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Archivo de Marzo de 2008
Domingo, 30 de Marzo de 2008
En relación con el comentario anterior no me resisto a incluir esta fotografía, enviada por una amiga mirona. El cartel de la foto anterior decía No pisen las paredes. Este no es menos inquietante, pues no habla de pisar, sino que conmina a ni siquiera poner los pies. ¡Sublime!
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Sábado, 22 de Marzo de 2008
El cartel de la fotografía puede verse en un conocidísimo bar del centro de Madrid, en el mismo en que Pablo Iglesias, hace ya más de cien años, fundó el PSOE. Hay muchos carteles curiosos que podemos encontrar en los sitios más inesperados. Recuerdo uno en una taberna de Sevilla que decía: “No escupir en el suelo.” Parece lógicio e higiénico, pero lo inquietante es que daba pie a pensar que sí se podía escupir en otros lugares del establecimiento. El verano pasado, en el barrio de San Blas, en la ciudad de Cuzco (Perú) vi un cartel en una calle que decía: “Se prohibe efectuar sus necesidades fisiológicas y pintar en las paredes bajo pena de multa y arresto.” A eso se le llama matar dos pájaros de un tiro. Seguro que todos los mirones de este blog podrían comentar la leyenda de algún cartel que un día les llamó la atención.
Volviendo al de la fotografía, me hubiese encantado que dijese justamente lo contrario, algo así como: “Pisen las paredes, asciendan por ellas, caminen por el techo cabeza abajo… Si lo consiguen, habrán atravesado una frontera mágica. Piérdanse al otro lado. Y si algún día tienen a bien regresar a nuestro mundo, no se olviden de contarnos todo lo que vieron y sintieron allá.”
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Viernes, 14 de Marzo de 2008
Un comentario a la entrada anterior me ha hecho reflexionar sobre los recuerdos. Es cierto que los recuerdos forman parde de nuestra vida y en muchas ocasiones hasta justifican lo que hacemos o dejamos de hacer. Yo, sin embargo, cada día me fio menos de los recuerdos. No hay nada más traicionero que un recuerdo. He visto cómo muchas personas han ido manipulando sus propios recuerdos, adaptándolos en cada momento a sus conveniencias. No sé si se comenzará a hacerlo de manera involuntaria, pero estoy seguro de que llega un momento en que dejamos de ser conscientes de nuestra propia mentira y nos engañamos a nosotros mismos.
Los seres humanos somos egocéntricos en mayor o menor medida y, por eso, tendemos a adaptar todo a nuestra conveniencia. No solo lo que nos atañe directamente, sino hasta las cuestiones más trascendentales. Por lo general lo hacemos solos; pero, a veces, cuando se convive estrechamente con otra persona, se comparte hasta la falsificación. El engaño, entonces, se levanta a dos voces y a cuatro manos. Y el efecto suele ser el mismo. Sin embargo, si se produce una ruptura, esta afectará incluso a los recuerdos, y esas dos personas empezarán a ver las cosas -las presentes y las pasadas- de diferente manera.
Al final, ¿dónde está la realidad? Si la realidad no existe como tal y solo es una suma de subjetividades, pues no se hable más. Cada persona se construirá su propia realidad sobre los cimientos que prefiera. Habrá millones y millones de realidades y la gente vivirá con ellas, feliz o infeliz. Pero entonces ¿dónde está la verdad? ¿O la verdad también es subjetiva?
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Miércoles, 5 de Marzo de 2008
Queridas/os mironas/es: Si hacéis honor a vuestra reconocida facultad de mirar y observáis la fotografía del comentario, podréis descubrir una pared en la que se aprecian las huellas de un cuadro -que estuvo, pero que ya no está-. Siempre me han parecido tristes las huellas que dejan los cuadros cuando son descolgados; tienen algo de nostalgia y de desasosiego. Es inevitable preguntarse qué era lo que estaba allí colgado y, sobre todo, por qué fue descolgado. Siempre hay una historia impregnada en esa mancha que queda en la pared. Y esa historia puede sobrecogernos de pies a cabeza si un buen día descubrimos esas huellas en las paredes de nuestra casa. Seguramente nuestra casa ya nunca volverá a ser la misma, ni tampoco nuestra mirada.
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Miércoles, 5 de Marzo de 2008
Bartleby, el escribiente es uno de los relatos cortos más famosos de la historia de la literatura, y su autor, Herman Melville, uno de los más destacados del siglo XIX. Prácticamente nada se puede añadir sobre esta historia, precursora de tantas otras. Y mucho menos después de que Enrique Vila-Matas escribiiera su magnífico libro Bartleby y compañía, en el que se fue refiriendo a a escritores que, como el escribiente Bartleby, en un momento de su vida “prefirieron no hacerlo” y dejaron de escribir.
Realmente es tentador dejar de hacer aquello que, durante toda la vida, ha sido tu trabajo, tu ilusión y tu mundo. Levantarte un día de la cama, por ejemplo, tomarte un café caliente y una tostada con aceite, asomarte a la ventana, rascarte la barba de dos días y musitar entre dientes: “Prefería no hacerlo”. Pero no hacerlo hoy, ni mañana, ni pasado… Simplemente no hacerlo, dejar de hacerlo. No volver a escribir ni una sola página más. ¡Qué digo página! Ni un párrafo, ni una línea, ni una palabra… Dicho así, puede parecer simplemente una actitud muy literaria; pero Vila-Matas ya se encargó de explicarnos que en muchos casos se convirtió en algo real. Tomar esa actitud es como constatar que pocas cosas tienen sentido en la vida, porque hasta los sueños más anhelados se desvanecen en la desgana, en la apatía, en la abulia, en el desinterés…
Hay un detalle que me gusta mucho del relato de Melville: cuando Bartleby toma la decisión de no hacerlo, no se mueve del sitio y permanece en aquella oficina a todas horas. Prefiere no hacerlo, pero no se marcha. Seguramente habrá constatado que ese es el sitio que se ha ganado en la vida, o quizá es que no tenga otro lugar a donde ir. Incluso, no consiente que nadie le mueva de allí. El sitio lo tiene ganado, conquistado, y solo a la fuerza conseguirán sacarlo. Bartleby ha llegado hasta allí, y allí decide quedarse; pero sin dar un solo paso más.
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