Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Los verdaderos héroes

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Hay quien sostiene que en el siglo XXI ya no se puede viajar -en contra de las apariencias- y solo es posible “hacer turismo”. Es cierto que puedes buscar el lugar más recóndito del Planeta y al llegar allí encontrarte a un “grupo organizado” -no es preciso que sean japoneses, aunque hay muchas probabilidades de que lo sean-  haciendo fotografías y siguiendo a un individuo que levanta un paraguas cerrado u otro objeto que lo distinga entre la multitud. 

Hay quien siente nostalgia de los grandes viajeros y, por consiguiente, de los grandes viajes -exploraciones o expediciones, se decía entonces-. ¡Qué añoranza de Alejandro Malaspina o de Richard Ford! ¡Qué envidia de Darwin, Humboldt o Celestino Mutis! ¡Qué emoción ante el encuentro de Livingstone y Stanley! ¡Y qué decir de Admunsen, Scott, Peary…!

Estoy en condiciones de afirmar que todos esos grandes viajeros, famosos por su tenacidad y valor, no son nada comparados con el turista del siglo XXI, tan vilipendiado, ninguneado y hasta despreciado. ¡Qué ingratitud y que ignoracia supina! Los verdaderos héroes de nuestro tiempo son los turistas; y cuanto más organizados, mejor; y cuanto más en masa, mucho mejor. ¿Hay algo comparable a recorrer un país entero en doce días? Esta proeza solo son capaces de llevarla a cabo los turistas del siglo XXI. Y en algunos casos -hay certeza de ello- se ha recorrido un continente entero en dieciocho días -incluidos viajes de ida y vuelta-. ¿Recordáis, mirones, aquella frase de aquella película: “Si hoy es martes, esto es Bruselas”?

Se necesita mucho más que tenacidad y valor para levantarse todos los días a las cinco de la mañana y pelearse en el autoservicio del hotel por el tostador y una taza de café asqueroso; se necesita valor para echarse a la calle y deglutir, uno tras otro, todos los monumentos que vayan apareciendo por el camino. Se necesita un carácter especial y una biología a prueba de bombas para soportar una cola de dos horas a pleno sol y a las tres de la tarde, con el último bocado de la comida aun bajando por el esófago, con el agravante de que la cola desembocará en una angosta escalera de caracol de quinientos peldaños, que el turista del siglo XXI escalará con estoicismo -las chanclas o los zapatos de tacón a rastras- para llegar a la terraza superior de la torre, abrirse paso a codazos entre la multitud y contemplar esa panorámica que sale en todas las postales. No le importará el sudor, que ya ha empapado su ropa y que va dejando un reguero sobre las losas de piedra, ni el riesgo de deshidratación, ni el colapso o a la mismísima muerte súbita. El turista del siglo XXI es capaz de desafiar a la insolación o, si llega el caso, a la hipotermia -da igual lo que le echen-. El turista del siglo XXi, además, se desplaza siempre con una mochila a la espalda o un bolsón en bandolera, repletos de utensilios que por lo general nunca utilizará, y por supuesto, con una cámara fotográfica de la que no aparta su vista ni un segundo y que no cesa de disparar. Y es que el turista del siglo XXI -y esto es otro mérito a añadir- solo ve las cosas a través del visor de esa cámara, por lo que la realidad será lo que quepa dentro de ese visor, por supuesto, tamizada por los píxeles y demás zarandajas electrónicas.

El turista del siglo XXI viaja a pesar de que es consciente de que sería mucho más feliz quedándose en casa, o a lo sumo en la piscina del barrio; visita museos, castillos, palacios, iglesias, catedrales, murallas, catacumbas, que le importan un bledo; escucha explicaciones de los guías sobre batallas, gestas, conflictos políticos, intrigas, que le traen sin cuidado; observa los dormitorios de reyes, los despachos de científicos, los estudios de artistas, los váteres de emperadores… Y, por supuesto, todo ello después de una cola gigantesca. Las colas ya forman parte de la idiosincrasia del turista del siglo XXI, y las hace hasta para comprar un helado, rellenar la botella de agua en una fuente, o comprarse un souvenir espantoso en un tenderete…

 ¿Hacen falta más argumentos? Sería fácil encontrarlos, aunque me temo que excederían los límites sensatos de este blog. Por favor, ¡un monumento a los verdaderos héroes del siglo XXI!     

5 comentarios sobre “Los verdaderos héroes”

  1. FJ dijo:

    Llevas razón en todo lo que describes.
    Por decir algo positivo, gracias a esas masas podemos volar de Madrid a Berlín por un precio ridículo.
    La gente va a los sitios para demostrar que ha estado allí, del mismo modo que los perros orinan por las calles. “Nuestras” fotos son ese orín.

    Un saludo

  2. Almezzer dijo:

    FJ, no había pensado en lo de los vuelos baratos como un mérito más del turista del siglo XXI. Espero que se tenga en cuenta a la hora de erigir el monumento. Y sí, hay una subespecie de turista que -simplemente- se dedica a coleccionar viajes, como el que colecciona sellos, o billetes de lotería. El testimonio de su colección son, como sugieres, sus fotografías, que siempre está dispuesto a mostrar a los demás. ¡Eso puede ser terrible y, sobre todo, con las cámaras digitales!

  3. María dijo:

    A lo mejor sí son héroes, a lo mejor ese viaje que descrito así parece aburrido e insoportable, ellos llevan esperándolo con ilusión todo el año. A lo mejor para hacer esas colas han ahorrado cada mes lo que han podido. Puede ser que sean gente que sueñan con vivir una vida distinta, conocer otros sitios y estoy segura de que a muchos de ellos les interesa lo que dice el guía y se concentran en grabar en su mente cada centímetro del monumento que tienen ante sus ojos porque saben que seguramente no lo vuelvan a ver más. Quizá les gustaría vivir una aventura como las del mismísimo Alejandro Magno, pero no se atreven o simplemente no tienen el dinero suficiente.
    Y yo digo bien orgullosa que soy turista del siglo XXI, que subí a pie 300 escalones de la torre Eiffel después de una cola espantosa, pero disfruté cada uno de ellos porque era mi sueño desde que tengo uso de razón.
    Así que es una cosa te doy la razón: un monumento a estos turista, porque seguramente gracias a ellos, al dinero que dejan cada día, vive hoy el Coliseo de Roma y muchas maravillas más.
    Saludos,

  4. Almezzer dijo:

    María, nada que añadir ni que objetar a tu atinado comentario. Me gustaría que todos los turistas del mundo fuesen con tu misma actitud. Pero, fíjate, siempre me da un poco de pena que para salvar, por ejemplo, un castillo haya que convertirlo en parador nacional.

  5. Monica Gudiño dijo:

    Bueno yo no puedo viajar a ningun sitio porque no me dan los presupuestos soy del tercer mundo, pero la verdad me gustaria… pero me sigo comprando libros haber si puedo llegar un poco mas lejos con la imaginacion y creo que ahí no me gana nadie jajaj.
    besitos

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