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Archivo de Diciembre de 2008
Martes, 23 de Diciembre de 2008
Es verdad, parafraseando a Machado, que se hace camino al andar. Y la idea de camino tiene mucho que ver con lo que es la vida. Es una imagen poco original y muy repetida, de la que se ha servido todo el mundo (incluidos sectores ultracatólicos, que han puesto ese nombre a su Biblia particular). Caminar y caminar. Caminar al corazón de las tinieblas, al final de la noche, al interior de una manzana, al centro de la Tierra, al otro lado del espejo, a la tierra sin pan, al desierto de los tártaros, a ninguna parte… Se hace camino al andar, claro; pero da la sensación de que ya todos los caminos han sido recorridos, pisados una y otra vez. Vayamos por donde vayamos encontraremos huellas de personas que pasaron antes que nosotros por ese mismo lugar, por esa misma circunstancia. Personas que sintieron la misma emoción o la misma congoja. Incluso, encontraremos avisos de dificultades y peligros, porque a los seres humanos nos encanta avisar a los demás. Pero no nos queda otra, por eso añadiremos nuestra huella y continuaremos adelante. Daremos los mismos rodeos que dieron otros, tropezaremos en las mismas piedras, pisaremos los mismos charcos e intentaremos no caer en los mismos precipicios. A veces, el camino será placentero porque coincidiremos un trecho con otra persona, y tal vez soñemos juntos durante una temporada, hombro con hombro, hasta que inevitablemente lleguemos a una encrucijada.
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Sábado, 13 de Diciembre de 2008

Cinismo no viene de cine, aunque quiera referirme a una película. Dice el diccionario que cinismo es “descaro en la defensa o práctica de cosas condenables; impudencia, desvergüenza, procacidad descarada.”
Ayer vi solo un fragmento de una gran película, Apocalypse Now. Se trataba de la famosa escena en que los helicópteros bombardean una y otra vez una aldea vietnamita. Las bombas van cayendo indiscriminadamente, arrasándolo todo, con la música de Wagner de fondo. Mientras, el mandamás (no recuerdo la categoría que tenía), interpretado por un genial Robert Duvall, solo parece preocupado por las olas de la playa, donde tiene pensado practicar surf. La masacre de los vietnamitas en brutal, despiadada e indiscriminada. El napalm incendia sus casas, sus cultivos, sus bosques… Las ametralladoras los acribillan. Y entonces hay un detalle: un helicóptero ha aterrizado y varios civiles asustados se acercan a él en busca de ayuda, entre ellos va una joven con un sombrero de paja. Ella lanza ese sombrero al interior del helicóptero. Dentro hay una bomba, que explota al momento, destruyendo el aparato. El mandamás, con su enorme sombrero de vaquero, lo ha visto todo desde el aire y, simplemente, exclama: “¡Qué salvajes!”
Los poderosos siempre han sido unos cínicos.
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Miércoles, 10 de Diciembre de 2008
Los que vamos acumulando años irremisiblemente (todos lo hacemos, pero no en la misma cantidad) a veces recordamos cosas y, es inevitable, nos decimos que los tiempos han cambiado. Parece incuestionable. Sin embargo, hay momentos en los que, al menos yo, tengo la sensación de que nada ha cambiado, y sobre todo no han cambiado los instintos más rastreros del ser humano, que lo conducen hacia la violencia, la intransigencia, la insolidaridad y otros males de gran calado. Todo cambia, pero todo sigue igual. Ya lo dijeron los clásicos de la Antigüedad, en su momento.
Ocurren cosas que me recuerdan hechos que yo viví hace mucho tiempo. Hoy recuerdo un poema que escribí hace treinta años, después de un conciento de una cantautora sudamericana, en una especie de pub, cuando un grupo de guerrilleros de Cristo Rey irrumpió violentamente en el local y, a punta de pistola, nos tiraron los vasos a la cara, nos insultaron, cantaron sus himnos brazo en alto y, sin dejar de amenazarnos y de romper todo lo que hallaban a su paso, se marcharon tan campantes.
huyendo de las tristes multitudes
me acurruqué entre la desesperación y el ansia
de dejar de percibirme
levantaba murallas de alcohol y puñetazos en el aire
tras las almenas cristalinas
me oprimía en los genitales
la máquina de escribir desacostumbrada
a tales sobresaltos
casi ya derrotado la vida tirándome del cuello
hacia la corriente imperfecta del ruido
hablaste de una cadena de brazos
que daba tres vueltas a la redondez del planeta
de un ascenso comunitario
de una lucha eterna en el amor y la muerte
de un porvenir violento y bello
me cautivó tu voz y sólo pude
deslizarme entre las cuerdas de tu guitarra
flotar en el espacio que tu garganta iluminaba
entonces entraron ellos nos tiraron
las almenas a la cara a punta de pistola
y nos obligaron a cantar sus himnos
fue en este madrid –lo recordaré– a finales
de mil novecientos setenta y no sé qué
Lo que no recuerdo es qué me impulsaba entonces a escribir sin signos de puntuación.
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