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Archivo de Noviembre de 2008
Domingo, 23 de Noviembre de 2008
Acabo de estar unos días en Albacete, dando charlas en bibliotecas; dentro de un rato me iré a León, donde permaneceré toda la semana, también dando charlas; y luego, Almería; y un poco después, Bilbao. Y con el año nuevo, Valencia, Granada, Málaga, Sevilla, Galicia, Pamplona y no sé cuántos sitios más. No voy a valorar aquí y ahora si esto es bueno o malo, si es interesante y enriquecedor, o no.
Solo quería hablar de hoteles. Me paso media vida en hoteles. Sé que mucha gente no lo soportaría. Me lo dicen, incluso. No podrían vivir tanto tiempo de acá para allá, lejos de su casa, de su cama, de su almohada y, por supuesto, lejos de algunas peronas queridas. Vivir así te hace sentir un poco nómada y un poco desarraigado, y eso a mí no me disgusta. Me han reprochado más de una vez que mi desarraigo por las cosas y por las personas, mi insatisfacción permanente, solo son síntomas de inmadurez. Si es así, si todo lo que me pasa es un problema de inmadurez, a estas alturas de mi vida sospecho que ya no tiene remedio. Moriré inmaduro. Y ahora que lo pienso, es una pena morir inmaduro.
En el fondo me gustan los hoteles. Siempre me han apasionado esos escritores que en un momento de su vida decidieron vivir en un hotel, o en varios, renunciando a algo que parece tan esencial para cualquier ser humano como un hogar. Yo lo he pensado a menudo, y lo he manifestado incluso. Los que me escuchan se lo toman a broma. Quizá un día les sorprenda. Venderé todos mis bienes y utilizaré el dinero para pasar el resto de mi existencia de un hotel a otro, con poco equipaje, solo lo justo. En el fondo, los hoteles son un micromundo que cada día se renueva, se recrea. ¡Esconden tantas historias las paredes de los hoteles! ¿Qué cosa mejor puede hacer un escritor que buscar esas historias, esos sueños, esas frustaciones, esos encuentros, esos desengaños, esas soledades, esa vida, dentro de esos edificios conocidos en el mundo entero con la misma palabra: Hotel?
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Jueves, 13 de Noviembre de 2008
Durante años me negué rotundamente a dar conferencias. Alegaba que las cosas que tenía que decir ya las decía en mis libros, y que todo lo demás sobraba. Añadía que no era un teórico de la literatura, ni un especialista de nada, ni un sabihondo repelente. Incluso, recurrí a esa famosa frase de… “los pájaros no entienden nada de ornitología”, que no sé a quién se le ocurriría.
Rechacé invitaciones que, se mirasen por donde se mirasen, eran muy atractivas: dos a Nueva York, otras dos a México, una a San José de Costa Rica, a Marsella, a Londres…, además de muchos lugares dentro de España. Hasta que un día me dije que mi actitud era la de un perfecto imbécil y decidí cambiar radicalmente. Me dije: “desde hoy diré siempre que sí.” Eso me ha llevado, como es natural, a dar conferencias, sobre LIJ fundamentalmente, pero también sobre teatro, o sobre la actitud de los jóvenes en el mundo de hoy y, como es lógico, sobre mí mismo y sobre mis libros.
El proximo 14 de febrero tendré que dar una conferencia para clausurar un congreso (así lo llaman los organizadores) sobre “Lectura Eficaz”. No tengo ni idea de lo que voy a decir ni si saldré airoso del envite. Pero esas dos palabras me están dando que pensar: “lectura” y “eficaz”. Pienso que la eficacia lectora debería conseguirse sobre todo durante el aprendizaje, por consiguiente habría que decir mejor “aprendizaje eficaz”. Pero cuando uno ya ha aprendido a leer bien, de una forma consolidada y madura, ¿debe seguir siendo eficaz la lectura? Y eso nos lleva de inmediato a plantearnos otra pregunta: ¿Qué es eficacia? Yo siempre he sido muy ineficaz, lo que no me ha impedido leer con pasión y pulsión.
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Sábado, 1 de Noviembre de 2008
No soy muy aficionado a esas frases grandilocuentes, que por lo general no admiten ningún matiz, que a veces encontramos como citas en los libros y que, en estos tiempos modernos, llenan los correos masivos de Internet, acompañadas por lo general de bellas imágenes. No sé con qué rigor se hacen estos montajes, pues es sabido que algunas personalidades, a las que se les había atribuido determinadas frases o comentarios, han renegado de ellas. Yo tengo algunas nada grandilocuentes -extraidas siempre de algún libro- escritas en papeles, que pincho sobre un panel de corcho, junto a mi mesa.
La cuestión es que a veces se me ocurren frases, que suelen obedecer a alguna reflexión, y tengo la impresión de que alguien ha pensado lo mismo antes que yo, y no solo eso, sino que incluso lo ha dicho públicamente. “Nada nuevo bajo el sol”, que ya descubrieron los antiguos. Me ha ocurrido recientemente con una frase, no muy alentadora, por cierto:
La vida no tiene sentido, pero lo importante es darse cuenta de ello al final.
A lo mejor el secreto de la dichosa felicidad es ese: darse cuenta al final. Lo malo, evidentemente, es darse cuenta al principio.
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