Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Archivo de Abril de 2009

Los judas

Sábado, 25 de Abril de 2009

judas-bog.jpgLa fotografía está tomada en la plaza de un pueblo de Madrid, Robledo de Chavela, el domingo de Resurrección. La grotesca figura que está atada en lo alto de un palo, junto a unos cacharros de cerámica, representa a Judas Iscariote. A las doce del mediodía, después de que termine la procesión correspondiente y de que la banda municipal toque el himno nacional, la gente, provista de gran cantidad de piedras, comienza a lapidar “al traidor”. Llueven las piedras sobre la plaza principal del pueblo -la policía ha acordonado la zona para evitar heridos- y los cacharros de cerámica son reventados. De ellos sale todo tipo cosas: confetis, pájaros, un faisán y hasta una bandera de España. Por supuesto, la figura “del judas” también va sufriendo lo suyo con las pedradas y, poco a poco, va quedando irreconocible. Cuando no queda ningún cacharro entero se acaba la fiesta.

¡Que bueno que existan “judas” para poder lapidarlos todos los años! Los malos siempre han sido necesarios en la historia, sobre todo para que los buenos salgan victoriosos y cuenten sus hazañas. ¿Qué sería de los buenos sin los malos? Los buenos, incluso, son capaces de inventarse a los malos, o de convertir en malvado al primer despistado que pase por delante de ellos. Solo la edad nos va volviendo más escépticos y nos hace descabalgar a los héroes y decapitar a los profetas, por eso ya ni siquiera nos reconforta el linchamiento de los judas. Todo lo contrario.

La casa de verano

Lunes, 6 de Abril de 2009

casa-de-verano-blog.jpgEs mi primera novela y la escribí en 1983 (se publicó dos años después). Me sorprende que haya aguantado tantos años en el mercado, es decir, “viva”. Y me alegra enormemente que se haya hecho una nueva edición en la serie “Los libros de Alfredo” de la colección Gran Angular. Esperaba con ganas esta edición, sobre todo porque én los últimos meses el libro estaba agotado y era prácticamente inencontrable. Ha sido un verdadero re-nacimiento.

Siempre hay algún libro donde el escritor refleja su vida (parte de su vida o algo de su vida) de manera especial, y en mi caso sucedió con “La casa de verano”. No es, ni mucho menos, la autobiografía de mi adolescencia. Pero hay muchas cosas: sentimientos, emociones, lugares, incluso personas… sacadas directamente de mis entrañas.

No es la novela mía con mayor éxito de ventas -aunque diecinueve ediciones no están nada mal-; sin embargo, es un libro que ha calado muy hondo en algunas personas. A quien le ha gustado “La casa de verano” le ha gustado mucho y, curiosamente, no se olvida con facilidad del libro. Me encuentro a menudo a treintañeros, que leyeron la novela hace quince o veinte años y que me la recuerdan como si la hubiesen leído ayer. Eso me emociona siempre. Y lo más interesante para mí: siguen leyéndola quinceañeros con el mismo fervor, sin notar los veinticinco años que han transcurrido desde que fue escrita.

“La casa de verano”, aunque esté situada en un lugar y en un momento concretos, es una novela atemporal, y eso le hace resistir el paso del tiempo. Habla de cosas inmutables, porque son cosas que tienen que ver con sentimientos profundos de los seres humanos, con descubrimientos, con experiencias que todos debemos afrontar. Eso la acerca también al público adulto. La novela se mueve por esa frontera difusa entre jóvenes y adultos y, para mi satisfacción, gusta a lectores de las dos orillas.

La nueva edición, ¡magnífica! Una portada oscura, pero muy sugerente, que invita, que araña, que susurra… Me encanta el juego de las figuras de la portada y la propia grafía del título. La acompaña el apéndice habitual de la serie, con una peculiaridad muy interesante: la entrevista final me la hace mi propio hijo, Jorge. Cuando tenía seis años, él hizo también el viaje en coche hasta Viena, ese viaje que se va relatando en la novela y que, al mismo tiempo, se va convirtiendo en un viaje en el tiempo.

Berlín

Miércoles, 1 de Abril de 2009

BerlínDos días en Berlín no dan para mucho, y más cuando la tarde del segundo día se dedica a una conferencia en el Instituto Cervantes; pero al fin y al cabo ese era el motivo del viaje. La primera sensación es que Berlín está en obras, en remodelación: las grúas y los andamios te asaltan por todas partes. Conocía parte de Alemania, pero Berlín es diferente. Lo dicen los propios berlineses: Alemania es una cosa y Berlín, otra.

Berlín es poliédrica, llena de caras. Quizá lo explique la existencia del muro hasta hace casi veinte años. Parece que todo esta duplicado allí, o triplicado. Pregunté por el centro y me respondieron: ¿Cual de ellos? Es también una ciudad abigarrada por algunas zonas y desparramada por otras, con grandes espacios vacíos (no siempre verdes). Esto último se aprecia muy bien desde lo alto de la torre de telecomunicaciones en Alexanderplatz, a 300 m. de altura. Sensación de amalgama: iglesias y museos monumentales con las líneas aéreas del metro cruzando el espacio, tranvías retorciéndose sobre el pavimento empedrado, edificios de todos los estilos y gustos, bares, terrazas, tiendas, bicicletas… Mucha gente joven y variopinta.

No se puede afirmar, en sentido estricto, que Berlín sea una ciudad de arrebatadora belleza, pero tiene algo especial, un magnetismo del que es dífícil escapar. Además es una ciudad muy paseable, que invita a prescindir del plano de orientación y a dejarse tragar por sus calles, por sus barrios… Fundamentalmente es lo que he hecho: pasear y pasear, lo que significa que únicamente he visto la ciudad por fuera. Solo decidí entrar en un lugar (y creo que no pude haber tomado mejor decisión): el museo de Pérgamo. ¡Que nadie que vaya a Berlín se lo pierda!

Berlín es una de esas ciudades que abandonas con el deseo de volver. Merece la pena, y mucho. Debo regresar para descubrir sus entrañas. Lo anotaré en mi agenda.

¿El acto literario del Instituto Cervantes? ¡Genial!