Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

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¿Para qué escribir?

Sábado, 19 de Enero de 2008

conferencia         Las líneas que siguen a continuación son el colofón de la conferencia que pronuncié el pasado día 22 de noviembre en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga:

         Experimento sensaciones parecidas cuando leo y escribo. Si me preguntan por qué escribo suelo responder que por lo mismo que leo. Leer y escribir son para mí, en primer lugar, una búsqueda constante. ¿Y qué busco? ¡He ahí la cuestión! Lo más probable es que me busque a mí mismo para tratar de comprender los resortes que desatan mis sentimientos, esos sentimientos que me hacen posicionarme ante la vida. Y curiosamente, cuando uno lee y escribe literatura infantil y juvenil esa búsqueda de convierte en algo emocionante y, a menudo, clarificador.

         Leer y escribir para conocer también al prójimo, ese prójimo que siempre será diferente a nosotros mismos, aunque se parezca mucho. Leer y escribir para viajar, para descubrir paisajes reales y también paisajes imaginarios, paisajes vividos y paisajes soñados. Leer y escribir para arañar la realidad, para despellejarla, y al mismo tiempo, para flotar sobre una nube algodonosa. Leer y escribir para comprender algunas cosas y para constatar que otras son sencillamente incomprensibles. Leer y escribir para conocer más y más, pues, como sostienen algunos filósofos, solo existe lo que conocemos y podemos nombrar. Leer y escribir para darse cuenta de que el lenguaje es un don maravilloso que tenemos los seres humanos. Leer y escribir para ser más buenos, más listos, más altos, más guapos, más simpáticos y, por supuesto, más libres. Leer y escribir para rebelarnos, para ser más críticos y más inconformistas. Leer y escribir para entender mejor nuestro presente e impedir que otras personas quieran imponernos su futuro.

Recuerdo de Ángel González

Domingo, 13 de Enero de 2008
Ángel González

Un cepillo de dientes

Domingo, 13 de Enero de 2008

La conversación que sigue es real, tuvo lugar entre una dependienta de una farmacia y yo mismo:

-Quiero un cepillo de dientes.

-Los tenemos con tres tipos de cerdas: duras, blandas y noramles.

-Normales.

-Las cerdas, además, tienen tres medidas: largo, medio y corto.

-Medio.

-Y dos anchos: normal y extra.

-Normal.

-Los hay con cerdas adicionales más cortas para pasárselo después por la lengua.

-Sin ellas.

-Los hay también con un giro al final para que las cerdas puedan llegar hasta el último rincón.

-Sin el giro.

-El mango puede ser corto o largo.

-Largo.

-Puede ser recto o curvo.

-Curvo.

-Puede ser rígido o flexible.

-Flexible.

Nos miramos un instante a los ojos y ninguno de los dos pudo contener una sonrisa. No obstante, la dependienta aun continuó.

-Falta un detalle importante: ¿de qué color?

¿No nos estaremos complicando la existencia inutilmente? Cada vez resulta más difícil comprar un producto que solo sea ese producto. Podéis hacer la prueba. Por ejemplo intentad comprar un yogur natural, es decir, un yogur que solo sea yogur. Para llegar a él tendremos que descartar infinidad de ellos que contienen frutas, o frutos secos, o bífidus, o que son griegos, o filipinos, o que ayudan a regular el colesterol, o que limpian el organismo, o que aceleran el tracto intestinal, o que proporcionan energía, o que mitigan la flatulencia, etc. Y así con todo. ¿No será una estrategia para vendernos las cosas más caras?

Tener de todo, ¿para qué?

Miércoles, 9 de Enero de 2008

Creo que fue en “Ópera prima” (aunque no estoy seguro), aquella película de comienzos de los años ochenta que descubrió a Fernando Trueba, donde aparecía un personaje que sacaba a pasear en un carrito a su equipo de música de alta fidelidad. Era el momento en que los “equipos de música” estaban sustituyendo a los tocadiscos, y todo el mundo parecía entender mucho de ecualizadores, amplificadores, bafles, vatios… Se veneraba al aparato en sí y llegaba a olvidarse la función que debía desempeñar: escuchar música. Es una estrategia de la sociedad de consumo. Hoy, como todo ha ido a peor en ese sentido, podemos encontrarnos con infinidad de aparatos electrónicos sotisticadísimos; podemos encontrarnos con coches potentes y lujosos, que hasta calientan los asientos para que llevemos el culo aclimatado; podemos encontrarnos con GPS, que nos hablan con voces diferentes y en distintos idiomas; podemos encontrarnos con PlayStation de última generación… La lista sería interminable. Pero tenemos que darnos cuenta de que lo importante no es el reproductor, sino la música; no es el coche, sino viajar; no es el GPS, sino dar rodeos y perderse; no es la PlayStation, sino jugar. La sociedad de consumo acaba convirtiendo los medios en fines. Nos alecciona -término suave- constantemente para que no nos privemos de nada. Hay que poseerlo todo, aunque no sepamos para qué. Hace ya veinticuatro años que publiqué “La ciudad que tenía de todo”, uno de mis primeros libros, en el que ya hablaba de estas cosas. Lo malo es que las cosas van a peor. 

Pasear

Lunes, 7 de Enero de 2008

Por culpa de la gripe (cada vez estoy más convencido de que las empresas farmaceúticas esparcen los virus a propósito para vendernos luego sus potingues) hacía días que no paseaba. Ya echaba de menos este arroyo que aparece nevado en la fotografía.

NevadaVolví esta mañana a pasear. Creo que hay un momento en la vida en el que se descubre el placer de pasear, y ya nada es lo mismo. No hay una edad para descubrirlo. Hay personas muy jóvenes que lo han hecho y gente mayor que no. Pasear. Caminar. Pasear por el mero placer de pasear. No es lo mismo correr, ni montar en bicicleta (aunque la bicicleta tiene otros encantos de los que convendrá hablar). Por supuesto, pasear sin auriculares metidos en las orejas para oir los Cuarenta Principales o el Carrusel Deportivo, pasear sin prescripción facultativa, pasear sin ánimo de perder kilos. Pasear solo, o con otra persona (nunca más de dos). Pasear, aunque sea por los mismos lugares, porque nos daremos cuenta que de un día a otro todo ha cambiado. ¡Pasear! ¡Qué metáfora de la vida!  

Un poco de magia, por favor

Sábado, 5 de Enero de 2008

     Queridos Reyes Magos: me llamo Luis y os escribo personalme por primera vez. Otros años la carta la escribían mis padres. Aunque me ha costado mucho trabajo, he aprendido a leer y a escribir.
     Soy sordo de nacimiento y, por eso, no sé lo que son los sonidos. Mis padres y profesores se esfuerzan en explicármelo y no pasa un solo día sin que yo trate de imaginármelos.
     Sé que los sonidos nos rodean por todas partes, aunque yo no pueda oírlos. También sé que las palabras que ahora estoy escribiendo en este papel pueden pronunciarse en voz alta y entonces vuelan de unas personas a otras.
     Sé que los pájaros cantan en las ramas de los árboles, o que en días de tormenta, tras el relámpago, retumba el trueno. O que cuando llora mi hermana, que solo tiene tres meses, revoluciona toda la casa. O que mis padres a veces escuchan un sonido muy bonito llamado música.
     También sé que los trenes producen un sonido muy fuerte, que mi madre llama estruendo. Vivimos muy cerca de las vías. A mí me gusta asomarme a la ventana de mi habitación para contemplar los trenes que van y vienen.
     Mi favorito es el tren de mercancías de las diez. No va pintado con colores llamativos ni los vagones están iluminados por dentro. Si la noche es cerrada, apenas puede vérsele. Es tan largo que a veces parece que nunca va a terminar de pasar.
     Es el que más sonido produce. Yo pego mi cara al cristal y pongo mis manos abiertas en la pared, a ambos lados de la ventana, para sentir así las vibraciones.
     Queridos Reyes Magos, los niños como yo os escriben cartas año tras año para pediros juguetes, sobre todo juguetes. ¿Y por qué solo juguetes? Vosotros sois magos. Lo dice hasta vuestro nombre. Yo creo que vosotros sois los mejores magos del mundo, sobre todo porque lleváis más de dos mil años siéndolo.
     Por eso, no quiero pediros juguetes en mi carta, sino que hagáis un poco de magia conmigo, solo un poco. Mis padres ya me han advertido que uno no debe ser egoísta ni acaparador a la hora de escribir a los Reyes. Yo no quiero serlo.
     No deseo ningún juguete. Por favor, solo haced un poco de magia conmigo. A vosotros no os resultará complicado. Lo que os pido es que me permitáis oír el sonido del tren de mercancías de las diez. Solo eso. Pero no quiero ser egoísta. Me conformaré con que me permitáis oír ese sonido una vez. Solamente una vez. Nada más que una vez.
     Mientras os escribo estas palabras siento que los nervios empiezan a apoderarse de mí. Ya estoy ansioso esperando vuestro día, o mejor dicho, vuestra noche.
     A las diez en punto estaré junto a la ventana de mi habitación, con las manos apoyadas en las paredes y la cara aplastada contra el cristal, esperando que se produzca la magia.
     Para mí será el momento más feliz de mi vida. Y a vosotros… ¡os resultará tan sencillo hacerlo!

                                                                                            A.G.C.

El retrato de Dorian Gray

Sábado, 5 de Enero de 2008

Retrato de Oscar WildeHay libros que conviene releer en distintos momentos de nuestra vida y, por consiguiente, con diferente edad. Uno de ellos puede ser “El retrato de Dorian Gray”. Debí de leerlo por primera vez a los diecinueve o veinte años, pero nada comparable con la relectura que acabo de hacer, ya en “la edad tardía”. Creo que era Borges quien comentó que Oscar Wilde decía muchas cosas, y casi todas ciertas. Va un fragmento, que no hay que tomarse al pie de la letra:

 

 

 

 

Él reflexionó un momento.

-¿Puede usted recordar algún gran error que haya cometido en sus primeros días, duquesa? -preguntó, mirándola por encima de la mesa.

-Me temo que un gran número -exclamó ella.

-Pues cométalos de nuevo -dijo él gravemente-. Para volver a ser joven no tiene más que repetir sus locuras.

-Deliciosa teoría -exclamó ella-. Tengo que ponerla en práctica.

-Peligrosa teoría -declaró sir Tomás entre dientes.

Lady Ágata movió la cabeza, pero no pudo por menos de sonreír. Mister Erskine escuchaba:

-Sí -continuó-, este es uno de los grandes secretos de la vida. Hoy en día, la mayoría de la gente muere de una especie de rastrero sentido común, descubriendo, cuando es ya demasiado tarde, que lo único que uno nunca deplora son sus propios errores.

Bienvenid@s, curios@s

Sábado, 5 de Enero de 2008

FALSO DIARIO no es ni falso ni diario. En este punto de partida, ni yo mismo tengo claro lo que será; pero confío en que con el tiempo se convierta en algo que, aunque no tenga mucho sentido, adquiera pies y cabeza, que se supone que es lo imprescindible para andar por la vida. Pero, ¿necesitan los blogs andar? Tal vez sí, aunque sea en sentido metafórico. FALSO DIARIO será una más de mis ventanas, siempre abierta, por la que los demás podrán mirar hacia adentro y yo mirar hacia afuera.