Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

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Daños colaterales del campo

Jueves, 30 de Septiembre de 2010

daños colaterales del campo
El campo, es decir, ese lugar “donde pasean los pollos crudos” tiene sus riesgos. Sería prolijo enumerarlos aquí y, además, desvirtuaría el sentido de este Falso Diario. En la entrada anterior avisaba, o más bien comunicaba, que iba a retirarme del “mundanal ruido”, sin ánimo, eso sí, de buscar ningunda “senda”, ni “sabios que en el mundo han sido”. Después de unos días en compañía de los pollos crudos (tengo que reconocer que en una ocasión me comí uno guisado), los resultados saltan a la vista. La fotografía que acompaña el comentario ilustra perfectamente lo que digo. Acabo de visitar al otorrinolaringólogo (que a pesar de mi amigo Teo, nada tiene que ver con el ornitorrinco) y el diagnóstico es claro: “crecimiento espontáneo de vegetación silvestre en ambos pabellones auditivos”. Tendré que hacerme distintas pruebas radiológicas y análisis varios para determinar qué tipo de vegetación me ha crecido en las orejas de manera tan alarmante. Luego, tal vez haya que recurrir a la cirugía para extirpar esos apéndices tan ecológicos. Se trata, simplemente, de uno de los muchos daños colaterales del campo.

Pollos crudos

Jueves, 23 de Septiembre de 2010

pollo crudo
Hace tiempo leí una anécdota que me hizo mucha gracia. Sucedió en París a comienzos del siglo XX, cuando las vanguardias estaban en estado de efervescencia en esta ciudad. Lamento no recordar el nombre del artista al que le ocurrió (ni siquiera sé si era pintor, escritor, músico u otra cosa), pero casi seguro que se movía en el grupo de André Breton, Louis Aragon, Paul Éluard… Pues parece ser que a este notable personaje los médicos le aconsejaron que pasase una temporada en el campo, debido a una enfermedad que padecía. Él, que era un hombre urbano hasta la médula, se rebelaba y no quería abandonar de ningún modo Paris, que era su mundo. Finalmente, entre todos los amigos le convencieron, hizo las maletas y, con resignación, se fue a pasar una temporada al campo. Cuando regresó, todos fueron a verlo y de inmediato le preguntaron por su experiencia. Él entonces dijo lo siguiente: “Fijaos si el campo es un lugar espantoso, que allí los pollos andan crudos.”

La frase la podían usar como lema los urbanitas. Yo soy urbano desde que nací, aunque periférico, lo que da un matiz especial, y mañana me voy a ese lugar donde los pollos andan crudos. No voy a quedarme, por supuesto, pero pasaré una temporada (no por prescipción médica). Me marcho sobre todo a leer. Soy jurado de un importante premio literario y debo leerme más de veinte libros antes del fallo. ¿Qué es peor, ser jurado de un premio literario o pasar una temporada donde los pollos andan crudos? Sin ninguna duda, lo primero. Me levantaré por las mañanas con el canto del gallo y me acostaré a la hora de las gallinas.

NYC

Jueves, 16 de Septiembre de 2010

NYC
Estoy seguro de que en este preciso instante un hombre se ha sentado a la orilla del mar, en una remota isla (da igual el océano) y ha empezado a pensar en sus asuntos. Y sus asuntos, como es natural, no nos interesan, porque no son nuestros asuntos. Tal vez contemple el vuelo de un cormorán, o de una gaviota; o la espuma de las olas contra la orilla. Después de un rato, se levantará y reemprenderá el camino hacia su casa. Para este hombre ese lugar es el centro del universo y toda su vida gravita en torno a él.

En otro lugar del planeta -puestos a imaginar, podemos pensar en una alta cordillera- otro hombre está contando su ganado, al que se dispone a encerrar como cada noche en el aprisco; mira la choza en la que dormirá y se relame de gusto pensando en la comida que lleva en el zurrón. Y en otro lugar del mundo, un camionero conduce su enorme camión y piensa en los kilómetros que le faltan para entregar la mercancía. Y en otro lugar del mundo, un aprendiz de músico, con su cello a cuestas, va camino de su primer concierto, y está convencido de que, después de todo el tiempo que ha ensayado, lo hará muy bien. Y en otro lugar del mundo, una mujer embarazada se ha quedado dormida sobre el sofá y está soñando con su bebé, que aun no ha nacido. Y en otro lugar del mundo, con los pies descalzos, semidesnudos, un grupo de niños camina durante una hora hasta llegar al pozo de donde sacarán el agua para beber. Y en otro lugar del mundo, yo me asomo a la terraza de mi estudio, miro el cielo nublado del final del verano y luego vuelvo la cabeza hacia los folios que me esperan sobre la mesa; y sonrío a esos folios con complicidad. Y en otro lugar del mundo, tú, y tú, y tú, y tú… El centro del mundo, del universo, es diferente para cada pesona. Hay tantos centros del universo como seres humanos.

Acabo de regresar de Nueva York, que es una ciudad fascinante, la mires por donde la mires, con una capacidad sorprendente para multiplicarse por sí misma. Hay muchas NYC dentro de NYC. Incluso, muchos barrios dentro de cada barrio. Desde hace tiempo, nos venden la idea de que Nueva York es la capital del mundo, es decir, el centro del universo. El centro del arte, de la cultura, del diseño, de la aquitectura, de la innovación, de la tecnología, de las finanzas, del comercio, de la gastronomía (a pesar de que la mayor parte de sus habitantes come al peso en autoservicios y bebe tanques de café aguachirlado), del glamour, del espectáculo, del turismo, etc. etc. Incluso, ya ha habido algún tonto que ha dicho esa estúpida frase de “si no estás en NYC, no estás”. ¡Solemne bobada! No estás, ¿para quién?, ¿para qué? Tal vez NYC sea el centro de un mundo concreto, pero no del mundo. Y en este caso sería interesante saber cómo es ese mundo, porque tal vez no sea el mejor de los mundos, ni el que más nos interese, por mucho que quieran vendérnoslo.

Eso sí, NYC fascina, enamora, subyuga… Puedo decir de ella algo que he dicho de pocas, muy pocas, ciudades: podría vivir allí.

Me voy a Damasco

Domingo, 1 de Agosto de 2010

Damasco
Hace unos meses me invitaron a dar una conferencia en el Instituto Cervantes de Damasco. El día se acerca y por eso viajaré en unas fechas en las que no me gusta nada viajar: agosto. Pero creo que el viaje va a merecer la pena. Me apetece mucho hablar de literatura infantil y juvenil en una ciudad milenaria y mágica, como Damasco. ¿Encontraré alguien allí interesado por lo que se escribe para niños y jóvenes en nuestro país? La experiencia me dice que sí, que habrá personas que me escucharán con atención e interés y que incluso me harán preguntan para saber más. Ocurre así, aunque te vayas a la Cochinchina, y eso, por supuesto, agrada y reconforta.

Y como tendré tiempo libre, será un placer añadido sentirme inmerso en una ciudad como Damasco, simplemente. Caminar por la ciudad vieja, descubrir sus edificios singulares, los infinitos rincones del entramado de sus callejas y pensar: “Sí, estoy aquí.” Eso será más que suficiente. Pero, además, habrá otras cosas que me enriquecerán. Los que me invitan a estos lugares piensan que yo puedo enseñarles algo. ¡Ilusos! La única verdad es que esos lugares -como ahora Damasco- me enseñan a mí y hacen que mi vida tenga un poco más de sentido y gracia.

Me gusta hablar de los lugares que visito después del viaje. Así lo he hecho otras veces en este blog. Antes del comentario del blog solía reseñarlo en el apartado “noticias” de mi página web. Pero mi página web está siendo “bombardea” no sé por quién ni para qué; pero el caso es que lleva tiempo maltrecha y sin funcionar correctamente. Como el blog sobrevive -por ahora- me he refugiado en él para comentar y también para anunciar. Pero a la vuelta podemos seguir hablando de Damasco.

Se veía venir

Sábado, 17 de Julio de 2010

explosión
Ocurrió ayer en una ciudad de nombre casi imprenunciable para un castellano parlante: Jkroshpruenburg. La hora exacta no está muy clara, pues algunos testimonios se contradicen. Lo que ya parece probado es que sucedió entre las 13:30 y las 14:15 horas. Es un dato importante, pues parece ser que en la ciudad en ese momento hacía bastante calor, y el calor quizá fue un factor que, si no desencadenó la tragedia, sí pudo acelerarla.

La víctima del suceso se llamaba Norbert J. Alliquottomik de Guimaräes y tenía treinta y dos años. Parece ser que el aparato en cuestión lo había comprado unos días antes en un famoso centro comercial. Se trataba de uno de esos llamados “libros electrónicos” con todos los adelantos puestos al día. Como todo el mundo habrá podido obervar, esos aparatos parecen sencillos por fuera, simples; pero es indudable que por dentro se vuelven muy complejos, llenos de chips, chops, chups, etc. La propia definición ya lo dice: “electrónico”. Y esa es la pista que esta siguiendo en estos momentos la policía. La hipótesis más barajada es la de un simple cortocircuito, que provocaría una cadena expansiva-propulsora-megalómana, que al contactar con la red inalámbrica-telúrica-mediopensionista, provocó la catástrofe.

La explosión se escuchó en toda la ciudad y los edificios de alrededor temblaron desde el sótano hasta el tejado. Y si no se derrumbaron es porque Jkroshpruenburg se encuentra situada en una zona sísmica y sus edificios están construidos a prueba de bombas. Todos los habitantes de la ciudad, muy afectados por lo sucedido, repiten la misma frase: “Se veía venir”.

La policía ha podido identificar la novela que en el momento de la explosión estaba leyendo Norbert J. Alliquottomik de Guimaräes. Se trataba de una obra de Federico Moccia. Hay quien sospecha que este último dato también pudo contribuir a desencadenar la catástrofe. Siempre se ha dicho que hay aparatos que carga el diablo.

Papeles

Martes, 29 de Junio de 2010

papel higiénico
Tengo un amigo que ha viajado bastante por China. El país le atrae muchísimo y se ha interesado por la cultura, la historia, las tradicciones y, en general, por la vida de China. Hace unos días, hablando informalmente, me dijo lo siguiente: “Si todos los chinos empezasen a limpiarse el culo con papel higiénico se acabarían los árboles del planeta en una década.” No sé si exageraba o no. Es posible que no. Seguro que también podríamos afirmar que si todos los chinos tuviesen coche se acabaría el petroleo en cuatro días. Y más cosas. Como escritor, fetichista de los libros de papel, pienso que no son los libros precisamente la mayor amenaza de los árboles. Solo tendríamos que echar un vistazo a nuestra propia casa para darnos cuenta.

Pero el comentario de mi amigo me lleva a pensar en otras cosas. Ayer, saltando de un canal a otro de televisión, vi dos programas parecidos -en diferentes cadenas-, uno hablaba de los barrios ricos de la ciudad de Los Ángeles; el otro, de los barrios míseros de la ciudad de Manila. Era sobrecogedor compararlos y poner en evidencia esos contrastes tan brutales. Y volviendo al papel higiénico, lo cierto, lo preocupante, lo terrible, es que para que unos lo utilicen y lo despilfarren a diario, otros -más, muchos más- ignoran su existencia. Y esa es la ley primera que rige este puñetero mundo.

Las mejores ideas

Jueves, 17 de Junio de 2010

las mejores ideas
Algún amigo me lo recuerda de vez en cuando. Parece ser que lo dije en público en alguna ocasión, aunque yo no lo recuerde. Me hicieron esa pregunta odiosa: ¿cuál es tu mejor libro? Y mi respuesta fue la siguiente:

“Mi mejor libro se me ocurrió una tarde, paseando por una ciudad que no era la mía. De repente, lo vi claro en mi cabeza: la historia, los personajes, el ambiente, la tensión, el estilo… Era mi obra maestra, de eso no tenía duda. Regresé al hotel donde estaba alojado y cené sin dejar de pensar en ese libro. Incluso, por la noche, en el duermevela que precede al sueño, pude imaginar con claridad la obra terminada. ¡Sencillamente genial! Pero me desperté a la mañana siguiente y me di cuenta de que lo había olvidado. No recordaba nada y no había tenido la precaución de tomar notas. Por consiguiente, puedo afirmar que mi mejor libro lo olvidé antes de escribirlo.”

Algo parecido me sucedió ayer por la tarde. Volvía a casa, después de asistir a la presentación de una nueva editorial, cuando se me ocurrió una idea brillante para un comentario de este blog insaciable. Era, sin duda, interesante y, además, graciosa y simpática. Pero he de confesar que esta mañana no consigo recordarla. Por eso, he tenido que cambiar sobre la marcha el asunto de esta entrada.

No me preocupa en absoluto esta súbita y caprichosa pérdida de memoria, porque lo cierto es que la memoria me funciona bien, en líneas generales. Por el contrario, me encanta saber que mis mejores novelas y mis ideas más brillantes se me olvidan antes de escribirlas. Desde el punto de vista literario es maravilloso. ¿A quién diablos le importa lo que pueda opinar un médico al respecto?

Saarbrücken

Miércoles, 9 de Junio de 2010

saarbrücken Recientemente acudí a la ciudad alemana de Saarbücken, invitado a participar en la Feria del Libro Infantil y Juvenil que allí se desarrolla desde hace diez años. Se trata de una ciudad pequeña, en torno a los doscientos mil habitantes, justo en la frontera con Francia. De hecho, la ciudad ha pertenecido durante algunas épocas a Francia. No es una ciudad especialmente bonita, que destaque por sus monumentos, o por el encanto de sus barrios; pero es un lugar que resulta atractivo y donde uno intuye que se podría vivir muy bien, con las comodidades de la ciudad y con la naturaleza casi en la puerta de tu casa. Además, es una ciudad abierta e integradora.

Fue muy grata mi estancia en la ciudad, que me permitió conocer a unas cuantas personas y tener encuentros con alemanes que no hablaban español -yo no hablo alemán- valiéndonos de una intérprete. ¡Gracias, Ana Leiner! Pero sobre todo en este comentario quería referirme a un hecho y a una persona. Esta feria/fiesta del libro y de la lectura , como dije antes, comenzó hace diez años por iniciativa de una sola persona: Ivonne Rech. Tras jubilarse, después de muchos años de trabajo, decidió que entregaría el resto de su vida a promover la lectura entre los niños y los jóvenes. Con gran esfuerzo y generosidad consiguió llevar a cabo su ilusión. ¡Y ya van diez años! Ha superado dificultades de todo tipo, pero ha conseguido consolidad la Feria, imbricarla dentro de la ciudad, entusiasmar a los centros educativos, implicar a las instituciones… Este año la lista de participantes de distintos países era enorme y las actividades con niños, jóvenes e incluso adultos no cesaban a lo largo del día. Siempre que encontramos algo que merece la pena, algo digno de elogio y hasta admiración, inivitablemente encontramos también a una persona detrás, a una persona admirable, desinteresada, luchadora y con una ilusión a prueba de bombas. ¡Qué sería del mundo sin esas personas! En este caso, esa persona se llama Ivonne Rech.

Hostias

Sábado, 5 de Junio de 2010

golpes boxeo
Como admite el Diccionario de la R.A.E., vulgarmente y malsonante, “hostia” significa golpe, trastazo, bofetada… Pero yo creo que “hostia” no es un simple golpe, ni un trastazo ocasional, ni una bofetada suelta. “Hostia” tiene una connotación especial y propia. “Hostia” es todo eso y más.

Hasta los catorce años fui a colegios donde los profesores nos freían a hostias. Si hacías una cosa, te daban una hostia; si hacias lo contrario, te daban también una hostia; si no hacías nada, por supuesto, también recibías una hostia. Te sentías inerme y atemorizado a todas horas, mirando de reojo a un lado y a otro para intentar adivinar por dónde llegaría la siguiente hostia. Y lo más grave de todo era que nunca llegabas a entender el porqué, el motivo, la justificación. Eso era lo que a mí me quitaba el sueño. Las hostias -llegabas a pensar- formaban parte del sistema educativo que te había tocado en suerte, o en desgracia. Y no había nada que hacer contra eso.

Pero esos recuerdos son un capítulo cerrado de mi vida, sobre el que no me gusta volver. En realidad, no me gusta volver sobre ningún capítulo pasado de mi vida. El problema es que de vez en cuando me siguen lloviendo hostias. Y ya no me las dan esos maestros cerriles de la infancia. Son hostias más bien en sentido figurado, porque las hostias no tienen por qué ser exclusivamente físicas. Lo asumo como parte de la existencia. Lo que me preocupa ahora es que en muchas ocasiones tengo la misma sensación de entonces: no comprendo el porqué, ni el motivo, ni la justificación… Y eso desconcierta mucho.

Lugares que no existen

Miércoles, 19 de Mayo de 2010

carabanchel
Mi familia materna procede de Canals, un pueblo de Valencia. Desde niño escuché a mi abuela, a mis tíos, a mi madre, hablar de ese pueblo. Yo no había estado nunca allí, pero al hilo de sus relatos me lo imaginaba perfectamente. Era un pueblo pequeño, donde casi todo el mundo vivía del campo, de la huerta. Mi abuela hablaba de animales domésticos, de cosechas y hasta de una tartana para desplazarse por los caminos. La fiesta de San Antón -con hoguera incluida- era un acontecimiento para toda la familia, a pesar de que hacía ya mucho tiempo que se había asentado en Madrid.

Hace doce o quince años (ya no lo recuerdo bien) estuve por primera y única vez en Canals. En vano busqué las imágenes que mi mente había ido fabricando. Ni rastro de ellas. Entonces comprendí que el pueblo del que hablaban mi abuela, mis tíos, mi madre, ya no existía. Solo quedaban de él algunos jirones en la memoria de algunas personas.

Toda mi familia paterna vivió siempre en Carabanchel, incluso mucho antes de que el lugar se convirtiese en un distrito de Madrid. Es posible que viviesen allí incluso cuando Juan Mieg pintó en 1818 el cuadro que ilustra este comentario. Yo nací también en Carabanchel y he vivido allí durante muchos años. Cuando vuelvo al barrio me doy cuenta de que el Carabanchel de mi infancia tampoco existe, desapareció durante los años sesenta y setenta aplastado por la especulación inmobiliara y el crecimiento incontrolado y desaforado de Madrid.

Me doy cuenta de que pertenezco a lugares que ya no existen. No queda ni rastro de ellos. Ni de los paisajes ni del paisanaje. Me dan un poco de envidia las personas que regresan a los lugares del pasado y los encuentran intactos, pues en cierto modo esos lugares nos conforman y nos dan sentido en el presente. Pero, sinceramente, cada día me preocupa menos no encontrar ni siquiera el rastro de mis raíces. Eso me convierte en ciudadano de ninguna parte y, por consiguiente, de todas. ¿Quién dijo eso de los árboles tienen raíces y los hombres pies?