Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Archivo de Marzo de 2010

Biblioteca Nacional

Miércoles, 31 de Marzo de 2010

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¿Rectificar es de sabios? Durante muchos años me negué a dar conferencias. Creo que varios motivos me llevaron a tomar esa decisión, que mantuve de una manera drástica. La causa fundamental que me impulsaba era la convicción de que todo lo que tenía que decir lo decía en mis libros. Y punto. Lo demás me sobraba, y sobre todo las conferencias. Sentía verdadera aversión por ellas y reconozco que, en gran parte, también había motivos extraliterarios, de los que no hablaré aquí porque no vienen al caso. Esta actitud me hizo rechazar viajes realmente interesantes: a Nueva York, a Costa Rica, a México, a Londres, a Toulouse, etc. Prefería no comentárselo a mis amigos, pues estaba seguro de que me llamarían de todo por despreciar esas invitaciones.

Hace unos años -creo que seis o siete- decidí rectificar y cambiar de postura. Los motivos tampoco vienen al caso. Pero tomé la actitud contraria, es decir, aceptar todas las propuestas que me llegasen. Desde entonces he dado unas cuantas conferencias, aunque me sigue horrorizando la palabra. Lo he hecho en España y en algunos países de Europa y América. Por ese motivo en lo que llevamos de curso escolar he viajado tres veces a América y una a Francia. Y por ese motivo también, antes de acabar el año tendré que viajar a Alemania, a Siria y a Canadá. Conferencias. Y por supuesto las que daré en España. ¿Rectificar es de sabios?

Alguien podrá pensar que soy un conferenciante magnífico. Nada más lejos de la realidad. Me tengo por una birria de conferenciante. Eso sí, procuro no repetir conferencia. Queridos mirones, sobre todo los de Madrid, si queréis comprobarlo, podéis acudir el próximo día 6, martes, a las 19,00 horas a la Biblioteca Nacional. Sí, daré allí una conferencia. Y el sitio impone lo suyo.

Buen chico

Viernes, 12 de Marzo de 2010

cañada real

No voy a decir su nombre, ni siquiera voy a escribir sus iniciales. Tiene once o doce años y es el mayor de siete hermanos. Vive en un barrio marginal de Madrid, de los más duros y sonrojantes que pespuntean el cinturón urbano. Su padre entra y sale de la cárcel desde que tiene uso de razón, incluso antes (cuando yo lo conocí estaba dentro). Va a un colegio con un grupo de compañeros y compañeras de la misma zona. Un microbús los lleva y los trae todos los días. En el colegio (las aulas, los patios, la bilbioteca, el gimnasio, el comedor…) es uno más y pasa desapercibido. “Es buen alumno y buen chico”, me dijo una profesora. Había leído uno de mis libros: “Barro de Medellín”, como el resto de su clase. En el coloquio que tuve con ellos me preguntó que por qué el niño protagonista del libro pensaba que acabaría siendo ladrón. Yo le hablé del barrio de Medellín donde vivía ese niño, duro y pobre, sin darme cuenta de que él estaba pensando en el suyo. A la salida, me alcanzó y se me quedó mirando un instante, luego intercambiamos estas palabras:
-Quería decirte una cosa.
-Dímela.
-Tu libro me ha gusta mucho, pero mucho.
-Me alegra saberlo.
-Y quería decirte otra cosa: escribe más libros como este, por favor.
Y se marchó porque si continuaba hablando conmigo perdería el microbús que debía llevarle de vuelta a su barrio de Madrid, a su barrio sonrojante y mísero, a su casa con olor a leche y pises, a sus incertidumbres, a sus miedos infantiles, a sus carencias y también a sus sueños. La miseria y la injusticia son iguales en todo el planeta.
Cada vez que pienso en ese chico (en ese “buen chico”), en su mirada, en su voz, tengo que tragar saliva.