Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Esguardamillados

1 de Febrero, 2012

esguardamillados
Lo escuché el otro día en un programa de radio. Dámaso Alonso no quería prestar sus libros porque se los devolvían “esguardamillados”. ¡Qué palabra tan bonita! Del verbo esguardamillar. Si buscáis la palabra en el diccionario, queridos mirones, comprenderéis por qué el ilustre poeta y filólogo no quería prestar sus libros. Los idiomas son vivos y, por consiguiente, mutantes. Se pierden constantemente palabras y se adquieren otras. Lo malo es cuando se pierden palabras precisas, contundentes y sonoras y, por el contrario, se adquieren otras huecas, artificiales o transvasadas de otras lenguas. Creo que hoy en día, con el auge de la era tecnológica e informática, sería una guerra perdida tratar de salvar el verbo esguardamillar. Pero hay otras opciones, implícitas en su propia definición. El cielo está esguardamillado, quién lo desesguardamillará, el desesguardamillador que lo desesguadarmillare, buen desesguardamillador será. Por ejemplo. Está noche yo también me siento esguardamillado.

La mirada de la cebra

25 de Enero, 2012

cocodrilo y cebra
Lo hemos visto muchas veces en los documentales de naturaleza. Una cebra, después de pensárselo mucho, después de patear las orillas del río buscando el lugar más seguro, decide lanzarse al agua e intenta llegar a la orilla opuesta. No le queda más remedio, pues toda la manada ya lo está haciendo. Al principio, sus pezuñas se clavan en el fondo enfangado y camina con seguridad; después, el agua le cubre y comienza a nadar, luchando para no ser arrastrada por la corriente. Y cuando está a punto de llegar al otro lado, cuando ya vuelve a sentir la tierra bajo sus patas, aparece un enorme cocodrilo, abre sus temibles fauces y lanza una terrible dentellada. La pata trasera de la cebra ha quedado atrapada en la boca del saurio; pero ella no se rinde, pues tiene la orilla, que es su salvación, al lado. Empuja con fuerza hacia afuera, mientras que el cocodrilo empuja con fuerza hacia adentro. Los músculos se tensan y comienza una lucha de resistencia. La cebra lo intenta una vez, y otra, y otra… El cocodrilo solo aprieta su mandíbula, sin ceder, y espera. Y de pronto nos damos cuenta de que la cebra se ha quedado sin fuerzas, su resistencia ha llegado al límite. La cámara nos muestra un primer plano de la cabeza de la cebra y sus ojos hablan por sí mismo: son el reflejo del pánico. Parecen mirar a alguna parte, pero en realidad ya no ven nada. Su respiración desbocada le obliga mantener la boca abierta, aunque no emite ningún sonido. Seguramente el terror le ha dejado muda. Ya no le queda ninguna posibilidad y ella lo sabe. El cocodrilo también lo sabe.

Cierro los ojos para no ver el final de la cebra y entonces comprendo que no se trataba de un documental de naturaleza, aunque así hubiese sido anunciado. Preocupado, me miró la pierna.

Morir en esta vida

20 de Enero, 2012

mayakovski
Vladimir Mayakovski se pegó un tiro en el corazón a los 36 años, el 14 de abril de 1930. Yo lo leía cuando tenía veinte años. He rebuscado por mis estanterías y he encontrado dos libros, ya amarillentos, uno de poemas y “El baño”, una obra teatral. Pero en realidad lo que me ha venido a la mente hoy –y no sé por qué– ha sido una canción que en 1972 le dedicó Raimon, “Morir en esta vida”. Siempre me emocionó.
Esta es la letra de la canción, traducida literalmente del catalán al castellano:
No es difícil morir en esta vida,
que vivir es más difícil.
Y he de evitar tu gesto
más absurdo, inútil.
No diré nunca:
se ha roto la barca del amor
contra la vida cotidiana;
prehistórico como soy, contradictorio como soy,
me sería más fácil destrozarla.
Porque te he hecho parte de mi vida
y creo en los poemas que tú hacías,
he de evitar tu gesto
más absurdo, inútil.
No diré nunca:
se ha roto la barca del amor
contra la vida cotidiana.
Tú has escrito hace ya muchos años
y te leo aún hoy,
poeta Mayakovski.
No es difícil morir en esta vida,
que vivir es más difícil.

¿Por qué precisamente hoy la he recordado? ¿Por Mayakovski?, ¿porque a mediodía he estado hablando de suicidios y suicidas?, ¿porque también soy prehistórico y contradictorio?, ¿porque la barca del amor siempre se rompe contra la vida cotidiana?…

Hoteles, de nuevo

11 de Enero, 2012

hoteles, de nuevo
Miro mi agenda y me asusto. Está prácticamente llena hasta comienzos del mes de junio. No quiero ni imaginar la cantidad de charlas que tendré que dar por toda España, e incluso en el extranjero: colegios, institutos, bibliotecas… Un año más me hago la misma pregunta: ¿por qué he aceptado tantos compromisos? Hubiese sido sencillo decir que no, que no y que no. ¿Sencillo para alguien que no sabe decir “no”?

Aunque podría hacerlo, no quiero contar las noches en las que dormiré en un hotel. Serán muchas, muchísimas. Escribo estás palabras en un hotel de Bilbao, pero la semana que viene estaré en un hotel de Santander, y la siguiente en un hotel de Valencia, y la siguiente… Hoteles. No es la primera vez que escribo algún comentario sobre hoteles en este Falso Diario. Inevitablemente he mantenido y mantengo una relación muy especial con los hoteles. A veces pienso que son mi segunda casa y recuerdo haber leído algo sobre escritores que decidieron instalarse a vivir en hoteles. Vivir para siempre en un hotel, o en dos, o en tres… El hotel se convertiría entonces en su primera casa, en su única casa. Tengo que reconocer que a veces me he imaginado a mi mismo haciéndolo.

Nadie –salvo las personas que vivan situaciones similares– puede entender la cantidad de sensaciones que se experimentan en un hotel durante una tarde tras otra, durante una noche tras otra. Nadie, ni las personas más allegadas a ti pueden hacerse una idea. A veces la soledad se hace tan espesa que parece arcilla y hasta puede arañarse. Otras veces, el silencio se vuelve tan opaco que te deja sordo y, aunque quieras, no puedes oír nada. Las camas suelen ser grandes y, al meterte en ellas, tienes la sensación de menguar y menguar, hasta convertirte en una partícula perdida en una pradera infinita y blanca. Las pantallas apagadas de los televisores se vuelven agresivas y están a punto de saltarte al cuello y, si las encendemos, es todavía peor. En ocasiones, un grifo gotea, o zumba el motor del aire acondicionado, o cruje un mueble, o alguien camina por el pasillo, o jadean en la habitación contigua… Son detalles, pero no son nimios. Es la constatación de que estás allí, de que una vez más estás allí. Solo los seres solitarios, como yo, pueden soportarlo.

Ríos

10 de Diciembre, 2011

Ríos
Uno no tiene conciencia exacta de sus ríos hasta que los compara con otros. El río de mi ciudad se llama Manzanares y cuesta trabajo considerarlo como tal. Si tiene agua, es gracias a las presas y represas que la contienen; y su aspecto, después del soterramiento de la autovía de circunvalación, es el de una especie de estanque con patos para esparcimiento ciudadano. Poco más.

Me acuerdo de un profesor de Geografía que nos explicaba cómo todas las grandes ciudades del mundo estaban situadas o bien a la orilla del mar, o bien en las riberas de un gran río. Excepto Madrid, naturalmente.

Recuerdo la primera vez que fui a Francia –quizá fuese mi primer viaje al extranjero– hace ya muchos años. Iba en coche y lo que más llamó mi atención fueron los ríos franceses; no sólo los más importantes, sino todos los ríos: anchos y caudalosos, que fertilizaban las tierras de su entorno. Era inevitable la comparación y uno recordaba los páramos peninsulares, los riachuelos que se secaban durante el verano, los secarrales, los vientos que arrasaban las llanuras desiertas levantando polvaredas… Desde entonces, siempre que viajo me llaman poderosamente la atención los ríos: el Danubio, el Nilo, el San Lorenzo, el Sumida…

Recuerdo también a otro profesor, esta vez de Historia, que nos decía que la historia de la Humanidad podía escribirse ateniéndose exclusivamente al clima. No lo sé. Los ríos, claro, forman parte del clima. Y ahora pienso que tal vez la historia de la Humanidad podría escribirse atendiendo exclusivamente a los ríos. No sería un disparate. Estoy convencido de que los ríos marcan el carácter de las personas que viven en su entorno.

Acabo de viajar a Lyon y me he cansado de pasear por la orilla del Ródano, que en la misma ciudad recibe las aguas del Saona. ¡Que pedazo de río! Lyon es una ciudad muy bonita y atractiva. Tienes catedrales, barrios muy pintorescos, monumentos… Pero si a Lyon le quitasen el Ródano dejaría de ser Lyon. Y si a los franceses les quitasen sus ríos, dejarían de ser franceses. Si por España a partir de mañana pasase el Amazonas, dejaríamos de ser españoles. A eso me refiero.

Estreno el día 24

18 de Noviembre, 2011

estreno el día 24
En el otoño de 2007 viajé por primera vez a Medellín. La experiencia vivida, la realidad observada y las emociones sentidas me inspiraron “Barro de Medellín”, un libro al que siempre le deberé muchas cosas. Creo que fue a comienzos de 2010 –ya va para dos años– cuando recibí una llamada telefónica desde Nueva York. Una mujer llamada Xandra Uribe –paisa afincada en Estados Unidos– me contaba que la lectura del libro le había fascinado y conmovido y, de inmediato, me transmitió un sueño –su sueño–: hacer un espectáculo musical basado en la novela. He de confesar que, de inmediato, me contagió su entusiasmo, que le rebosa como un caudal incontenible, y me comprometí a escribir yo mismo la versión teatral. Pero, claro, de ahí a que se hiciera el espectáculo mediaba un abismo. En septiembre de 2010 estuve en Nueva York y conocí personalmente a Xandra Uribe. Y entonces no lo dudé: esa mujer iba a conseguirlo. Lo leí en el brillo de su mirada, en su sonrisa permanente, en sus gestos… Me di cuenta de que su energía sería difícil de contener.

No voy a contar más pormenores del proceso. Solo quiero decir que el próximo día 24 de noviembre se estrena en Medellín –¿dónde si no?– el espectáculo BARRO DE MEDELLÍN, que para Xandra es mucho más que un espectáculo, es sencillamente la culminación de un sueño. ¿Puede haber algo más hermoso en la vida? Lamento muchísimo no poder estar en Medellín ese día, pero tenía un compromiso previo en Francia, imposible de cambiar. No estaré allí, pero estaré allí. Espero que os llegue el eco de mi aplauso, aunque mis palmas se batan a diez mil kilómetros de distancia. Un abrazo muy fuerte para todos los que habéis hecho realidad este sueño y, como decimos en España para desear éxito, “mucha mierda”.

Mirones, os aconsejo que echéis un vistazo a www.barrodemedellin.com y quizá os podáis hacer una idea.

Mateo y el saco sin fondo

9 de Noviembre, 2011

Mateo y el saco sin fondo
¿Cuántas cosas caben en un saco sin fondo? Muchas, muchísimas, todas. Si el saco no tiene fondo, podríamos pensar que todas las cosas caben en él. Pero evidentemente no vamos a tomarnos la frase al pie de la letra, sino con el sentido que tiene en nuestro idioma, sobre todo en el lenguaje popular.

Podríamos ir un poco más lejos. ¿Cuántas personas y situaciones cabrían en un saco sin fondo? También muchas, muchísimas, todas. Pero afinemos un poco más. Ante un problema serio de un niño –cada uno que imagine el drama que le apetezca, pues yo no voy a revelar la trama del libro– ¿cuántas personas estarían dispuestas a aprovecharse de ese drama en su propio beneficio, sin escrúpulos, o lo que es peor, con falsos escrúpulos? ¿Cuántas situaciones rocambolescas podrían darse, todas motivadas por un egoísmo personal, espoleado y jaleado, a su vez, por un egoísmo de tipo social?

¿Cabrían en un saco sin fondo todas las personas que en pleno siglo XXI, casi a finales del año 2011, explotan miserablemente a los niños? Me refiero, sí, a los niños explotados en fábricas textiles de Asía, a los mineritos de América Latina, a los niños guerreros de África; pero también me estoy refiriendo a los niños explotados del mal llamado Primer Mundo, niños explotados en su mayoría por sus propios padres, que les roban descaradamente su infancia; niños explotados por la sociedad de consumo, que ha descubierto en las nuevas tecnologías el arma perfecta para reinstaurar la esclavitud sin que nadie se rasgue las vestiduras.

Si alguien lee MATEO Y EL SACO SIN FONDO, mi último libro publicado, pensará en qué tiene que ver lo que acabo de escribir con el propio libro. Pero si la lectura nos hace pensar un poco –cosa siempre deseable– tal vez caiga en la cuenta de algunas cosas.

Yo espero que el libro lo lean los niños, sin excluir a los adultos, y que les haga pensar un poco y que, de este modo, ellos mismos se nieguen a entrar por la embocadura de un saco sin fondo. A estas alturas, solo ellos, los niños, podrían cambiar las cosas.

Niños

20 de Octubre, 2011

niños

Hoy las noticias hablaban de niños. Mal asunto. Cuando las noticias hablan de niños, siempre son malas. Un niño y una niña llevan días desaparecidos. Sobrecoge pensarlo. ¿Un secuestro? ¿Un crimen? En el segundo caso, ¿podría estar implicado algún miembro de su familia? Repugna pensarlo. Solo se habla en los medios de comunicación de los niños para esto. ¡Qué tristeza! ¡Qué poca vergüenza!

Los niños como tales, como seres humanos, interesan poco –he estado a punto de escribir “nada”– a la sociedad. Que se ocupen de ellos sus padres y sus maestros. Y punto. Pero si surge una de esas noticias truculentas con niño de por medio, los periódicos, los noticiarios de las emisoras de radio, los telediarios, las tertulias, habrán encontrado un filón. La piedra filosofal del siglo XXI. Oro a raudales. Para eso valen los niños en esta sociedad: para vender truculencias a su pesar y, por supuesto, para comprar. Ese es otro tema. El niño como consumidor, exclusivamente. El niño que compre o que haga comprar a sus padres cualquier cosa, por innecesaria que sea. Ya se encargará la publicidad de crearle la necesidad bombardeándolo sin piedad.

¡Qué tristeza! Porque los niños no se dan cuenta de cómo los utilizan, de cómo los manipulan, de cómo les crean necesidades, de cómo les roban la infancia y la dignidad. Maestras y maestros, seguid luchando siempre por los pisoteados derechos de los niños, sí, por esos derechos que se tienen enmarcados en todas partes, pero que tan poco se respetan. Algunos escritores también hacemos lo que podemos.

Cuando empecé a escribir este comentario pensaba hablar de mi último libro, “Mateo y el saco sin fondo”, que en cierto modo trata de todo esto; pero se me han quitado las ganas.

Elogio de la lentitud

7 de Octubre, 2011

elogio de la lentitud
Me encuentro a menudo jóvenes aspirantes a escritores, algunos jovencísimos. Me piden consejos, como si yo pudiera dárselos. Muchos me preguntan por la escritura en sí, por sus intríngulis, porque piensan que existe una especie de fórmula mágica, que solo poseemos los escritores, y que ponemos en práctica a la hora de escribir un libro. Pero es frecuente, por desgracia, que a lo largo de la conversación el aspirante a escritor, sin poder disimular su preocupación, te pregunte sin más: “¿Qué tengo que hacer para publicar mi libro? ¿Adónde tengo que ir, por quién debo preguntar? ¿Qué editorial paga más dinero?” No me invento ninguna pregunta.

En este mundo de prisas absurdas, de correr para no llegar a ninguna parte, es difícil que un aspirante a escritor viva ajeno a ello. Pero si hay algo que daña irremediablemente a la literatura –y al arte en general– son las prisas. Escribir, necesariamente, tiene que ser un proceso lento, a veces lentísimo, que por supuesto tendrá mucho que ver con el carácter del propio escritor. Hay que meditar cada página. Hay que pensar cada párrafo, Hay que reescribir cada línea. Hay que discutir con cada palabra. Y así, poco a poco, ir avanzando. A veces a trompicones, dando marcha atrás y tomando nuevo impulso.

El otro día, viendo un partido de fútbol, el locutor dijo: “Este futbolista es muy bueno, pero muy lento”. ¿Qué preferimos calidad o rapidez? En el mundo del fútbol evidentemente lo que todo el mundo prefiere es que el futbolista meta goles. Y creo que eso mismo es trasladable a muchas cosas de la vida que llevamos en estos tiempos. Pero si hay algo claro, es que eso no sirve para la literatura. En literatura solo se meten goles con la calidad. E incluso, para disfrutar de un buen gol a veces tienen que pasar muchos años. Y seguramente, en la vida -en la auténtica, no en la artifial- también.

Pena de muerte a una biblioteca

28 de Septiembre, 2011

biblioteca del Zaidín
La autoridad competente –o incompetente– se sienta y echa un vistazo a los papeles que tiene sobre la mesa. En primer término, el libro de firmas: documentos que están esperando un garabato para producir efectos inmediatos y colaterales. Un decreto, un edicto, una resolución, una ley, una condena… En muchos lugares la autoridad competente sigue firmando penas de muerte; por ahorcamiento, con silla eléctrica, por inyección letal, a pedradas… Pero, además, hay otras muchas penas de muerte que no se firman, solo se consienten, o incluso se provocan.

Cuando hablamos de la pena de muerte, inevitablemente, pensamos en personas, en individuos, en seres humanos. Pero no siempre es así. A veces se firman penas de muerte que afectan a animales –el contrato de una corrida de toros–, o a un bosque –la licencia para construir una urbanización en un paraje protegido–, o al mar –el permiso para enterrar residuos radiactivos en el fondo del océano– , o a la enseñanza pública –tijeretazos salvajes, dejaciones, olvidos voluntarios–. Y más, mucho más..

Recientemente, imagino que como una rutina más, el alcalde de Granada abrió el portafolios que descansaba sobre su mesa de trabajo y empezó a echar garabatos a todos los asuntos pendientes. Y así fue como firmó la pena de muerte de una biblioteca de la ciudad, de su ciudad: la biblioteca de la plaza de las Palomas, del popular barrio del Zaidín. Los vecinos del barrio se echaron a la calle, se amotinaron en la plaza, se manifestaron por las calles. No entendían la sentencia, pues la biblioteca no había cometido ningún delito. Durante años, su actividad principal había consistido en difundir los libros y en fomentar la lectura. Los vecinos solo pedían que la biblioteca siguiese viva, que la cultura tuviese un pequeño reducto dentro de un barrio con carencias de todo tipo. Los que protestaron en la calle y los que nos sumamos en la medida de nuestras posibilidades a esa protesta, solo conseguimos del alcalde que nos llamase públicamente “insolidarios”. Me hubiese dado igual que nos llamase indeseables, delincuentes, masones o hijos de puta. Pero… ¿insolidarios? Cualquier cosa menos eso. Quizá si este alcalde usase más las bibliotecas, en vez de cerrarlas, sabría cuál es el verdadero significado de la palabra “insolidario”. Su solidaridad con la cultura hizo que la sentencia se ejecutase hace unas semanas. La biblioteca del Zaidín ha muerto.

http://nocierrebibliotecadelzaidin.blogspot.com/