Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Archivo de Abril de 2008

El placer de hacer algo

Miércoles, 30 de Abril de 2008

señorita juliaHace aproximadamente un mes estuve viendo en el Teatro Fernán Gómez, de Madrid, “La señorita Julia”, de August Strindberg, una de esas obras de referencia en la historia del teatro. Pero en este comentario no pensaba hablar de teatro (el montaje de Miguel Narros, la interpretación de María Adánez…), ni siquiera hablaré de ese personaje fascinante y atormentado que es la señorita Julia. Recuerdo que al comienzo de la obra, en los prolegómenos, que no sé si pertenecen al propio Strindberg o son producto de la nueva adaptación del texto al público del siglo XXI (me inclino por la segunda posibilidad), un actor dijo la siguiente frase: “El placer de hacer algo.”

¿Qué sería de la vida sin el placer de hacer algo? Tal y como está formulada la frase se entiende que ese algo será satisfactorio. Ese podría ser el norte de nuestras vidas en esta época tan desnortada. Hacer algo, plantearnos un reto, luchar por él… Habrá quien piense socarronamente que hacer algo puede ser tumbarse a la bartola y rascarse la barriga, o oconsumir la vida consumiendo, o dejarse embrutecer por la legión de embrutecedores que nos asedian… El placer de hacer algo necesita previamente una introspección, una busqueda de un camino, una certeza de un sueño, un deseo firme. Y a partir de ahí podemos empezar a caminar, a hacer algo que tal vez nos dé placer. No solo los escritores, músicos, pintores, o gente que haga trabajos creativos, puede sentir ese placer de hacer algo. Cualquier persona puede conseguirlo y debería intentarlo con toda su ilusión. El placer de hacer algo y de hacerlo bien, el placer de mejorar, el placer de superarse, el placer de avanzar pasito a paso…

Algunos podrán recordarme ahora una entrada anterior en este blog, la que se refería a Bartleby, el escribiente. Él toma el camino contrario y decide firmemente no hacer nada. Lo que ocurre es que su decisión no es gratuita ni caprichosa, sino meditada y firme, segura y convencida. Quizá por eso nuestro querido Bartleby, en el fondo, sintió placer por no hacer nada. Porque en este caso no hacer nada era también hacer algo.

He ganado: debo sentirme satisfecho

Sábado, 12 de Abril de 2008

premio Ala DeltaMe presente al Premio Ala Delta de literatura infantil con intención de ganarlo. No conozco a nadie que se presente a un premio con intención de quedar en cuarto lugar, o en séptimo, o en decimo primero… Ayer me comunicaron que lo había ganado y, además, por unanimidad del jurado. Bien. Se supone que es el momento adecuado para sentirme satisfecho. Pero no temáis, queridos mirones, que no volveré a hablar de mi insatisfacción. Solo diré que uno va dando pasos en la vida por el camino que ha elegido, consiguiendo pequeños logros, haciendo reales algunos sueños… “Y sin embargo…” -que cantaría Sabina- la existencia se me enturbia, como el agua de una charca que solo espera que el sol acabe por secarla de una vez.

Pero… debo sentirme satisfecho. Y lo estoy. Hay veces que, cuando acabo un libro, tengo la impresión de que es especial. Y eso me pasó cuando terminé de escribir BARRO DE MEDELLÍN, el libro con el que he ganado el premio. Lo dejé reposar en mi mesa quince días y, ya algo distanciado del mismo, volví a leerlo. Aunque os parezca pedante, os aseguro que pensé: “Este libro se merece un premio”. El jurado del Ala Delta me ha dado la razón. Y me alegro mucho. Es una historia que sucede en Medellín, la Medellín de Colombia. Estuve allí en octubre. En apenas una semana la ciudad y su gente me dieron muchas cosas, cosas intangibles, que son las mejores; incluso, cosas que no se pueden nombrar y que solo se pueden sentir. Mi libro lo escribí con todos esos sentimientos. Se lo debía a Medellín.

Espero que nadie se aproveche de este blog para felicitarme. Esto no es uno de esos libros de parabienes que se colocan a la salida de algunos monumentos para que todo el mundo escriba alguna loa. No, esto solo es un falso diario. Recordadlo, mirones. 

Leer para ser rebeldes

Miércoles, 2 de Abril de 2008

botellónCon frecuencia, después de un fin de semana, suelen aparecer algunos parques de la ciudad devastados (se supone que por pandillas de jovenzuelos). Yo he tenido ocasión de comprobarlo más de una vez cerca de mi casa: farolas apedreadas, papeleras quemadas, bancos arrancados, etc. Muchos de esos jovenzuelos, consciente o inconscientemente, pensarán que están haciendo un acto de rebeldía contra el sistema, que los margina y los ningunea constantemente. Está comprobado que resultaría más barato contratar un servicio de vigilancia en los parques para evitar los desmanes, que reparar los daños. Pero no se hace. El sistema, contra el que se supone que se rebelan algunos jóvenzuelos, prefiere que sigan arrasando parques los fines de semana, prefiere que sigan bebiendo hasta el coma etílico, que sigan tomando drogas hasta la locura, que sigan incrementando las listas del fracaso escolar, que la apatía y la indiferencia sean el objetivo de su vida… Y el sistema quiere todo esto porque su intención es controlarnos a todos para, de esta manera, continuar siendo el sistema y perpetuarse en el poder. Ni emborracharse, ni consumir drogas, ni arrasar un parque son anctos de rebeldía, aunque algunos los enmascaren así. Hoy en día el primer acto de auténtica rebeldía que se puede hacer es dar un paso decidido hacia la cultura, la verdadera cultura, y -por ejemplo- leer un libro.

A comienzos de este siglo XXI, tan incierto, el libro y la lectura cobran un interés inusitado, porque el libro y la lectura se están convirtiendo en la única alternativa a una estupidez colectiva que se extiende como una gigantesca mancha de aceite. Una estupidez que no es espontánea ni consustancial al ser humano, sino que parece planificada con premeditación, alevosía y otros agravantes. Rebelémonos de verdad y comencemos a leer. Apropiémonos de la cultura y, solo de esta manera, podremos intentar ser libres