Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Archivo de Junio de 2010

Papeles

Martes, 29 de Junio de 2010

papel higiénico
Tengo un amigo que ha viajado bastante por China. El país le atrae muchísimo y se ha interesado por la cultura, la historia, las tradicciones y, en general, por la vida de China. Hace unos días, hablando informalmente, me dijo lo siguiente: “Si todos los chinos empezasen a limpiarse el culo con papel higiénico se acabarían los árboles del planeta en una década.” No sé si exageraba o no. Es posible que no. Seguro que también podríamos afirmar que si todos los chinos tuviesen coche se acabaría el petroleo en cuatro días. Y más cosas. Como escritor, fetichista de los libros de papel, pienso que no son los libros precisamente la mayor amenaza de los árboles. Solo tendríamos que echar un vistazo a nuestra propia casa para darnos cuenta.

Pero el comentario de mi amigo me lleva a pensar en otras cosas. Ayer, saltando de un canal a otro de televisión, vi dos programas parecidos -en diferentes cadenas-, uno hablaba de los barrios ricos de la ciudad de Los Ángeles; el otro, de los barrios míseros de la ciudad de Manila. Era sobrecogedor compararlos y poner en evidencia esos contrastes tan brutales. Y volviendo al papel higiénico, lo cierto, lo preocupante, lo terrible, es que para que unos lo utilicen y lo despilfarren a diario, otros -más, muchos más- ignoran su existencia. Y esa es la ley primera que rige este puñetero mundo.

Las mejores ideas

Jueves, 17 de Junio de 2010

las mejores ideas
Algún amigo me lo recuerda de vez en cuando. Parece ser que lo dije en público en alguna ocasión, aunque yo no lo recuerde. Me hicieron esa pregunta odiosa: ¿cuál es tu mejor libro? Y mi respuesta fue la siguiente:

“Mi mejor libro se me ocurrió una tarde, paseando por una ciudad que no era la mía. De repente, lo vi claro en mi cabeza: la historia, los personajes, el ambiente, la tensión, el estilo… Era mi obra maestra, de eso no tenía duda. Regresé al hotel donde estaba alojado y cené sin dejar de pensar en ese libro. Incluso, por la noche, en el duermevela que precede al sueño, pude imaginar con claridad la obra terminada. ¡Sencillamente genial! Pero me desperté a la mañana siguiente y me di cuenta de que lo había olvidado. No recordaba nada y no había tenido la precaución de tomar notas. Por consiguiente, puedo afirmar que mi mejor libro lo olvidé antes de escribirlo.”

Algo parecido me sucedió ayer por la tarde. Volvía a casa, después de asistir a la presentación de una nueva editorial, cuando se me ocurrió una idea brillante para un comentario de este blog insaciable. Era, sin duda, interesante y, además, graciosa y simpática. Pero he de confesar que esta mañana no consigo recordarla. Por eso, he tenido que cambiar sobre la marcha el asunto de esta entrada.

No me preocupa en absoluto esta súbita y caprichosa pérdida de memoria, porque lo cierto es que la memoria me funciona bien, en líneas generales. Por el contrario, me encanta saber que mis mejores novelas y mis ideas más brillantes se me olvidan antes de escribirlas. Desde el punto de vista literario es maravilloso. ¿A quién diablos le importa lo que pueda opinar un médico al respecto?

Saarbrücken

Miércoles, 9 de Junio de 2010

saarbrücken Recientemente acudí a la ciudad alemana de Saarbücken, invitado a participar en la Feria del Libro Infantil y Juvenil que allí se desarrolla desde hace diez años. Se trata de una ciudad pequeña, en torno a los doscientos mil habitantes, justo en la frontera con Francia. De hecho, la ciudad ha pertenecido durante algunas épocas a Francia. No es una ciudad especialmente bonita, que destaque por sus monumentos, o por el encanto de sus barrios; pero es un lugar que resulta atractivo y donde uno intuye que se podría vivir muy bien, con las comodidades de la ciudad y con la naturaleza casi en la puerta de tu casa. Además, es una ciudad abierta e integradora.

Fue muy grata mi estancia en la ciudad, que me permitió conocer a unas cuantas personas y tener encuentros con alemanes que no hablaban español -yo no hablo alemán- valiéndonos de una intérprete. ¡Gracias, Ana Leiner! Pero sobre todo en este comentario quería referirme a un hecho y a una persona. Esta feria/fiesta del libro y de la lectura , como dije antes, comenzó hace diez años por iniciativa de una sola persona: Ivonne Rech. Tras jubilarse, después de muchos años de trabajo, decidió que entregaría el resto de su vida a promover la lectura entre los niños y los jóvenes. Con gran esfuerzo y generosidad consiguió llevar a cabo su ilusión. ¡Y ya van diez años! Ha superado dificultades de todo tipo, pero ha conseguido consolidad la Feria, imbricarla dentro de la ciudad, entusiasmar a los centros educativos, implicar a las instituciones… Este año la lista de participantes de distintos países era enorme y las actividades con niños, jóvenes e incluso adultos no cesaban a lo largo del día. Siempre que encontramos algo que merece la pena, algo digno de elogio y hasta admiración, inivitablemente encontramos también a una persona detrás, a una persona admirable, desinteresada, luchadora y con una ilusión a prueba de bombas. ¡Qué sería del mundo sin esas personas! En este caso, esa persona se llama Ivonne Rech.

Hostias

Sábado, 5 de Junio de 2010

golpes boxeo
Como admite el Diccionario de la R.A.E., vulgarmente y malsonante, “hostia” significa golpe, trastazo, bofetada… Pero yo creo que “hostia” no es un simple golpe, ni un trastazo ocasional, ni una bofetada suelta. “Hostia” tiene una connotación especial y propia. “Hostia” es todo eso y más.

Hasta los catorce años fui a colegios donde los profesores nos freían a hostias. Si hacías una cosa, te daban una hostia; si hacias lo contrario, te daban también una hostia; si no hacías nada, por supuesto, también recibías una hostia. Te sentías inerme y atemorizado a todas horas, mirando de reojo a un lado y a otro para intentar adivinar por dónde llegaría la siguiente hostia. Y lo más grave de todo era que nunca llegabas a entender el porqué, el motivo, la justificación. Eso era lo que a mí me quitaba el sueño. Las hostias -llegabas a pensar- formaban parte del sistema educativo que te había tocado en suerte, o en desgracia. Y no había nada que hacer contra eso.

Pero esos recuerdos son un capítulo cerrado de mi vida, sobre el que no me gusta volver. En realidad, no me gusta volver sobre ningún capítulo pasado de mi vida. El problema es que de vez en cuando me siguen lloviendo hostias. Y ya no me las dan esos maestros cerriles de la infancia. Son hostias más bien en sentido figurado, porque las hostias no tienen por qué ser exclusivamente físicas. Lo asumo como parte de la existencia. Lo que me preocupa ahora es que en muchas ocasiones tengo la misma sensación de entonces: no comprendo el porqué, ni el motivo, ni la justificación… Y eso desconcierta mucho.