Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Archivo de Julio de 2009

Libros para el verano

Jueves, 16 de Julio de 2009

05-ks-c-bomarzo_web.jpgEn cierto modo, me horroriza el título de la entrada que acabo de escribir. No existen libros para ninguna estación del año, por fortuna. Pero no hago más que oír esta expresión una y otra vez por todas partes, sobre todo en la radio. Entrevistan a alguien y, al final, le preguntan: “¿y qué libro está leyendo este verano?”. ¿Por qué no se hace la misma pregunta en otras estaciones? También se habla constantemente de “recomendaciones para el verano”. ¿Hay estadísticas que demuestren que se lee más en verano?

Lo que sería realmente espantoso es que hubiese “libros de verano”. ¿Los habrá y yo no me he enterado? Todos sabemos que existen “canciones de verano”, por lo general espantosas. Hay quien afirma que en verano se busca una literatura más ligera, pero yo nunca he entendido el término ligero aplicado a literatura. Es una sandez, como tantas, a no ser que se refiera exclusivamente al peso en gramos del libro.

Queridos mirones, ¿estáis leyendo más este verano? Os preguntaré lo mismo que los locutores de la radio: “¿Y qué libro leéis?” Yo creo que tengo diez o doce libros esperando. Algunos son de autores a los que he conocido en persona recientemente. Siempre que conozco a un escritor me apetece leer algo suyo, si no lo he hecho ya -y si me cae bien, naturalmente-. Por esa circunstancia, tengo previsto leer a José Ovejero y a Paloma Díaz Más. Pero hay un libro, además, que quiero leer este verano -ya he comenzado con él- es una de esas obras monumentales de la literatura comtemporánea: Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez. Tengo referencia del libro desde hace muchos años -incluso confieso haber aprobado con nota en la Universidad la asignatura de Literatura Hispanoamerica II sin haberlo leído-, pero ha sido este verano cuando me han entrado ganas de hacerlo. Era el momento. Me ocurrió con Marcel Proust, que no me apeteció leerlo hasta que cumplí cuarenta años. Que nadie entienda que haya querido decir con esto que los libros vayan ligados a una edad; pero sí es cierto que a cada edad te va apeteciendo leer determindos libros. Este año toca Bomarzo. Por cierto, me encanta la gente entrada en años que disfruta con la literatura infantil y juvenil. Y que ningún ignorante diga que la LIJ es ligera, en todo caso será LIJera.   

Juan Muñoz. Retrospectiva

Viernes, 10 de Julio de 2009

juan muñoz

El escultor Juan Muñoz murió súbitamente en el verano de 2001. Aun no había cumplido los cincuenta años. Ya era un escultor conocido en medio mundo. Hasta el día treinta y uno de agosto se puede ver en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía una exposición de su obra, “Retrospectiva”. Tener la posibilidad de acercarse a verla y no aprovecharla sería imperdonable.

El estado de ánimo del que mira, del que contempla, siempre me ha parecido fundamental. Por eso, podemos contemplar una misma obra de arte en dos momentos diferentes de nuestra vida y experimentar sensaciones distintas, hasta opuestas. ¿Cuál era mi estado de ánimo cuando hace unos días estuve paseando entre las figuras de Juan Muñoz por el museo? No hablaré aquí de esas cosas, al menos explícitamente; pero estoy convencido de que mi estado de ánimo tuvo que influir a la hora de interpretar -a mi manera, por supuesto- la obra que tenía delante. ¿Estaba yo predispuesto a integrarme con la obra o, por el contrario, la obra tiene el poder de atrapar al que observa, al que mira, al que simplemente pasa por allí…? Me perturbaron esos rostros clónicos que no dejan de reír. ¿De qué se ríen? ¿Por qué se ríen? Me desorientaron los espacios donde se encuentran los personajes, a veces los espacios parecen los contrario: la falta de espacio. Personajes -¿no sería más correcto decir figuras?- que han sido captados en un instante concreto en medio de una inmensa sala vacía, donde lo único ajeno son los propios visitantes. Personajes colgados de una pared, sentados, con las zapatillas de andar por casa, riendo a carcajada limpia. Personajes que se agachan para mirar, para buscar, y solo encuentran un espejo que les devuelve su propia imagen. Enanos solitarios en el escenario de un teatro. Hombres que parecen balancines y a los que dan ganas de empujar. Te acabas fundiendo, confundiendo, con las figuras -¿no debería decir personajes?-, y te das cuenta de que, como ellas, eres un espectador más. Vuelves la cabeza sorprendido y descubres que el público, ese público que ha pagado una entrada como tú, te está observando. Observar y ser observado. Te da un vuelco el corazón y te miras las manos, el cuerpo entero, para cerciorarte de que no eres de resina, ni de bronce.

Se dice siempre que una obra de arte es la que habla de cosas eternas, permanentes desde que el hombre es hombre. Y esas cosas, la verdad, son pocas. Por eso el arte se repite y se repite. Lo importante es reinterpretar en cada momento el presente, el presente del creador inmerso en el mundo -su mundo y el mundo de los demás-. La visión de Juan Muñoz inquieta, sorprende y conmueve.