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Tokio: trabajo y placer

Lunes, 18 de Julio de 2011

tokio
Acabo de volver de Japón con casi quinientas fotografías, pero esto es lo menos importante. He estado mirándolas un rato, tratando de elegir una que ilustrase este comentario. Las había francamente bonitas, en las que se me veía junto a una pagoda, frente a un templo, en un jardín maravilloso, a punto de tomar el “tren bala”, en las calles tumultuosas de Tokio… Finalmente, como veis, queridos mirones, he elegido una bien distinta. Estoy con Kazumi Uno, hasta hace unos días mi traductora al japonés; desde ahora, mi amiga japonesa. Y he elegido esta fotografía y no otra porque resume muy bien el viaje y el tema del que pretendo hablar en este comentario: trabajo y placer. Acudí a Tokio invitado por el Ministerio de Cultura para participar en los actos de la Feria del Libro de esa ciudad, donde este año España era invitada de honor. Luego, me quedé unos días más por mi cuenta y riesgo. Trabajo y placer.

Mucha gente me dice que soy un privilegiado, ya que hago el trabajo que más me gusta, el que siempre he deseado -y soñado- hacer. Y es verdad. Sería un cretino si no lo admitiese. Me gusta mi trabajo por encima de todo, por eso a menudo se funde y se confunde con el placer. Y no hablaré ahora de las inquietudes y de la desazón que produce un trabajo como éste, que te puede quitar el sueño y hasta la vida. Pero mi trabajo -y esto tampoco puedo negarlo- en gran parte da sentido a mi vida. No quiero ni pensar lo que habría sido de ella sin la literatura. Me dan escalofríos.

Así que Tokio ha sido la metáfora perfecta, donde una vez más ha coincidio el trabajo y el placer. El trabajo consistió en algunas charlas y conferencias -que, por cierto, no es lo que más me gusta-. El placer, conocer de cerca a personas realmente estupendas: Julio Llamazares y Cecilia, Carmen Alborch… Y a Kazumi Uno, una mujer encantadora, que también disfruta con muchas de las cosas que hace en la vida y por las que ha luchado a brazo partido. Ella me acompañó por un Tokio diferente, de barrios interminables, pequeñas ciudades dentro de la gran ciudad; me hizo ver la realidad cotidiana de la gente normal y corriente: los niños en los colegios, los jóvenes en los institutos, su casa y su familia… Eso sí, no consiguió que aprendiese a comer con palillos.

Tokio deslumbra por todas partes. En cierto modo es la ciudad futurista que todos hemos imaginado alguna vez leyendo libros de ciencia ficción. Basta detenerse un momento en cualquier calle y mirar a un lado y a otro. Hay treinta y cinco millones de personas en Tokio y sus alrededores, personas amables y muy respetuosas con el prójimo. Es curioso, en Japón, el país de los móviles, no oyes nunca el timbre de uno de estos teléfonos, tampoco oyes a nadie mantener a gritos una conversación -esto, por cierto, ocurrió nada más llegar a Barajas-. En marzo, el día en que tuvo lugar el gran terremoto, que asoló Sendai y alrededores, toda la ciudad se quedó sin transporte. Y os aseguro que la vida en Tokio es inimaginable sin tranportes. Sin embargo, no pasó nada. La gente se quedó a dormir en el trabajo, en casa de los amigos, o simplemente hizo a pie veinte o treinta kilómetros hasta llegar a su casa. Nadie se queja. Simplemente, cada persona busca la solución al problema.

Por cierto, me pillaron tres terremotos en Japón. Evidentemente, no como el de marzo. Pero en el más fuerte me encontraba en el hotel, en el piso veinticinco de un rascacielos. Y aquello se movía bastante. En julio y agosto hay una cosa que incomoda bastante: el enorme calor, a veces insoportable. Tendré que volver en primavera o en otoño -las estaciones que me recomendaba Kazumi- para que Tokio siga sorprendiéndome.

Y no he dicho nada de Kioto. Kioto, simplemente, te deja con la boca abierta.

Si hoy es martes esto es Bruselas

Lunes, 27 de Junio de 2011

bruseñas

Pues sí, el día en que fue tomada la fotografía era martes, a finales de mayo, y la ciudad era Bruselas. ¿Os acordáis, queridos mirones, de aquella película en la que un matrimonio norteamericano pretendía visitar Europa en una semana o dos y va recorriendo ciudades a velocidad de vertigo? Al llegar a una de ellas, pregunta la mujer al marido: “¿Dónde estamos?”. El marido consulta el folleto del viaje y responde como si tal cosa: “Pues si hoy es martes esto es Bruselas”.

Echo la vista atrás y doy un repaso a mi vida desde el verano pasado: empecé en Siria, continué por Canadá, luego la citada Bruselas y la semana que viene me voy a Japón. ¡Que nadie sienta envidia! Estoy hablando de viajes de trabajo (aunque no me gusta el término): charlas, encuentros, conferencias… Esas cosas. Colegios, institutos, universidades, ferias de libros… Esos lugares. Y entre medias, me he recorrido toda España, de norte a sur y de este a oeste. Sería demasiado prolijo citar todos los lugares en los que he estado. He de decir cuanto antes que hay una parte de todo esto que me gusta, que me divierte y, lo que es más importante, que me enriquece y, según dicen, enriquece a los demás. Soy de los que disfruta con ello y tengo la suerte de que el cuerpo me aguanta (no hablaré de una rodilla que me está dando la lata más de la cuenta). Pero cada vez me convenzo más de que ésta no es la vida que yo quiero, porque mi vocación, mi verdadera vocación, es escribir. Y escribir entre viaje y viaje, o dentro de un avión, o en la soledad de un hotel, o vete a saber dónde, no es escribir, sobre todo porque para escribir se necesita una concentración continuada en el tiempo, una entrega absoluta.

Ya me están lloviendo peticiones para el curso que viene, de dentro y de fuera de España. Voy a gestionar mi agenda de otra manera. Al menos ese es mi propósito. Hacerla más razonable. Tendré que empezar por ejercitarme con una de las palabras que más me cuestra pronunciar: NO. ¿Seré capaz? Así que, si a alguien le digo que no, espero que al menos lo entienda. Creo que era Ernest Hemingway quien decía que él era escritor y que, por eso mismo, jamás daba conferencias.

Juan Farias

Lunes, 13 de Junio de 2011

juan farias
Escribí este texto cuando Juan estaba vivo. Ahora, que se acaba de morir, no tengo ganas de escribir nada. Solo me da rabia no sentirlo entre nosotros.

“La literatura es incierta, por eso ha perdurado. La certeza no merece la pena, sobre todo porque siempre acaba dejando de serlo. Hoy, algunos dicen que la literatura es más incierta que nunca, sin darse cuenta de que los que vivieron antes ya afirmaban lo mismo. Tal vez, como vaticinan algunos, la sociedad entera se volverá ágrafa a la vuelta de la esquina, y eso sí que me preocuparía. Un mundo sin los garabatos de las letras, sin palabras, sin oraciones coordinadas y subordinadas… Un mundo sin metáforas, retruécanos y anacolutos. Por consiguiente, será un mundo sin lectura. Quizá en ese futuro tan cercano los seres humanos, como en tantas otras cosas, delegarán la lectura en las máquinas —robots y cosas parecidas—, y serán ellas las que se encargarán de abrir los viejos libros para archivar en microchip todo su contenido. Podría ser. Se vislumbra, incluso. Los humanos tumbados a la bartola, enlatados al vacío, con el código de barras estampado en la frente y programados para no ser nada. Por el contrario, los robots leyendo y leyendo, incansables, con las baterías a pleno rendimiento. Lo cogí con las dos manos y salí al jardín a ser marino. Lo abrí del todo para buscar en el horizonte las velas siniestras del barco fantasma. Solo pude ver la sonrisa de mi abuela.Estoy seguro de que al leer estas palabras los robots sentirán un crujido por dentro, algo parecido a un estremecimiento. Los mecánicos de robots lo atribuirán a un reajuste de piezas, a cosa de tuercas y tornillos, o de cables, o de soldaduras. Dibuje un botijo, dos mariposas y el fusil de chispa de un beduino, escribí la palabra pan y le pegue un mordisco porque ya eran las once, dibujé una rana y la rana saltó a cazar a la mosca que daba vueltas alrededor de mi nariz, dibujé más cosas y un niño descalzo. Me dije “Se llama Juan y es pobre”. Él protesto: “Si no voy a comer todos los días, te ruego que me borres lo antes posible”. Y a lo robots se les saltará una lágrima de emoción. Los mecánicos, claro, dirán que es aceite de engrasar, o anticongelante para robots, o qué sé yo. Los seres humanos en esa inopia mayúscula y plácida, se quedarán tan tranquilos. Pensarán que solo se trata de cosas de robots. Colecciono sueños. (…) Unas veces sueño que puedo volar. Solo hace falta que mueva las orejas. Otras veces alguien me pisa las orejas para que no vuele. Y los robots, inconscientemente, empezarán a mover la orejas, esas orejas mecánicas con forma de trompeta, con sensores y luces de color. Los mecánicos se darán por vencidos y pensarán que esas reacciones solo son un fallo de algún programa. Seguramente, cuando quieran reaccionar ya será tarde, porque los robots habrán descubierto todos los sentimientos y emociones que flotaban en el estanque de las libélulas, o que se apelotonaban entre los lápices que llenaban un tiesto, o que correteaban entre algunos niños y tres perros, o que en otoño se arremolinaban con las hojas caídas de los árboles en el jardín de los Tilos. Los robots, claro, se sentirán desconcertados y no acertarán a comprender lo que les está ocurriendo, pero es seguro que se abrazarán a un puñado de libros, de los que no querrán separarse jamás. Todos se aprenderán de memoria el nombre que se repite en las portadas, el causante del prodigio más asombroso: Juan Farias.”

Alfredo Gómez Cerdá
Febrero 2010

Doce respuestas

Domingo, 29 de Mayo de 2011

y para que sirve un libro
Esta entrada está directamente relacionada con la anterior. “¡¿Y para qué sirve un libro?!” es el título de mi último libro, que acaba de salir a la venta. Antes de nada, conviene aclarar una cosa: no se trata de un ensayo sobre el libro o la lectura. ¡No! Como mis lectores saben, lo mío es la ficción literaria, y ese es el terreno de esta nueva obra. El libro lo componen doce relatos que responden a la pregunta del título. Relatos que descubren cosas soprendentes, como por ejemplo que un libro sirve para perder el Tour de Francia, para llegar a tiempo a la boda de una hija, para tener trillizos, para reparar un error médico, etc. Literatura, sin más.

Lo he escrito durante tres años, lo que no quiere decir que haya tardado tres años en hacerlo. Como nunca comento mis libros, solo diré que es un libro diferente a los demás, lo cual me agrada. Espero que que agrade también -por otros motivos- a los lectores.

¡¿Y para qué sirve un libro?!

Miércoles, 18 de Mayo de 2011

para que sirve un libro

Hace tiempo que quería poner una entrada en este Falso Diario con este título. La pregunta, por motivos que algunos ya sabrán y otros descubrirán en breve, me daba vueltas y vueltas por la cabeza. Un libro, evidentemente, sirve para leer; pero esa no era la cuestión. Se trataba de preguntarse para qué puede servir un objeto compuesto por un taco de papeles escritos, encuadernados, con tapas, cortados a la misma medida, etc. Sin duda, muchas pueden ser las respuestas. Yo encontré doce, aunque descarté alguna más. Descubrí, por ejemplo, que un libro sirve para perder el Tour de Francia, para llegar a tiempo a la boda de una hija, para que tu empresa te traslade a Medellín, para pintar la casa, para salvarte la vida, para evitar un error médico… ¡Sorprendente todo! Lo he escrito durante tres años, poco a poco. ¡Ah! Por cierto, en ningún momento me pregunté para qué sirve escribir un libro. Esa también es otra cuestión, no menos interesante, por cierto.

Mirones, os propongo que sigáis respondiendo a la pregunta del encabezamiento en este espacio. No la lectura, no la escritura, sino ¿para qué sirve un libro?

Hay años…

Jueves, 21 de Abril de 2011

hay años
“Hay años en que uno se levanta sin ganas de hacer nada.” Leí la frase en un libro de Ernesto Sábato, hace muchos años. No recuerdo cuál, quizá “Sobre héroes y tumbas”. Desde entonces siempre me han acompañado estas palabras. Cualquier persona inteligente puede entender el significado de la hipérbole que contiene la frase. A lo largo de mi vida, en varias ocasiones creí haber experimentando esa sensación; sin embargo, ahora tengo la certeza de que mañana, o pasado mañana, me levantaré de la cama en ese estado. Miraré entonces hacia el futuro y, al verlo tan corto, me daré cuenta de que ya nada tiene remedio y, por consiguiente, seguiré hasta el final sin ganas de hacer nada. La nostalgia, como de costumbre, no podrá encender la llama de la ilusión.

El rostro de la sombra

Domingo, 3 de Abril de 2011

Ya podemos conocer el verdadero rostro de la sombra. Ha llegado el momento de descubrir esa sombra e, icluso, de ponerle forma, sentido y nombre. Mi última libro ve la luz -y nunca mejor empleada la expresión-. Hoy mismo ya me ha llegado un comentario de un avispado y rapidísmo lector. Entre otras cosas, que me halagan, dice que la novela le ha parecido una reflexión ética. Y no le falta razón.

Yo solo pretendi escribir una novela, que es lo que me apasiona de verdad, todo lo que se ha montado alrededor es mérito de la editorial SM, que creyó desde el principio en ella. Gracias, Elsa, Paloma, Berta, Mónica, Chus… por tanta confianza y por tanto entusiasmo.

Curiosead, queridos mirones.

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Redentores de ayer y de hoy

Domingo, 27 de Marzo de 2011

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Cuando era niño, en el colegio, más bien a comienzo de curso, los frailes nos daban una hucha de cerámica para que saliésemos a pedir a la calle. La huchas eran, por lo general, cabezas de negros de pelo rizado, con los ojos grandes y los labios pintados de rojo; o de chinos, que solían llevar un sobrero cónico, tipo paraguas. Todas esas cabezas, como en natural, tenian una ranura en el cráneo, como una trepanación abierta.

Algunos compañeros se lo tomaban muy en serio, pues querían figurar en lo más alto del escalafón de recaudadores, que se hacía público en el colegio, y enorgullecerse de que los frailes los pusieran como ejemplo. Otros, como yo, lo padecíamos como un verdadero castigo. A mí me daba vergüenza pedir dinero a la gente, aunque fuese para los negros o para los chinos (negritros o chinitos, se decía entonces).

Cuando fui cumpliendo años me convencí, además, de que aquellas prácticas servían para poco y, lo que era peor, no solucionaban ningún problema. La pobreza endémica del Tercer Mundo no podía remediarse con huchas de cabezones, sobre todo porque esas huchas no podían combatir las terribles injusticias que se producían.

Han pasado los años y nada ha cambiado. Nada. Nos quieren vender algunos espejismos, pero todo sigue igual. Tal vez peor. Eso sí, los frailes de todo tipo (católicos apostólicos y romanos, por un lado; o agnósticos, descreídos y ateos, por otro) siguen con las huchas en danza. Ya no son los cabezones de antaño, por supuesto. Ahora hay números de cuentas corrientes y transferencia bancarias. Hay muchos redentores en este mundo que, desgraciadamente, redimen muy poco. Pueden poner en pie una escuela, o un humilde hospital, o un sistema de regadío, o cavar un pozo en medio del desierto, o apadrinar a un niño, o dar de comer al hambriento… Y esas cosas son maravillosas y admirables. Pero todo, absolutamente todo, permanecerá igual. Media Humanidad seguirá muriendo a diario de hambre, dolor y pena; los frailes de todo tipo –con hábito y tonsura o con vaqueros y melena– lavarán sus conciencias y reconfortarán sus egos. Por supuesto, la otra mitad de la Humanidad dormirá con indiferencia. ¿¡Qué panda de desalmados maneja los resortes de este mundo!?

Musicoterapia

Domingo, 20 de Marzo de 2011

musicoterapia
La cantidad de terapias que nos están vendiendo. Da la sensación de que cualquier cosa sirve como terapia y yo -escéptico por naturaleza- no solo dudo, sino que me río. La sociedad de consumo y la tontería con la que mucha gente se empeña en vivir tienen estas cosas.

La única terapia -aparte de la que te pueda aconsejar un médico- que me causa respeto y admiración es la musicoterapia. De entrada, hay algo que me gusta: los musicoterapeutas parten de la premisa de que la música no va a curar al enfermo de sus males físicos, es decir, que no van por ahí vendiendo humo. Me refiero a los auténticos musicoterapeutas, claro está, a los que se han formado en universidades y han realizado todo tipo de estudios complementarios. Y digo esto porque, como en otros sectores, abunda el intrusismo. Hoy, cualquier desalmado es capaz de agarrar una guitarra y proclamarse musicoterapeuta a los cuatro vientos, sin título alguno y sin conocimientos de ningún tipo, pero con toda la arrogancia y desfachatez del mundo.

Los musicoterapeutas auténticos, es decir, los que empiezan estudiando profunda e individualmente al paciente, los que siguen una metodología sería y contrastada, los que evalúan a diario su trabajo, los que buscan objetivos a corta, media y larga distancia, los que no dejan de formarse…, llevan a cabo un trabajo extraordinario, aunque poco reconocido aún, en contra de lo que está pasando en otros lugares. En este país de modernos caciques, de prebendas, de nepotismo, de envidias y rencores, ¿quién va a preocuparse de la musicoterapia? Por ello, los musicoterapeutas -los auténticos- tienen que recurrir a todo su ingenio para poder sacar adelante sus proyectos, que también son sus ilusiones. Un equipo de musicoterapeutas ha organizado en Madrid dos conciertos para recaudar algunos fondos con los que empezar a poner en marcha un proyecto magnífico. Se trata de acercar la música a niños enfermos, muy enfermos, sin esperanza; intentar que el arrullo mágico de la música los envuelva y les haga flotar en una nube de sonidos. Estoy convencido de que -si el proyecto sale adelante- conseguirán que los ojos de esos niños brillen con una intensidad distinta. La música será entonces su confidente secreta y ella podrá abrir sus pequeños corazones.

Como se ve, el motivo de esta entrada no es dar publicidad a los conciertos. El primero ya ha tenido lugar, con lleno absoluto. El segundo tendrá lugar el próximo viernes, día 25 de marzo, a las 21,30. A estas alturas no creo que encontréis entradas, queridos mirones, pues ya están casi todas vendidas. No obstante, os informo que actuará desinteresadamente Paco Ojesto, con su grupo Flamenco Jazz Quartet, en la Sala Teatro La Guindalera (calle Martínez Izquierdo, 20 -Metro Diego de León). ¡Ah! Existe una Fila O (número de cuenta 2038 1796 75 6000229904), por si alguien más quiere colaborar.

En la foto que ilustra el comentario, la violonchelista y musicoterapeuta Carla Muñoz Navarro presenta el proyecto y da la bienvenida a los asistentes antes del primer conciento.

En el horno

Jueves, 17 de Febrero de 2011

el rostro de la sombra
Anoche me acosté tarde echando el último vistazo a las pruebas de imprenta. A pesar de haber escrito el libro y de, evidentemente, conocer el final, reconozco que hubo algunos momentos en que llegué a sentir inquietud.