú, Argentina, Brasil) y Asia (Corea, Líbano, China, Japón).

Retrato

Por mi trabajo he recibido más de veinticinco premios, que siempre me han animado a continuar: premio "Altea", accésit premio “Lazarillo”, premio "El Barco de Vapor", "Il Paese dei Bambini", en Italia, premio ASSITEJ-ESPAÑA (Teatro), premio “Gran Angular”, premio "White Raven" (en dos ocasiones), en Alemania, premio Ala Delta, premio Cervantes Chico... En 2009 me concedieron el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, que todo el mundo dice que es un premio muy importante. Pero el mejor premio de todos son los lectores, niños y jóvenes con los que no me canso de hablar, con los que me divierto, con los que me enriquezco siempre. Niños y jóvenes que me escriben preciosas cartas, que me llaman a veces por teléfono, que me mandan correos electrónicos... Ellos siempre me piden que no deje jamás de escribir, pero me temo que voy a defraudarlos. Sí, lo siento, he decidido que solo voy a escribir hasta que cumpla ciento treinta y siete años. Después, tengo pensado hacer otras cosas.

Alfredo Gómez Cerdá

 
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