Cosas de sibilas
La sibila Cumea le pidió a Apolo un deseo, que formuló de esta manera: “Coge un puñado de arena de la playa; quiero vivir tantos años como granitos de arena hayas atrapado en tus manos.”
Apolo le concedió el deseo, pero la sibila cometió un error muy importante. Pidió vivir muchos años -cientos, miles…-, pero no pidió que su cuerpo se mantuviera siempre joven.
Pasó el tiempo y, de tan arrugada y encogida que quedó, su aspecto era similar al de una cigarra. Vivir era sencillamente insoportable y se pasaba la vida repitiendo las mismas palabras: Quiero morir, quiero morir, quiero morir… ¡Tal era su desesperación!



3 de Marzo, 2009 - 9:23
Tremendo.
Es como cuando Juan Sin Miedo metió a la Muerte en el morral. La gente le pedía que la soltara.
3 de Marzo, 2009 - 11:20
Soy de las que cree en muerte como parte fundamental de la vida. Me parecería doloroso vivir para siempre. No me gustaría llegar a tener ni 100 ni más de esos años. Vivir, sí. Aprovechando los días que nos son dados, disfrutando de las personas con las que tenemos el placer de caminar por el camino, quedándonos con lo mejor de su esencia y aprendiendo de cada paso que demos; solos o acompañados. Pero no siempre. Eternamente… esa palabra sí que me da miedo. ¿Qué significa? No significa más que miedo. Miedo a que deje de existir algo. Miedo al cambio. A la soledad… pero ¡¡qué mayor soledad que vivir eternamente!!
4 de Marzo, 2009 - 22:05
Como la cosa se pone un pelín macabra, recordaré unas palabras de Unamuno: “Un día, hasta los muertos nos moriremos del todo.” Y sí, eso será lo mejor.
5 de Marzo, 2009 - 20:03
Unamuno; cuando leí Niebla sentí como si Augusto Pérez, ente de ficción, tuviera el derecho a vivir. ¿Lo tiene?
¡Qué frase la de Unamuno, que usted ha sacado a colación!
GRacias.
Nunca me he equivocado tanto como con usted.
11 de Marzo, 2009 - 23:06
Me contaron una historia parecida cuando era pequeña, una tarde de tormenta, cerca de un bosque. Habíamos escuchado una voz, un silbido quizá, algo extraño que no parecía salir de las entrañas de ningún bicho conocido. Para meter miedo, seguramente, alguien mencionó a ese ser que pidió la inmortalidad sin exigir la juventud. Contaron que, al serle concedido su deseo, acabó pudriéndose con los siglos y sólo quedó su voz, anclada en la existencia y arrastrada por el aire las tardes como aquella.
26 de Marzo, 2009 - 11:51
Otro año más, señor Alfredo, la matanza de focas en Canadá. Es para llorar. ¡Pobres foquitas! Es terrible.