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Archivo de la categoría "General"
Domingo, 17 de Febrero de 2008
No voy a hablar ahora de mi amigo Teo Puebla como ilustrador. Hace casi veinte años que publicamos nuestro primer libro juntos y, desde entonces, la experiencia se ha repetido muchas veces. Hoy quiero hablar de Teo Puebla como pintor y animar a todo el mundo a que visite su última exposición, inaugurada el pasado miércoles en Salamanca.
No soy crítico de arte y, por consiguiente, me faltarán argumentos para comentar la obra de Teo; pero como un observador curioso y sensible, como mirón empedernido, tengo que decir que la obra de pocos pintores contemporáneos me conmueve tanto como la suya. Todos los cuadros de Teo, elaborados con trazos gruesos y firmes, tienen una fuerza impresionante y sobrecogedora. No puedes permanecer indiferente frente a ellos y entenderé que algunas personas aparten la mirada avergonzadas. Sí, porque Teo nos muestra constantemente el lado más oscuro y vil del ser humano y, por contraste, se sirve en muchos casos de niños. Niños ensimismados, tristes, oprimidos, explotados, asustados… Solo hace falta echar un vistazo a esos niños para preguntarse de inmediato por la causa de tanto dolor y por qué casi nadie hace nada por remediarlo.
En medio de de este arte vacío, inocuo, ineficaz y mediocre que nos inunda por todas partes, un arte estrangulado por su propia petulancia y dormido en la resaca de su autocomplacencia, la obra de Teo Puebla se engrandece a los ojos de quien, simplemente, quiera ver y entender.
Además, y por primera vez, se muestran al público algunas obras del proyecto en el que Teo se ha embarcado en los últimos años, que resume con el nombre de “Gracias”. Gracias a todas aquellas personas que creyeron en algo y que fueron capaces de luchar por ello hasta las últimas consecuencias, sabiendo que al final de su lucha solo les aguardaba la muerte.
Podéis ver la exposición durante las tardes en el Palacio de la Salina, en Salamanca, sede de la Diputación, un precioso palacio rehabilitado, donde la obra de Teo llenará de inquietud sus paredes centenarias. Y a quien no pueda ir a Salamanca le recomiendo que eche un vistazo a la página web del artista: http://www.teopuebla.com/.
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Viernes, 15 de Febrero de 2008
Una cita de Lope de Vega, que ya utilicé a mediados de los años setenta en una novela de quinientos folios que permanece inédita (seguramente con razón):
Porque a veces lo que es contra lo justo, por la misma razón deleita el gusto.
Elucubrad sobre ella, si os place.
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Domingo, 10 de Febrero de 2008

A veces el estreno de una película sirve para poner en primer plano a una novela. y si la novela es magnífica, mucho mejor. “Expiación” se publicó en 2002 en España, y desde ese año no se reeditaba. Por suspuesto, con la película ha salido una nueva edición, que puede encontrase fácilmente. No voy a recomendar a nadie su lectura, pues hace tiempo que dejé de recomendar libros; solo diré que es una gran novela. Y lo que me ha agradado es comprobar que la película está bien y, a pesar de la complejidad, refleja bastante bien el libro. La ambientación es magnífica: tanto la mansión de la familia Tallis, como la playa donde miles de combatientes aguardan ser liberados del infierno de la guerra, como el hospital… Al leer la novela se tiene la sensación de que el autor ha introducido varias novelas en ella, de distinto género, y que las mezcla magistralmente. Y esto, que no es fácil, también lo refleja la película.
Me quedo con dos ideas, de las muchas que podrían sacarse de esta obra: La mirada y la culpa.
La mirada es un elemento básico, es realmente el eje fundamental. La mirada de cada ser humano es distinta y, aunque contemplen la misma cosa, cada uno podrá interpretarla de manera diferente. Esto se complica cuando la mirada es la de una adolescente que sueña con ser escritora y con una mente en plena ebullición, en la que se cuecen sentimientos de todo tipo. A veces, he llegado a pensar que la realidad no existe, que lo único que existe es la mirada de cada uno de nosotros sobre esa realidad.
La culpa y, por consiguiente, la expiación. En este mundo tan sordido e inhumano que nos ha tocado vivir, te llegas a plantear si realmente la culpa, la mala conciencia por algún acto, sigue afectando a la gente. A veces tengo la sensación de que hay personas que cometen verdaderas monstruosidades y duermen a pierna suelta todas las noches de su vida, indiferentes al daño que han causado y al dolor de los demás. Por eso, es reconfortante ver como Briony, la protagonista de la historia, carga con su culpa hasta el final de sus días.
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Domingo, 3 de Febrero de 2008
Me dicen personas que me quieren y que me conocen bien que soy la insatisfacción permanente. Y me reprochan mi actitud, pues en apariencia la vida no me ha tratado mal (es un decir). Hago lo que quiero, lo que soñaba desde niño. Y mi sueño, hecho realidad, hasta me permite vivir sin apreturas. Debería pasarme, por tanto, los días cantando esa preciosa canción de Violeta Parra: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…” Sin embargo, esa insatisfacción no me permite disfrutar de lo que hago, de lo que voy consiguiendo paso a paso. Eso significa que tendré que aprender -si no he aprendido ya- a vivir con el poso constante de la insatisfacción.
Reconozco abiertamente que soy un privilegiado, simplemente por haber hecho realidad mi sueño más anhelado. Lo he admitido incluso en público en muchas ocasiones. Pero jamás he conseguido quitarme de encima la sombra de la insatisfacción. ¿Qué más quiero entonces? No lo sé. Quizá la insatisfacción solo sea el nombre del motor que me mantiene vivo, activo, creativo… No lo sé. O quizá sea la necesidad que me acucia cada dos por tres de tirar todo por la borda. No lo sé. Esa es la cuestión: no lo sé.
Quizá siempre he querido estrujar la vida hasta extraer la última gota de su esencia. Llegas a un punto concreto, observas a tu alrededor y reflexionas: “pero la vida no puede ser esto”. Y sigues buscando. Y llegas a otro punto, a otro lugar, a otra situación… Y no puedes dejar de reflexionar: “pero la vida no puede ser esto”. Y vuelta a empezar. “La vida no puede ser esto”. No solo es un tema de insatisfacción. Quizá cuando sea mucho más viejo de lo que soy lo comprenda todo y me dé cuenta de que la vida solo es esto. Y entonces, como diría Unamuno, “hasta los muertos nos moriremos del todo”.
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Domingo, 27 de Enero de 2008
Acabo de leer una carta que escribió Federico García Lorca en el año 1933 a Miguel Hernández, en respuesta a una suya anterior. Creo que será muy reveladora para todos los que tienen un sueño y desean hacerlo realidad. Invito no solo a leer los consejos de Lorca, sino a imaginar lo que Miguel Hernández le había escrito previamente. Es fácil imaginarlo.
Mi querido poeta: No te he olvidado. Pero vivo mucho y la pluma de las cartas se me va de las manos.
Me acuerdo mucho de ti porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral dándose topetazos por las paredes.
Pero así aprendes. Así aprenderás a superarte en ese terrible aprendizaje que te está dando la vida. Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro, que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos “pasión de hombre”, pero no tiene más “cojones”, como tú dices, que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece “Perito en Lunas” ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Ese lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta, y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón. (…) FEDERICO.
Es cierto que la vanidad es un “pecado” de la inmensa mayoría de los escritores, músicos, pintores… (llamados por algunas personas “artistas”). Pero yo no creo que Miguel Hernández fuera vanidoso cuando le dice a Lorca que su poesía tenía “más cojones que la de la mayoría de los poetas consagrados”. Uno escribe, pero también lee lo que escriben los demás, y así se va desarrollando nuestra capacidad crítica. Quizá Hernández recordó aquella famosa frase de San Agustín: “Si me miro no soy nada, pero ¡si me comparo…!” Cuantas personas podrían decir lo mismo en la actualidad. Hay muchos escritores, músicos, pintores… que no están entre el grupo de los “elegidos”, pero que son tan buenos como ellos. ¿Quién elige a los elegidos?
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Sábado, 19 de Enero de 2008
Las líneas que siguen a continuación son el colofón de la conferencia que pronuncié el pasado día 22 de noviembre en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga:
Experimento sensaciones parecidas cuando leo y escribo. Si me preguntan por qué escribo suelo responder que por lo mismo que leo. Leer y escribir son para mí, en primer lugar, una búsqueda constante. ¿Y qué busco? ¡He ahí la cuestión! Lo más probable es que me busque a mí mismo para tratar de comprender los resortes que desatan mis sentimientos, esos sentimientos que me hacen posicionarme ante la vida. Y curiosamente, cuando uno lee y escribe literatura infantil y juvenil esa búsqueda de convierte en algo emocionante y, a menudo, clarificador.
Leer y escribir para conocer también al prójimo, ese prójimo que siempre será diferente a nosotros mismos, aunque se parezca mucho. Leer y escribir para viajar, para descubrir paisajes reales y también paisajes imaginarios, paisajes vividos y paisajes soñados. Leer y escribir para arañar la realidad, para despellejarla, y al mismo tiempo, para flotar sobre una nube algodonosa. Leer y escribir para comprender algunas cosas y para constatar que otras son sencillamente incomprensibles. Leer y escribir para conocer más y más, pues, como sostienen algunos filósofos, solo existe lo que conocemos y podemos nombrar. Leer y escribir para darse cuenta de que el lenguaje es un don maravilloso que tenemos los seres humanos. Leer y escribir para ser más buenos, más listos, más altos, más guapos, más simpáticos y, por supuesto, más libres. Leer y escribir para rebelarnos, para ser más críticos y más inconformistas. Leer y escribir para entender mejor nuestro presente e impedir que otras personas quieran imponernos su futuro.
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Domingo, 13 de Enero de 2008
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Domingo, 13 de Enero de 2008
La conversación que sigue es real, tuvo lugar entre una dependienta de una farmacia y yo mismo:
-Quiero un cepillo de dientes.
-Los tenemos con tres tipos de cerdas: duras, blandas y noramles.
-Normales.
-Las cerdas, además, tienen tres medidas: largo, medio y corto.
-Medio.
-Y dos anchos: normal y extra.
-Normal.
-Los hay con cerdas adicionales más cortas para pasárselo después por la lengua.
-Sin ellas.
-Los hay también con un giro al final para que las cerdas puedan llegar hasta el último rincón.
-Sin el giro.
-El mango puede ser corto o largo.
-Largo.
-Puede ser recto o curvo.
-Curvo.
-Puede ser rígido o flexible.
-Flexible.
Nos miramos un instante a los ojos y ninguno de los dos pudo contener una sonrisa. No obstante, la dependienta aun continuó.
-Falta un detalle importante: ¿de qué color?
¿No nos estaremos complicando la existencia inutilmente? Cada vez resulta más difícil comprar un producto que solo sea ese producto. Podéis hacer la prueba. Por ejemplo intentad comprar un yogur natural, es decir, un yogur que solo sea yogur. Para llegar a él tendremos que descartar infinidad de ellos que contienen frutas, o frutos secos, o bífidus, o que son griegos, o filipinos, o que ayudan a regular el colesterol, o que limpian el organismo, o que aceleran el tracto intestinal, o que proporcionan energía, o que mitigan la flatulencia, etc. Y así con todo. ¿No será una estrategia para vendernos las cosas más caras?
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Miércoles, 9 de Enero de 2008
Creo que fue en “Ópera prima” (aunque no estoy seguro), aquella película de comienzos de los años ochenta que descubrió a Fernando Trueba, donde aparecía un personaje que sacaba a pasear en un carrito a su equipo de música de alta fidelidad. Era el momento en que los “equipos de música” estaban sustituyendo a los tocadiscos, y todo el mundo parecía entender mucho de ecualizadores, amplificadores, bafles, vatios… Se veneraba al aparato en sí y llegaba a olvidarse la función que debía desempeñar: escuchar música. Es una estrategia de la sociedad de consumo. Hoy, como todo ha ido a peor en ese sentido, podemos encontrarnos con infinidad de aparatos electrónicos sotisticadísimos; podemos encontrarnos con coches potentes y lujosos, que hasta calientan los asientos para que llevemos el culo aclimatado; podemos encontrarnos con GPS, que nos hablan con voces diferentes y en distintos idiomas; podemos encontrarnos con PlayStation de última generación… La lista sería interminable. Pero tenemos que darnos cuenta de que lo importante no es el reproductor, sino la música; no es el coche, sino viajar; no es el GPS, sino dar rodeos y perderse; no es la PlayStation, sino jugar. La sociedad de consumo acaba convirtiendo los medios en fines. Nos alecciona -término suave- constantemente para que no nos privemos de nada. Hay que poseerlo todo, aunque no sepamos para qué. Hace ya veinticuatro años que publiqué “La ciudad que tenía de todo”, uno de mis primeros libros, en el que ya hablaba de estas cosas. Lo malo es que las cosas van a peor.
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Lunes, 7 de Enero de 2008
Por culpa de la gripe (cada vez estoy más convencido de que las empresas farmaceúticas esparcen los virus a propósito para vendernos luego sus potingues) hacía días que no paseaba. Ya echaba de menos este arroyo que aparece nevado en la fotografía.
Volví esta mañana a pasear. Creo que hay un momento en la vida en el que se descubre el placer de pasear, y ya nada es lo mismo. No hay una edad para descubrirlo. Hay personas muy jóvenes que lo han hecho y gente mayor que no. Pasear. Caminar. Pasear por el mero placer de pasear. No es lo mismo correr, ni montar en bicicleta (aunque la bicicleta tiene otros encantos de los que convendrá hablar). Por supuesto, pasear sin auriculares metidos en las orejas para oir los Cuarenta Principales o el Carrusel Deportivo, pasear sin prescripción facultativa, pasear sin ánimo de perder kilos. Pasear solo, o con otra persona (nunca más de dos). Pasear, aunque sea por los mismos lugares, porque nos daremos cuenta que de un día a otro todo ha cambiado. ¡Pasear! ¡Qué metáfora de la vida!
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