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Archivo de Junio de 2008
Jueves, 19 de Junio de 2008
Mañana, viernes 20 de junio, presento un libro. Y no será una presentación más, de las muchas que tienen lugar en Madrid. Se trata de un libro editado por la magnífica e inimitable editorial La Discreta, a la que ya me he referido en este blog, que reune varios relatos (unos premiados y otros finalistas) del Primer Certamen Literario “José Saramago”. Este certamen literario ha sido creado por la iniciativa y el esfuerzo de varios institutos de Secundaria de la Sierra de Madrid. Se hicieron dos apartados: uno, para estudiantes de Secundaria y Bachillerato; el otro (el libro que se presenta) abierto a cualquier escritor, sin limitaciones de edad, estilo o tema.
Puedo asegurar que hay algunos relatos muy buenos, por lo que ya merece la pena leer el libro. Pero lo que de verdad hace que este acto no sea una presentación más, es el hecho de que un grupo de profesores de instituto hayan puesto en marcha esta iniciativa, a la que han dedicado con entusiasmo horas y horas de su tiempo libre. Es algo muy importante, lo aseguro. Yo visito muy a menudo intitutos para dar charlas a los chavales y lo que, por desgracia, predomina es una apatía generalizada, un desencanto, un desinterés, una desmotivación… No hace mucho, un profesor de Lengua y Literatura de un instituto me reconoció tomando un café en su propio centro, después de una charla, que él ya no leía nada “porque no tenía tiempo”. Y lo peor es que se quedó más ancho que largo. Desde luego, influye el rumbo que está tomando nuestra sociedad; pero también la política desastrosa que se está llevando en el terreno de la educación. El ejemplo de la Comunidad de Madrid es lamentable: olvido de la enseñanza pública, venta de colegios, desmantelamiento de los centros de profesores, privatizaciones galopantes… Desde luego, es difícil motivarse así. Pero si hay una palabra clave en el tema de la educación es precisamente esa: motivación. Necesitamos unos profesores motivados, abiertos, inquietos, renovadores, siempre al día, que no arrojen la toalla y que, por supuesto, no se tumben a la bartola. Y solo así podremos motivar también a los alumnos. Este libro, en gran medida, es el fruto de una motivación de un grupo de profes, que, como se dice en la solapa del libro, quieren convertir los centros de estudios en agentes culturales, no solo para el alumnado matriculado en ellos, sino para el conjunto de la ciudadanía, y realizar actividades que contribuyan a crear un entorno cultural más rico y participativo. Mi reconocimiento y mi gratitud.
La presentación tendrá lugar el viernes 20, a las 19,30, en la Biblioteca “Joaquin Leguina” (C. Ramírez de Prado, 3). Me acompañará Elena Cianca, de Ediciones de la Discreta y estarán presentes algunos de los autores.
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Domingo, 15 de Junio de 2008
Tengo la casa llena de rinocerontes. Entiéndase bien, rinocerontes de cerámina, de madera, de peluche, de cristal y hasta de plástico. No es que sea coleccionista de rinocerontes -no soy coleccionista de nada- pero hace tiempo me dio por comprarme estos “animalitos”, que siempre me llamaron la atención. Eso significó que muchos amigos y familiares hayan llegado a la conclusión errónea de que los colecciono, y por eso me los regalen cada dos por tres. Así, inevitablemente, mi “colección” crece y crece. Mi gusto por este animal, incluso, me llevó a escribir un libro para niños: “Cerote, el rey del gallinero”, donde planteo una pregunta a los pequeños lectores que con toda seguridad tendrán que hacerse a lo largo de su vida: “¿qué prefieres: la seguridad o la libertad?”
El rinoceronte es un animal realmente impresionante, no solo por su enorme tamaño; sino por ese aspecto rocoso, duro, con esos pliegues en la piel que parecen labrados por un cantero. Contribuye a darle mayor fuerza esa cabeza extraña, en apariencia desproporcionada, con ese cuerno que se eleva como un roque afilado que desafía hasta los mismísimos elementos. Por otro lado, es ya legendaría -y exagerada, como todas las leyendas- la potencia sexual de estos animales. Una potencia que, en realidad, podría tratarse de una lentitud sexual. Pero lo cierto es que hay gente que piensa que esa potencia radica precisamente en su cuerno, y ahí empieza la tragedia de los rinocerontes. Son perseguidos por cazadores sin escrúpulos que, saltándose todas las leyes, los matan para cortarles el cuerno, que luego venden por cantidades astronómicas. Parece ser que los cuernos son triturados hasta convertirlos en polvo, y con ese polvo se hacen pociones y píldoras que estimulan la libido de los seres humanos que las tomen. ¡Qué majadería!

Este hecho nos puede hacer reflexionar sobre la actitud de los seres humanos con respecto al planeta Tierra. El hombre se considera dueño absoluto del planeta. Quizá todo arranque de aquellas palabras bíblicas, cuando Dios le dice al hombre aquello de creced y multiplicaos, y tomad posesión de la tierra. Y desde entonces el hombre ha tomado posesión de todo lo que le ha dado la gana, sin pensar en otra cosa que su propio interes y su propia satisfacción. Y lo peor es que, como dijo el filósofo Thomas Hobbes en el siglo XVII: ”Homo homini lupus” (El hombre es un lobo para el hombre), y esto lleva a algunos seres humanos a “tomar posesión” también de otros seres humanos, a apropiarse de sus bienes, a negarles su dignidad, a convertirlos en auténticos esclavos.
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Viernes, 6 de Junio de 2008
Hoy (ya ayer) he pasado prácticamente todo el día entre artistas (escritores e ilustradores). ¡Y lo he resistido! Todos eran conocidos, en mayor o menor grado, y algunos hasta amigos, también en mayor o menor grado. Presentábamos un libro colectivo sobre los niños de 1808, pero que en realidad se ha convertido en un libro sobre los niños y la guerra. (”Homenaje a los niños de 1808″, Ediciones de la Torre), una obra magnífica que bien puede servir de antología de la literatura infantil y juvenil española del momento.
No sé por qué será, pero cada vez me siento más incómodo con los artistas. Me encantan las cosas que hacen -aunque no siempre-, pero no suelen encantarme ellos. Más bien todo lo contrario. No sé qué mecanismo se desatará en su interior -debería decir en “nuestro”- que los convierte en presumidos hasta la horterada, vanidosos hasta el pavoneo, prepotentes hasta el ridículo y egocéntricos hasta la náusea. No obstante, los peores de todos son los que hacen bandera de la falsa modestia. No puedo entenderlo. Me ocurre desde siempre, pero a veces, sin motivo aparente -como una enfermedad inexplicable- se agudiza.
Escritores, pintores, músicos (aparte de otra pintoresca tipología) son los que se consideran a sí mismos artistas. Y si en algún momento de la historia la palabra “artista” tuvo algún sentido, desde luego, hace tiempo que lo perdió. Yo no quiero ser artista. Lo único que he pretendido toda mi vida ha sido ser escritor, sencillamente. Quizá por eso cada día me sienta más incómodo entre ellos. Aunque bien pudiera ser que la incomodidad y el hartazgo no me lo produjeran los artistas, sino la propia Literatura. De ser así, tendré que plantearme dejar de escribir y aprender a jugar a la petanca. Se lo comentaré a mi médico, o a mi abogado, o a mi psicólogo, o a mi vecino que está en el paro.
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