Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Los verdaderos héroes

18 de Agosto, 2009

blog-sol.bmp

Hay quien sostiene que en el siglo XXI ya no se puede viajar -en contra de las apariencias- y solo es posible “hacer turismo”. Es cierto que puedes buscar el lugar más recóndito del Planeta y al llegar allí encontrarte a un “grupo organizado” -no es preciso que sean japoneses, aunque hay muchas probabilidades de que lo sean-  haciendo fotografías y siguiendo a un individuo que levanta un paraguas cerrado u otro objeto que lo distinga entre la multitud. 

Hay quien siente nostalgia de los grandes viajeros y, por consiguiente, de los grandes viajes -exploraciones o expediciones, se decía entonces-. ¡Qué añoranza de Alejandro Malaspina o de Richard Ford! ¡Qué envidia de Darwin, Humboldt o Celestino Mutis! ¡Qué emoción ante el encuentro de Livingstone y Stanley! ¡Y qué decir de Admunsen, Scott, Peary…!

Estoy en condiciones de afirmar que todos esos grandes viajeros, famosos por su tenacidad y valor, no son nada comparados con el turista del siglo XXI, tan vilipendiado, ninguneado y hasta despreciado. ¡Qué ingratitud y que ignoracia supina! Los verdaderos héroes de nuestro tiempo son los turistas; y cuanto más organizados, mejor; y cuanto más en masa, mucho mejor. ¿Hay algo comparable a recorrer un país entero en doce días? Esta proeza solo son capaces de llevarla a cabo los turistas del siglo XXI. Y en algunos casos -hay certeza de ello- se ha recorrido un continente entero en dieciocho días -incluidos viajes de ida y vuelta-. ¿Recordáis, mirones, aquella frase de aquella película: “Si hoy es martes, esto es Bruselas”?

Se necesita mucho más que tenacidad y valor para levantarse todos los días a las cinco de la mañana y pelearse en el autoservicio del hotel por el tostador y una taza de café asqueroso; se necesita valor para echarse a la calle y deglutir, uno tras otro, todos los monumentos que vayan apareciendo por el camino. Se necesita un carácter especial y una biología a prueba de bombas para soportar una cola de dos horas a pleno sol y a las tres de la tarde, con el último bocado de la comida aun bajando por el esófago, con el agravante de que la cola desembocará en una angosta escalera de caracol de quinientos peldaños, que el turista del siglo XXI escalará con estoicismo -las chanclas o los zapatos de tacón a rastras- para llegar a la terraza superior de la torre, abrirse paso a codazos entre la multitud y contemplar esa panorámica que sale en todas las postales. No le importará el sudor, que ya ha empapado su ropa y que va dejando un reguero sobre las losas de piedra, ni el riesgo de deshidratación, ni el colapso o a la mismísima muerte súbita. El turista del siglo XXI es capaz de desafiar a la insolación o, si llega el caso, a la hipotermia -da igual lo que le echen-. El turista del siglo XXi, además, se desplaza siempre con una mochila a la espalda o un bolsón en bandolera, repletos de utensilios que por lo general nunca utilizará, y por supuesto, con una cámara fotográfica de la que no aparta su vista ni un segundo y que no cesa de disparar. Y es que el turista del siglo XXI -y esto es otro mérito a añadir- solo ve las cosas a través del visor de esa cámara, por lo que la realidad será lo que quepa dentro de ese visor, por supuesto, tamizada por los píxeles y demás zarandajas electrónicas.

El turista del siglo XXI viaja a pesar de que es consciente de que sería mucho más feliz quedándose en casa, o a lo sumo en la piscina del barrio; visita museos, castillos, palacios, iglesias, catedrales, murallas, catacumbas, que le importan un bledo; escucha explicaciones de los guías sobre batallas, gestas, conflictos políticos, intrigas, que le traen sin cuidado; observa los dormitorios de reyes, los despachos de científicos, los estudios de artistas, los váteres de emperadores… Y, por supuesto, todo ello después de una cola gigantesca. Las colas ya forman parte de la idiosincrasia del turista del siglo XXI, y las hace hasta para comprar un helado, rellenar la botella de agua en una fuente, o comprarse un souvenir espantoso en un tenderete…

 ¿Hacen falta más argumentos? Sería fácil encontrarlos, aunque me temo que excederían los límites sensatos de este blog. Por favor, ¡un monumento a los verdaderos héroes del siglo XXI!     

Libros para el verano

16 de Julio, 2009

05-ks-c-bomarzo_web.jpgEn cierto modo, me horroriza el título de la entrada que acabo de escribir. No existen libros para ninguna estación del año, por fortuna. Pero no hago más que oír esta expresión una y otra vez por todas partes, sobre todo en la radio. Entrevistan a alguien y, al final, le preguntan: “¿y qué libro está leyendo este verano?”. ¿Por qué no se hace la misma pregunta en otras estaciones? También se habla constantemente de “recomendaciones para el verano”. ¿Hay estadísticas que demuestren que se lee más en verano?

Lo que sería realmente espantoso es que hubiese “libros de verano”. ¿Los habrá y yo no me he enterado? Todos sabemos que existen “canciones de verano”, por lo general espantosas. Hay quien afirma que en verano se busca una literatura más ligera, pero yo nunca he entendido el término ligero aplicado a literatura. Es una sandez, como tantas, a no ser que se refiera exclusivamente al peso en gramos del libro.

Queridos mirones, ¿estáis leyendo más este verano? Os preguntaré lo mismo que los locutores de la radio: “¿Y qué libro leéis?” Yo creo que tengo diez o doce libros esperando. Algunos son de autores a los que he conocido en persona recientemente. Siempre que conozco a un escritor me apetece leer algo suyo, si no lo he hecho ya -y si me cae bien, naturalmente-. Por esa circunstancia, tengo previsto leer a José Ovejero y a Paloma Díaz Más. Pero hay un libro, además, que quiero leer este verano -ya he comenzado con él- es una de esas obras monumentales de la literatura comtemporánea: Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez. Tengo referencia del libro desde hace muchos años -incluso confieso haber aprobado con nota en la Universidad la asignatura de Literatura Hispanoamerica II sin haberlo leído-, pero ha sido este verano cuando me han entrado ganas de hacerlo. Era el momento. Me ocurrió con Marcel Proust, que no me apeteció leerlo hasta que cumplí cuarenta años. Que nadie entienda que haya querido decir con esto que los libros vayan ligados a una edad; pero sí es cierto que a cada edad te va apeteciendo leer determindos libros. Este año toca Bomarzo. Por cierto, me encanta la gente entrada en años que disfruta con la literatura infantil y juvenil. Y que ningún ignorante diga que la LIJ es ligera, en todo caso será LIJera.   

Juan Muñoz. Retrospectiva

10 de Julio, 2009

juan muñoz

El escultor Juan Muñoz murió súbitamente en el verano de 2001. Aun no había cumplido los cincuenta años. Ya era un escultor conocido en medio mundo. Hasta el día treinta y uno de agosto se puede ver en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía una exposición de su obra, “Retrospectiva”. Tener la posibilidad de acercarse a verla y no aprovecharla sería imperdonable.

El estado de ánimo del que mira, del que contempla, siempre me ha parecido fundamental. Por eso, podemos contemplar una misma obra de arte en dos momentos diferentes de nuestra vida y experimentar sensaciones distintas, hasta opuestas. ¿Cuál era mi estado de ánimo cuando hace unos días estuve paseando entre las figuras de Juan Muñoz por el museo? No hablaré aquí de esas cosas, al menos explícitamente; pero estoy convencido de que mi estado de ánimo tuvo que influir a la hora de interpretar -a mi manera, por supuesto- la obra que tenía delante. ¿Estaba yo predispuesto a integrarme con la obra o, por el contrario, la obra tiene el poder de atrapar al que observa, al que mira, al que simplemente pasa por allí…? Me perturbaron esos rostros clónicos que no dejan de reír. ¿De qué se ríen? ¿Por qué se ríen? Me desorientaron los espacios donde se encuentran los personajes, a veces los espacios parecen los contrario: la falta de espacio. Personajes -¿no sería más correcto decir figuras?- que han sido captados en un instante concreto en medio de una inmensa sala vacía, donde lo único ajeno son los propios visitantes. Personajes colgados de una pared, sentados, con las zapatillas de andar por casa, riendo a carcajada limpia. Personajes que se agachan para mirar, para buscar, y solo encuentran un espejo que les devuelve su propia imagen. Enanos solitarios en el escenario de un teatro. Hombres que parecen balancines y a los que dan ganas de empujar. Te acabas fundiendo, confundiendo, con las figuras -¿no debería decir personajes?-, y te das cuenta de que, como ellas, eres un espectador más. Vuelves la cabeza sorprendido y descubres que el público, ese público que ha pagado una entrada como tú, te está observando. Observar y ser observado. Te da un vuelco el corazón y te miras las manos, el cuerpo entero, para cerciorarte de que no eres de resina, ni de bronce.

Se dice siempre que una obra de arte es la que habla de cosas eternas, permanentes desde que el hombre es hombre. Y esas cosas, la verdad, son pocas. Por eso el arte se repite y se repite. Lo importante es reinterpretar en cada momento el presente, el presente del creador inmerso en el mundo -su mundo y el mundo de los demás-. La visión de Juan Muñoz inquieta, sorprende y conmueve.      

Tirar la toalla

26 de Junio, 2009

boxeo

Esta misma tarde, charlando con una editoria y, a pesar de ello, amiga, me preguntaba si habría existido algún boxeador que, encontrándose en clara situación de ganar un combate y sin ningún motivo excepcional que lo aconsejase, hubiese tirado la toalla. Es decir, rendirse cuando se está venciendo. 

Por supuesto, este acto no implicaría un menosprecio del rival, ni lo contrario, una valoración excesiva. En realidad, el rival no contaría en la decisión. Tirar la toalla sería el colofón del combate que el pugil mantiene consigo mismo. Una parte del boxeador se impone a la otra y le hace abandonar. Es una lucha distinta, callada, íntima, sin mamporros, sin cejas rotas, sin labios sangrantes… Es una lucha que tiene más que ver con los escalofríos de la conciencia, con la nebulosa de la certidumbre. Es proclamar en voz alta: he llegado hasta aquí y me importa un bledo ganar. Me bajo del cuadrilátero y me tienen sin cuidado los abucheos del público. ¡El público! ¡Qué coartada perfecta!

Escribir y boxear, a simple vista, no tienen nada que ver. Es cierto que la literatura se ha ocupado a menudo del boxeo, no al contrario. Pero en el fondo escribir también es boxear contra uno mismo. Y nuestros propios golpes suelen ser tan dolorosos como los ajenos, o más. Por ese motivo, un escritor también puede tirar la toalla, aunque en la cartulina de los jueces vaya ganando el combate. Pero, en definitiva, ¿qué entienden los jueces de boxeo? Y peor aun, ¿qué entienden de literatura?

Maruja

10 de Junio, 2009

varias-primavera-09-026blog.jpg

Hace veinte años existían en Castilla-La Mancha los Centros Coordinadores de Bibliotecas. Cada provincia tenía el suyo. Creo que visité todos, algunos muchas veces. Si tuviera que quedarme con dos, elegiría los de Ciudad Real y Albacete. Y si me obligasen a selecionar uno solo, no lo dudaría: Albacete. 

Creo que los políticos que los impulsaron nunca fueron conscientes de lo que acababan de poner en marcha, pues de lo contrario esos mismos políticos nunca se los hubiesen cargado de un plumazo unos años después. Las bibliotecas -y con ellas- los libros -y con ellos- los escritores, llegaron a los rincones más alejados y abandonados de cada provincia. Nunca he visto nacer una red de bibliotecas con tanta fecundidad y con tanta ilusión. La tela de araña se tejía con renglones llenos de letras, de ideas, de sentimientos, de experiencias… Y todos se dejaban envolver por el arrullo mágico y comprometido de las palabras.

Y detrás de todo aquello, por supuesto, había personas, sobre todo mujeres. Mujeres inteligentes, ilusionadas, entregadas…, que nunca miraban el reloj cuando estaban trabajando, porque en el trabajo estaban descubriendo una razón de ser y una manera de crecer. Me consta que hasta pasaron noches en vela colocando los libros en las estanterías para que la biblioteca pudiera ser inaugurada al día siguiente. Me consta tambien que, en alguna ocasión, hasta recibieron la visita de la guardia civil, extrañada de que en horas tan intempestivas las luces de la biblioteca estuvieran encendidas.

¿Por qué se tiran proyectos tan hermosos a la basura?  ¿Por qué se prescinde de personas tan valiosas y tan generosas? ¿Por qué se empeñan en meter a la cultura en contenedores de colores para reciclarla?

Maruja, yo no quiero felicitarte solo por tu cumpleaños. Sigo visitando a menudo bibliotecas de la provinvia de Albacete, algunas en pueblos remotos y casi perdidos, y compruebo que son de las más activas y dinámicas de España. Entonces no puedo evitar acordarme de ti, de tu equipo, y de todo lo que fuiste sembrando. Siguen en pie los edificios, con sus estantes llenos de libros; siguen en pie las ilusiones. Las raíces son hondas y muy sólidas. Por eso, mi felicitación es doble. Cincuenta besos. 

Sonríe, ¿para qué?

23 de Mayo, 2009

sonrie.JPG

La palabra “sonríe” que aparece en la fotografía está formada por numerosos vasos de plástico, incrustados cuidadosamente en una tela metálica que cierra unos terrenos cercanos a la Casa de Campo, en Madrid. Está justo en una rotonda con bastante tráfico, lo que significa que muchos conductores habrán reparado en ella. Me llamó la atención verla escrita de aquella manera y me pregunté de quién habría sido la idea, y también qué pretendía conseguir. ¿Hacer sonreír a los conductores estresados que pasasen por allí rumbo a la desalentadora rutina diaria? ¿Dar una pincelada de buen humor y optimismo en tiempo de crisis? ¿Simplemente llamar la atención? ¿Era acaso una forma de sustituir las pintadas de los grafiteros? 

De cualquier modo, la iniciativa me hubiese resultado graciosa de no ser porque he empezado a ver por otras calles de la ciudad unos carteles, perfectamente impresos, con la misma palabra y con la bandera y el escudo de Madrid debajo. Por tanto, ese “sonríe” me temo que solo es un eslogan del ayuntamiento, cuya finalidad podemos imaginar: dar una imagen amable para conseguir los dichosos juegos olímpicos. Y claro, se rompió el encanto. ¡Yo que pensaba que se trataba de un loco visionario empeñado en arrancar una sonrisa al mundo por el mero placer de sonreír!

Y una duda: ¿pagará el ayuntamiento a algunas personas para que introduzcan cuidadosamente vasos de plástico en las alambradas y conformen palabras? ¿Qué tipo de funcionarios serán los encargados? ¿Se podrá opositar a ello? ¿Cuál será el temario de la oposición? ¿Como requisito bastará con haber terminado la Primaria o se necesitarán estudios universitarios?

Café, bollos y…

6 de Mayo, 2009

cafe_abril09_03-blog.jpgMe han asegurado que el café es bueno y los bollos deliciosos. Además, y aunque algunos puedan pensar lo contrario, Colmenar Viejo no está en la Cochinchina, ni mucho menos. Es cierto que no se puede llegar por tierra, mar y aire; pero desde Madrid hay una autovía y una línea de Cercanías. Dicen de este lugar que es la puerta de la sierra, por eso se respira un aire tirando a limpio y a fresco. Yo pasé un verano allí en mi remota infancia y aun recuerdo una casa de piedra grandota, el perfil de las montañas y una noche de tormenta. El anfitrión será Andrés Guerrero, pintor, ilustrador, escritor: un lujo. No sé si en el pósito quedarán restos de grano, si es así, haremos un pan de hogaza para la cena; pero me temo que de pósito solo debe de quedar el nombre. En principio no habrá niños ni zagales, no porque tengan prohibida la entrada, sino porque trataremos de hablar de un libro de los que solo lee la gente llamada adulta. ¿Por qué no estoy dispuesto a cambiar este “oficio miserable” por cualquier otro? No lo sé. ¿O sí lo sé? Es cierto que nunca me he comprendido a mí mismo. Será porque ni siquiera me conozco. Siento desaprovechar tu sabio consejo, Sócrates. Tú también estás invitado, querido filósofo. No importa que no tengas tiempo para cambiarte de ropa y llegues hecho un zombi. Nos haremos cargo. 

Los judas

25 de Abril, 2009

judas-bog.jpgLa fotografía está tomada en la plaza de un pueblo de Madrid, Robledo de Chavela, el domingo de Resurrección. La grotesca figura que está atada en lo alto de un palo, junto a unos cacharros de cerámica, representa a Judas Iscariote. A las doce del mediodía, después de que termine la procesión correspondiente y de que la banda municipal toque el himno nacional, la gente, provista de gran cantidad de piedras, comienza a lapidar “al traidor”. Llueven las piedras sobre la plaza principal del pueblo -la policía ha acordonado la zona para evitar heridos- y los cacharros de cerámica son reventados. De ellos sale todo tipo cosas: confetis, pájaros, un faisán y hasta una bandera de España. Por supuesto, la figura “del judas” también va sufriendo lo suyo con las pedradas y, poco a poco, va quedando irreconocible. Cuando no queda ningún cacharro entero se acaba la fiesta.

¡Que bueno que existan “judas” para poder lapidarlos todos los años! Los malos siempre han sido necesarios en la historia, sobre todo para que los buenos salgan victoriosos y cuenten sus hazañas. ¿Qué sería de los buenos sin los malos? Los buenos, incluso, son capaces de inventarse a los malos, o de convertir en malvado al primer despistado que pase por delante de ellos. Solo la edad nos va volviendo más escépticos y nos hace descabalgar a los héroes y decapitar a los profetas, por eso ya ni siquiera nos reconforta el linchamiento de los judas. Todo lo contrario.

La casa de verano

6 de Abril, 2009

casa-de-verano-blog.jpgEs mi primera novela y la escribí en 1983 (se publicó dos años después). Me sorprende que haya aguantado tantos años en el mercado, es decir, “viva”. Y me alegra enormemente que se haya hecho una nueva edición en la serie “Los libros de Alfredo” de la colección Gran Angular. Esperaba con ganas esta edición, sobre todo porque én los últimos meses el libro estaba agotado y era prácticamente inencontrable. Ha sido un verdadero re-nacimiento.

Siempre hay algún libro donde el escritor refleja su vida (parte de su vida o algo de su vida) de manera especial, y en mi caso sucedió con “La casa de verano”. No es, ni mucho menos, la autobiografía de mi adolescencia. Pero hay muchas cosas: sentimientos, emociones, lugares, incluso personas… sacadas directamente de mis entrañas.

No es la novela mía con mayor éxito de ventas -aunque diecinueve ediciones no están nada mal-; sin embargo, es un libro que ha calado muy hondo en algunas personas. A quien le ha gustado “La casa de verano” le ha gustado mucho y, curiosamente, no se olvida con facilidad del libro. Me encuentro a menudo a treintañeros, que leyeron la novela hace quince o veinte años y que me la recuerdan como si la hubiesen leído ayer. Eso me emociona siempre. Y lo más interesante para mí: siguen leyéndola quinceañeros con el mismo fervor, sin notar los veinticinco años que han transcurrido desde que fue escrita.

“La casa de verano”, aunque esté situada en un lugar y en un momento concretos, es una novela atemporal, y eso le hace resistir el paso del tiempo. Habla de cosas inmutables, porque son cosas que tienen que ver con sentimientos profundos de los seres humanos, con descubrimientos, con experiencias que todos debemos afrontar. Eso la acerca también al público adulto. La novela se mueve por esa frontera difusa entre jóvenes y adultos y, para mi satisfacción, gusta a lectores de las dos orillas.

La nueva edición, ¡magnífica! Una portada oscura, pero muy sugerente, que invita, que araña, que susurra… Me encanta el juego de las figuras de la portada y la propia grafía del título. La acompaña el apéndice habitual de la serie, con una peculiaridad muy interesante: la entrevista final me la hace mi propio hijo, Jorge. Cuando tenía seis años, él hizo también el viaje en coche hasta Viena, ese viaje que se va relatando en la novela y que, al mismo tiempo, se va convirtiendo en un viaje en el tiempo.

Berlín

1 de Abril, 2009

BerlínDos días en Berlín no dan para mucho, y más cuando la tarde del segundo día se dedica a una conferencia en el Instituto Cervantes; pero al fin y al cabo ese era el motivo del viaje. La primera sensación es que Berlín está en obras, en remodelación: las grúas y los andamios te asaltan por todas partes. Conocía parte de Alemania, pero Berlín es diferente. Lo dicen los propios berlineses: Alemania es una cosa y Berlín, otra.

Berlín es poliédrica, llena de caras. Quizá lo explique la existencia del muro hasta hace casi veinte años. Parece que todo esta duplicado allí, o triplicado. Pregunté por el centro y me respondieron: ¿Cual de ellos? Es también una ciudad abigarrada por algunas zonas y desparramada por otras, con grandes espacios vacíos (no siempre verdes). Esto último se aprecia muy bien desde lo alto de la torre de telecomunicaciones en Alexanderplatz, a 300 m. de altura. Sensación de amalgama: iglesias y museos monumentales con las líneas aéreas del metro cruzando el espacio, tranvías retorciéndose sobre el pavimento empedrado, edificios de todos los estilos y gustos, bares, terrazas, tiendas, bicicletas… Mucha gente joven y variopinta.

No se puede afirmar, en sentido estricto, que Berlín sea una ciudad de arrebatadora belleza, pero tiene algo especial, un magnetismo del que es dífícil escapar. Además es una ciudad muy paseable, que invita a prescindir del plano de orientación y a dejarse tragar por sus calles, por sus barrios… Fundamentalmente es lo que he hecho: pasear y pasear, lo que significa que únicamente he visto la ciudad por fuera. Solo decidí entrar en un lugar (y creo que no pude haber tomado mejor decisión): el museo de Pérgamo. ¡Que nadie que vaya a Berlín se lo pierda!

Berlín es una de esas ciudades que abandonas con el deseo de volver. Merece la pena, y mucho. Debo regresar para descubrir sus entrañas. Lo anotaré en mi agenda.

¿El acto literario del Instituto Cervantes? ¡Genial!