Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Lugares que no existen

carabanchel
Mi familia materna procede de Canals, un pueblo de Valencia. Desde niño escuché a mi abuela, a mis tíos, a mi madre, hablar de ese pueblo. Yo no había estado nunca allí, pero al hilo de sus relatos me lo imaginaba perfectamente. Era un pueblo pequeño, donde casi todo el mundo vivía del campo, de la huerta. Mi abuela hablaba de animales domésticos, de cosechas y hasta de una tartana para desplazarse por los caminos. La fiesta de San Antón -con hoguera incluida- era un acontecimiento para toda la familia, a pesar de que hacía ya mucho tiempo que se había asentado en Madrid.

Hace doce o quince años (ya no lo recuerdo bien) estuve por primera y única vez en Canals. En vano busqué las imágenes que mi mente había ido fabricando. Ni rastro de ellas. Entonces comprendí que el pueblo del que hablaban mi abuela, mis tíos, mi madre, ya no existía. Solo quedaban de él algunos jirones en la memoria de algunas personas.

Toda mi familia paterna vivió siempre en Carabanchel, incluso mucho antes de que el lugar se convirtiese en un distrito de Madrid. Es posible que viviesen allí incluso cuando Juan Mieg pintó en 1818 el cuadro que ilustra este comentario. Yo nací también en Carabanchel y he vivido allí durante muchos años. Cuando vuelvo al barrio me doy cuenta de que el Carabanchel de mi infancia tampoco existe, desapareció durante los años sesenta y setenta aplastado por la especulación inmobiliara y el crecimiento incontrolado y desaforado de Madrid.

Me doy cuenta de que pertenezco a lugares que ya no existen. No queda ni rastro de ellos. Ni de los paisajes ni del paisanaje. Me dan un poco de envidia las personas que regresan a los lugares del pasado y los encuentran intactos, pues en cierto modo esos lugares nos conforman y nos dan sentido en el presente. Pero, sinceramente, cada día me preocupa menos no encontrar ni siquiera el rastro de mis raíces. Eso me convierte en ciudadano de ninguna parte y, por consiguiente, de todas. ¿Quién dijo eso de los árboles tienen raíces y los hombres pies?

11 comentarios sobre “Lugares que no existen”

  1. gloria dijo:

    Ciudadano del mundo Con todo lo que viajas También te queda Madrid¿no?

  2. maria jose reche dijo:

    1º_ en mi ordenador no se ve la imagen que supuestamente ilustra tu texto, no sé si tendrá que ver que tenga un mac en lugar de pc, a veces me pasan estas cosas…

    Los lugares, me refiero a los reales, tienen una gran parte subjetiva. Creo que a pesar de existir en la vida real los hemos ido aliñando con idealizaciones, vivencias, asociaciones o recuerdos que marcan la diferencia en lo que respecta a las sensaciones que nos sugieren esos sitios. Quizá tu abuelita, a pesar de todos los años que hacía que había dejado Canals, lo veía como un paraíso a través de una perspectiva muy lejana junto con la añoranza… quien sabe, y tú lo habías idealizado o esperabas encontrarte con esa imagen que con tanto entusiasmo te habían descrito…
    Mientras a uno un lugar o un paisaje le parece plano, feo, insípido, gris, hostil y vulgar, para otro puede tratarse del espacio más sublime del mundo.
    Creo que sí es una suerte el tener un sitio que te recuerda como tú a él. Es como una madre, a la que aunque veas cada mil años te sigue recibiendo con una sonrisa. Da igual que tengamos patas o pies, creo que sí echamos raíces o al menos sí dejamos nuestra impronta invisible en esos lugares. Como un pelo muy largo, que une nuestra cabeza con aquella atmósfera.. o al menos así se me antoja a mí! El tener mi lugar fetiche me consuela. Sé siempre donde puedo ir, aunque me separen muchos kilómetros, y sé que ese lugar me está esperando y que me reconocerá en cuanto me vea asomar el hociquillo por entre las rocas…

  3. La Rizos dijo:

    Yo soy una de esas personas de las que afirmas que tienen suerte: los lugares de mi infancia siguen intactos, con todos esos rincones que me resultaban mágicos por los que iba dejando pedacitos de mi niñez entre juegos y risas.

    Pero a veces sucede, querido Alfredo, que somos nosotros los que ya no les pertenecemos. Y yo, que adoro mi Málaga natal y el barrio donde me crié, no encuentro ya esa magia que lo inundaba todo ni ese olor a biznaga y mar que tanto me gustaba… porque supongo que con el paso del tiempo no soy ya capaz de verlo todo igual: la playa ya no es territorio pirata y el jardín donde fui Peter Pan entre sirenas ahora sólo tiene rosas y chopos.

    Tenemos suerte, eso sí, porque tanto para ti como para mí todavía nos queda el dulce sabor de la memoria…

  4. FJ dijo:

    Hola Alfredo.

    Soy un “mirón” asiduo, y hoy no me he podido contener el comentario después de mucho tiempo…

    Creo que todo lugar existe si somos capaces de evocarlo en nosotros, como ocurre con la lectura, aunque ya no exista, del mismo modo que ya no existen los niños que fuimos, o las cosas que hacíamos.
    Quizás el recuerdo de aquellos relatos de tus familiares y sus recuerdos sobre Canals sea más valioso que el pedazo de tierra del municipio, lo mismo pienso de tu recuerdo infantil de Carabanchel, lo valioso es lo que dejase en ti.
    Creo que todo niño y todo hombre por tanto, construye su propia mitología en torno a los lugares donde ha habitado, y la pertenencia a ese recuerdo y sus asociaciones originales y primigenias, independientemente de lo que haya cambiado el sitio en sí, es lo más hermoso.
    El barrio donde transcurrió mi infancia está casi intacto, pero soy incapaz de regresar a él, sin sentir que una parte de mí ha desaparecido. Me pasa lo contrario que a ti… Quizás es mejor que las cosas cambien.
    Un abrazo y ánimo con tus obras.

  5. Srta. Julia dijo:

    En ocasiones uno necesita aferrarse a ese lugar del que viene para no tambalearse en el camino. De ahí que seamos capaces de mantener intactos recuerdos, sentimientos, miradas e incluso aromas. Para mí, uno de esos lugares es un viejo Eucalipto que hay en la “pradera” frente a mi casa. Un lugar al que siempre acudía en mi niñez con un libro bajo el brazo y Mr. Brown andando a mi lado. Pero es un lugar al que acudo de manera imaginaria, en mi mente… puesto que es ahí donde está realmente intacto. Donde mantiene toda su esencia. Es allí donde, subida a una de sus ramas leyendo, dejo que se mueva mi pierna en el aire, tambaleándose, mientras Mr. Brown duerme la siesta en la sombra que provoca el Eucalipto… cuando viajo a casa y miro desde la otra parte de la pradera al viejo Eucalipto, está seco, partido. Ya no queda nada de lo que era. De lo que éramos los tres juntos.

    Sí, como bien dices hay personas que pertenecen a lugares que ya no existen.

  6. Almezzer dijo:

    María José, no es problema de tu ordenador, sino del mío, que no sé por qué motivo no me deja subir la fotografía que había seleccionado, un cuadro de comienzos del siglo XIX de Carabanchel. Seguiré intentándolo.

    Es verdad que todos vamos forjando los recuerdos, y es importante ser sinceros y rigurosos, pues de lo contrario podríamos crear algo que nada tenga que ver con la realidad ni, por supuesto, con nosotros mismos. Yo me imaginaba Canals, porque nunca había estado allí; pero estoy seguro de que el Canals que recreaban mis sueños ha desaparecido en la realidad, lo mismo que el Carabanchel de mi infancia. Es cierto que el recuerdo de esos lugares inexistentes nos consuela en algunas ocasiones.

  7. Almezzer dijo:

    Ya ves, Rizos, ¡qué inconformistas somos! Tú, que conservas intactos los lugares de tu infancia, ya no te reconoces en ellos, y no lo haces porque entonces los transformabas con tu imaginación. ¿Y por qué no sigues haciéndolo ahora?

  8. Almezzer dijo:

    Gracias, mirón FJ. ¡Esto se anima! No lo dudes, en muchas ocasiones los recuerdos son más valiosos que la realidad. Recuerda que yo terminaba mi comentario afirmando que no me preocuaba no encontrar esos lugares, donde se supone que deberían estar enterradas mis raíces. “Mejor tener pies que raíces”. Por cierto, la frase entrecomillada la dijo mi amigo Luis en Pamplona hace unos días, presentándome en un acto literario. Supongo que es una de esas frases que nadie sabe quién pronunció en primer lugar, se ha convertido en un lugar común. Mi amigo Luis, en un correo privado, me dice que él se la ha escuchado a Juan Goytisolo y a Fernando Sabater.

  9. Almezzer dijo:

    Srta. Julia, ese recuerdo sin duda tiene que ser imborrable. Posee todos los ingredientes para serlo: la rama de un viejo árbol, la hora de la siesta, un libro a la sombra, la compañía de un perro… Supongo que hasta podrás recordar olores, el ulular del viento entre las ramas, el color del campo… Te acompañará siempre. Aunque lo importante es seguir viviendo experiencias que apuntalen nuestra vida y que, por consiguiente, a la vuelta de unos años también se convertirán en recuerdos imborrables.

  10. Reyes dijo:

    ¡Hola Alfredo!
    Pues si, soy tu ¿prima? Reyes, y me has hecho recordar ese Carabanchel y ese Canals. Yo tampoco visite mucho Canals pero las veces que lo hice si tenía un poco del encanto que nuestras madres y abuelas nos contaban, han pasado muchos años y seguro que ya no es así. Tampoco el Carabanchel actual es el de mi infancia y cuando lo veo siento “rabia” por ese cambio, seguro que es necesario, que los que viven allí estan contentos de ver como crece y mejora, pero… creo que lo que tu y yo añoramos es nuestra infancia, juegos en la calle, tertulias familiares, la fiesta de San Anton. Esos recuerdo forman parte de nuestras raices y nos las han arrancado, porque no nos han dejado NADA donde reconocernos.

  11. Almezzer dijo:

    Reyes, ¡qué grata sorpresa! Gracias por ser “mirona” de este blog y propiciar así este reencuentro. Comparto y me identifico con lo que dices en tu comentario.

    Hay lugares inalterables al paso del tiempo, y es bonito verlos de nuevo al cabo de los años. (Verlos con distinta mirada, que decía Saramago). Pero quizá pensar eso referido a una ciudad sea una quimera. Las ciudades están en constante cambio. De todas formas, el cambio de Carabanchel ha sido brutal y despiadado. Te aseguro que no tendría reparos en colgar por los pies a los urbanistas que se han cargado el barrio entero, hasta degradarlo por completo. Sólo muestro un poco de desacuerco contigo cuando afirmas que los que viven allí deben de estar contentos por esos cambios y ese crecimiento. Yo, sinceramente, no creo que lo estén.

    Todos añoramos la infancia. A veces nos pasamos la vida añorando esa infancia sin darnos cuenta. Yo, la verdad, daría cualquier cosa por revivir una tarde-noche de San Antón, en el patio de la abuela Dolores, con toda la familia reunida en torno a una hoguera, con esas llamas purificadoras que mitigasen el frío del mes de enero. Las llamas necesarias para caldear nuestros recuerdos.

    ¡Qué alegría, de nuevo, prima!

Deje un comentario