Página personal de Alfredo Gómez Cerdá

Gracias, Teo

23 de Enero, 2010

gracias, Teo
El ser humano adulto -quizá la madre- se tapa el rostro con la mano. Ya no soporta seguir mirando. El niño que está a su lado, sin embargo, mantiene la mirada fija; parece petrificado, como si el horror que está contemplando no le permitiera reaccionar. Es demasiado tarde para cualquier reacción. Y ese horror que les rodea, que los envuelve, debemos imaginarlo nosotros. No será difícil hacerlo. No es el horror de una catástrofe natural -aunque podría serlo-, es el horror de una catástrofe mucho mayor, irreversible: la catástrofe del ser humano. Al ver a estos dos personajes no puedo dejar de pensar en la última y estremecedora novela de Cormac MacCarthy: “En la carretera”.

Teo Puebla acaba de inaugurar una exposición -quizá la más ambiciosa de todas las que ha hecho-. La exposición es una galería de retratos gigantes. Son gigantes por el tamaño, pues todos pasan de dos por dos metros; son gigantes por el trazo firme y rotundo del pintor, que nos atrapa con una fuerza inusitada; son gigantes por las personas retratadas, hombres y mujeres de todas las épocas que murieron luchando por sus ideales y, por consiguiente, por su libertad y la de todos. De ahí el título de la exposición: “Gracias”. Están Gandhi, Luther King, Espartaco, Tomás Moro, Víctor Jara, los Comuneros de Castilla, Monseñor Romero, Mariana Pineda… Y otros. Acompaña a los retratos un mural, que es a la vez una síntesis y un desarrollo de la historia de la Humanidad, un camino sangriento y oscuro, despiadado, sin retorno. Un camino que sería insoportable de no ser porque en todas las épocas han existido “locos maravillosos”, como los que ha retratado Teo.

Gracias a ti, Teo, por conmovernos, por zarandearnos, por no permitir que cerremos los ojos. Gracias por esa obra rotunda y directa, cada día más maestra.

Hasta el día 10 de febrero la exposición estará en el Centro Cultural Gaya Nuño, de Soria, en la Plaza de San Esteban. Mirones, si estáis en Soria no os la perdáis, y de lo contrario, ya tenéis un motivo para viajar a esta entrañable ciudad. Después, la exposición seguirá un largo camino por Castilla y León: Zamora, León, Ponferrada, Ávila, Valladolid.

Ofertas de enero

11 de Enero, 2010

bragas web
Utilizo una fotografía que me ha llegado a través de un correo electrónico, lo que significa que es muy probable que la conozca ya muchísima gente. No obstante, observándola, me ha apetecido escribir un pequeño comentario.

Ayer, domingo, estuve por la mañana en la cuesta de Moyano. Para los no madrileños debería explicar que se trata de una calle corta y empinada (ahora peatonal) por la que puede accederse al parque de El Retiro desde Atocha. Por el lado que linda con el Jardín Botánico, junto a la verja, se alinean unas casetas de madera donde se venden libros desde hace aproximadamente cien años, la mayoría de segunda mano (o tercera, o cuarta, o quinta…) Hacía un frío terrible, a pesar de lo cual la animación era grande entre los puestos de madera y gente de todo tipo y edad rebuscaba entre los libros para encontrar el que andaban buscando, u otro que no buscaban pero que también les apetecía. Algunas personas llevaban bolsas en bandolera, que iban cargando poco a poco. Nadie pedia nada a cambio y solo en una ocasión vi a un tipo regateando con el vendedor.

Ascender y/o descender por la cuesta de Moyano es un rito antiguo, parsimonioso, al que muchos madrileños nos entregamos. A veces, un descubrimiento inesperado te hace soltar una exclamación; la mayoría de las ocasiones te conformas con remover toda esa vida que duerme entre las páginas polvorientas de los libros amontonados. Libros ya curtidos porque han tenido que soportar nevadas, lluvias, vientos y esos calores tórridos de los veranos de Madrid. Compres o no compres, siempre te vas con una sensación agradable en el cuerpo y con la certeza de que volverás a las primeras de cambio. Por fortuna, a ninguno de los libreros de la cuesta de Moyano se le ha ocurrido regalar unas bragas por la compra de tres libros.

Pásame otra gamba

23 de Diciembre, 2009

babelia web okEl sábado día 19 publiqué en el suplemento cultural del diario El País -Babelia- un artículo titulado “Pásame otra gamba”. Cuando me invitaron a colaborar en ese número me ofrecieron un espacio concreto, que no se podía sobrepasar, y libertad para escribir sobre lo que yo quisiera. Aunque pasaron varias ideas por mi cabeza, mi opción final fue reivindicar algo en lo que siempre he creído: la literatura infantil y juvenil. Este “Falso Diario”, como de costumbre, llega tarde, pues el artículo en cuestión ya anda saltando de blog en blog.

En La Vía Láctea, de Luis Buñuel, dos peregrinos hacen un alto en el Camino de Santiago para comer. De repente, uno le pregunta al otro: “¿Crees en la existencia de Dios?”. El compañero, como si tal cosa, responde: “Pásame otra gamba”. Cuando hablo de literatura infantil y juvenil (LIJ) siento en muchas ocasiones unas ganas enormes de repetir esa frase. ¡Pásame otra gamba! ¿Es la LIJ una literatura “de segunda”? ¡Pásame otra gamba! ¿Tiene menos calidad literaria que la “de adultos”? ¡Pásame otra gamba! ¿Hay muchos libros malos de LIJ? ¡Pásame otra gamba! ¿Se rebaja un escritor cuando escribe LIJ? ¡Pásame otra gamba! Etcétera. Hace un año y pico recibí un premio literario. En el acto de entrega hubo princesa, ministro y muchas autoridades. Todos tomaron la palabra y, curiosamente, el ministro del ramo, en su turno, se limitó a cuestionar la existencia de la LIJ con ese argumento archisabido de que sólo hay libros buenos y malos. Pero, ¿quién lo duda? ¡Pásame otra gamba, ministro! Pronto me entregarán el Premio Nacional de LIJ, que acabo de ganar, y espero que nadie, en los discursos oficiales, repita los mismos tópicos. A sesudos intelectuales les he oído decir -para repudiar indirectamente la LIJ, por supuesto- que se iniciaron en la lectura a los cinco o seis años con la Ilíada, la Odisea, o las obras completas de Shakespeare. Me alegro por ellos y por su precocidad, pero les aseguro que se han perdido libros maravillosos, que ya nunca se van a atrever a recuperar -aunque sí a denostar-. Y no voy a caer en la tentación de citar ahora esos libros clásicos de la LIJ, ya convertidos en estandarte. Me refiero a esos, por supuesto, pero también a otros muchos, menos conocidos. Escribir literatura infantil y juvenil es elegir una de las opciones más mágicas y creativas que puede tomar un adulto que siente la llamada de las letras; es recrear con total libertad el mundo infinito y complejo de los niños y de los jóvenes, un mundo que debería interesar también y de manera especial a los adultos; es aplicar los cinco sentidos a la obra literaria; es rigor absoluto para levantar un sólido puente de palabras que una el universo del que escribe con el universo del que lee; es pasión, amor, dolor, incertidumbre, gozo, duda, curiosidad, trabajo… En este punto alguien podría añadir que todo eso también lo siente el que escribe “para adultos”. ¡Pásame otra gamba! Todo cabe en la literatura infantil y juvenil, y todo cabe de mil maneras distintas. Del derecho y del revés, desde fuera y desde dentro, con lógica o sin sentido, con risa o con llanto, con los ojos abiertos o con los ojos cerrados… Un escritor puede expresar todo lo que lleva dentro aunque escriba para niños y jóvenes. Sueños, frustraciones, alegrías, pesadillas. Todo. Y quizá, en ese intento por conseguir simplemente que los niños y los jóvenes le entiendan, él mismo podrá entenderse mejor. Escribir para niños y para jóvenes nos lleva a explorar los maravillosos y complicadísimos caminos de la sencillez desnuda, que nunca es simpleza. La concisión. La brevedad. La palabra precisa y adecuada. Eso es Cervantes. “Llaneza, muchacho”. No estaría mal que todos los escritores hiciesen una incursión en la LIJ. ¡Aprenderían tanto! Es mucho más fácil la retórica. Es mucho más fácil perderse deliberadamente en el laberinto, sabedores de que el Minotauro ya está muerto, e ignorar el atajo luminoso. La literatura infantil y juvenil es ese atajo, el camino que nos lleva directamente. Y en el fondo la literatura es solo eso: el hilo misterioso y clarividente de Ariadna.

Un vídeo

23 de Diciembre, 2009

La entrevista que recoge este vídeo tiene ya casi dos meses. Imperdonable el retraso para un blog. Además, ha sido difundida ampliamente por Internet (por supuesto, está en YouTube). A pesar de todo, me decido a incluirla también en este “Falso Diario”, al que la actualidad y la inmediatez le tienen sin cuidado.

Miami

27 de Noviembre, 2009

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Acabo de regresar de Miami. Han sido ocho días interesantes. Niños, jóvenes, adultos. Lo que más me gusta de la ciudad es su imbricación con el mar. No sabes si realmente es el mar el que penetra en la ciudad, o al contrario. Hubo tiempo libre para visitar (con baño incluido) sus famosas y televisivas playas. 

Contaré una anécdota. Ocurrió en un colegio con jóvenes que rondarían los quince o dieciséis años. A propósito del libro que habían leído, La última campanada,les invité a que me dijerán alguna cosa por la que ellos protestarían ante la sociedad. De inmediato, un joven colombiano dijo que protestaría por el trato que reciben los emigrantes no cubanos en Miami. Nos contó que cuando llegaba un cubano todo eran puertas abiertas; sin embargo, cuando llegaba un emigrante de otro punto de Latinoamérica la cosa era bien distinta, y los propios cubanos eran los primeros en marginarlos. Se organizó un pequeño revuelo y, de inmediato, un joven cubano, dirigiéndose a mí y con un elocuente gesto de sus brazos, me dijo: “No le haga caso, eso que dice es socialismo.” La anécdota me ha hecho reflexionar mucho. Es curioso observar como unos emigrantes repudian a otros emigrantes. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Todas las actividades que desarrollé durante los ocho días, estupendas y jugosas. La gente, también. 

Sobre premios

21 de Octubre, 2009

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Todos los miércoles, desde 1915, se publica en Francia Le Canard enchaîné (El Pato encadenado), un periódico satírico, con  muchos chistes e historietas, al que todos los políticos y personajes notorios de Francia tienen mucho respeto, por no decir pánico. Hace gala de independencia de cualquier poder político o grupo empresarial y por ese motivo ni siquiera admite publicidad en sus páginas.

Hace unos días escuché por la radio un comentario muy curioso que hacía referencia a esta publicación. Parece ser que, según sus normas, todos los trabajadores de la publicación tienen prohibido ganar premios, bajo pena de expulsión. Por eso, jamás se presentan a concurso alguno. Pero ocurrió en una ocasión que a un redactor le concedieron uno de esos premios a los que no hace falta presentarse, pues es un jurado el que valora los méritos sin consultar a los “afectados”. El redactor, como no había mostrado intencionalidad en ganar dicho premio, lo aceptó. De inmediato fue expulsado de Le Canard enchaîné.

Sería un “juego” divertido imitar a esta publicación y en cuanto alguien ganase un premio, expulsarlo. Expulsar a escritores de la literatura, a músicos de la música, a científicos de la ciencia, a futbolistas del fútbol… A lo mejor resultaba hasta terapeútico. Y si el premio era de los gordos, la expulsión iría acompañada de una patada en el culo.

Antes de que me echéis, gracias por el aluvión de cariño que me está cayendo encima.

Medellín de nuevo

1 de Octubre, 2009

medellín

Hace unos días regresé de Colombia. Tres días en Bogotá y ocho en Medellín. Hacía dos años que había viajado por primera vez a este país y a estas dos ciudades. Una vez leí una frase a José Saramago que, más o menos, decía: hay que volver a los mismos lugares para descubrirlos con diferente mirada. No creo que sea una idea original de Saramago, aunque él la haga suya; pero estoy muy de acuerdo con ella. 

Esta vez me he sumergido más en Bogotá. ¡Qué inmensidad! Me viene a la memoria ahora mismo la biblioteca de La Marichuela, tan viva y orgullosa, en medio de unos barrios de pobreza sobrecogedora, muy cerca de los inmensos estercoleros de la ciudad. Y por contraste, las amplias avenidas, el transmilenio, los parques siempre verdes, los rascacielos, los rincones bellísimos de La Candelaria, la cresta de las montañas, el cielo plomizo, el teleférico a Montserrate… 

Regresar a Medellín supuso una emoción especial. Entre otras muchas actividades, iba a presentar el libro que escribí tras mi primer viaje, “Barro de Medellín”. Volví a pasear por calles y plazas que recordaba perfectamente y hasta me tomé algún “tinto” en las mismas cafeterías. Volví a recorrer con la mirada el perfil mágico de la ciudad, hundida en un valle del que emerge prodigiosamente. Volví a balancearme en el metrocable, compitiendo en altura con los negros gallinazos. Volví a sentarme en la explanada del Parque Biblioteca España, en el barrio de Santo Domingo Savio, donde transcurre mi libro. Volví a reencontrarme con personas entrañables, a las que ya querré siempre: Tatiana, Juan Pablo, Mauricio, Marcela, Clara, Catalina, Consuelo, Viviana… Y sí, claro, conocí otros rincones de la ciudad, otros ambientes, otros perfiles, y también a otras personas maravillosas, como la escritora brasileña Marina Colasanti y la argentina Silvia Schujer; como la ilustradora colombiana Olga Cuéllar; como Clemencia Villegas, experta en bibliotecas, libros y otras muchas cosas… Tambien estaba Kepa, ¡qué gran tipo! Y al final hasta llegó Jordi, pero de Jordi tendría que poner una entrada en exclusiva en este blog.

A veces tenía la sensación de que todo era igual, de que nada había cambiado. Pero enseguida me daba cuenta de que todo era diferente. Posiblemente porque yo mismo era diferente.

Exilio

23 de Septiembre, 2009

tristezaSiempre me ha inquietado la palabra “exilio”. Hay un exilio incuestionable que todos entendemos y que algunos -o muchos- han padecido con resignación o sin ella, pero seguro que con rabia e impotencia. También existe, existió y existirá lo que se ha llamado “exilio interior”: los que se quedan pero no están.

Pero también el exilio se repliega sobre sí mismo, se encoge y se instala dentro del individuo. En esas ocasiones, nadie -y me refiero a otro ser humano con poder y maldad- es responsalbe del exilio, salvo el propio individuo. Es él mismo quien lo hace poco a poco, o de golpe y porrazo, según los casos. Se exilia de todo aquello que durante años le fue dando sentido, orientación y hasta consuelo. Se aleja peligrosamente sin dejar señales en el camino, sabedor de que se perderá y ya no podrá volver. Ni él mismo sabe qué fuerza lo empuja. O sí. Pero tal vez se sienta maniatado y ni siquiera tenga ya ganas de saber quien apretó el último nudo de su mordaza. ¿Para qué?

Los verdaderos héroes

18 de Agosto, 2009

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Hay quien sostiene que en el siglo XXI ya no se puede viajar -en contra de las apariencias- y solo es posible “hacer turismo”. Es cierto que puedes buscar el lugar más recóndito del Planeta y al llegar allí encontrarte a un “grupo organizado” -no es preciso que sean japoneses, aunque hay muchas probabilidades de que lo sean-  haciendo fotografías y siguiendo a un individuo que levanta un paraguas cerrado u otro objeto que lo distinga entre la multitud. 

Hay quien siente nostalgia de los grandes viajeros y, por consiguiente, de los grandes viajes -exploraciones o expediciones, se decía entonces-. ¡Qué añoranza de Alejandro Malaspina o de Richard Ford! ¡Qué envidia de Darwin, Humboldt o Celestino Mutis! ¡Qué emoción ante el encuentro de Livingstone y Stanley! ¡Y qué decir de Admunsen, Scott, Peary…!

Estoy en condiciones de afirmar que todos esos grandes viajeros, famosos por su tenacidad y valor, no son nada comparados con el turista del siglo XXI, tan vilipendiado, ninguneado y hasta despreciado. ¡Qué ingratitud y que ignoracia supina! Los verdaderos héroes de nuestro tiempo son los turistas; y cuanto más organizados, mejor; y cuanto más en masa, mucho mejor. ¿Hay algo comparable a recorrer un país entero en doce días? Esta proeza solo son capaces de llevarla a cabo los turistas del siglo XXI. Y en algunos casos -hay certeza de ello- se ha recorrido un continente entero en dieciocho días -incluidos viajes de ida y vuelta-. ¿Recordáis, mirones, aquella frase de aquella película: “Si hoy es martes, esto es Bruselas”?

Se necesita mucho más que tenacidad y valor para levantarse todos los días a las cinco de la mañana y pelearse en el autoservicio del hotel por el tostador y una taza de café asqueroso; se necesita valor para echarse a la calle y deglutir, uno tras otro, todos los monumentos que vayan apareciendo por el camino. Se necesita un carácter especial y una biología a prueba de bombas para soportar una cola de dos horas a pleno sol y a las tres de la tarde, con el último bocado de la comida aun bajando por el esófago, con el agravante de que la cola desembocará en una angosta escalera de caracol de quinientos peldaños, que el turista del siglo XXI escalará con estoicismo -las chanclas o los zapatos de tacón a rastras- para llegar a la terraza superior de la torre, abrirse paso a codazos entre la multitud y contemplar esa panorámica que sale en todas las postales. No le importará el sudor, que ya ha empapado su ropa y que va dejando un reguero sobre las losas de piedra, ni el riesgo de deshidratación, ni el colapso o a la mismísima muerte súbita. El turista del siglo XXI es capaz de desafiar a la insolación o, si llega el caso, a la hipotermia -da igual lo que le echen-. El turista del siglo XXi, además, se desplaza siempre con una mochila a la espalda o un bolsón en bandolera, repletos de utensilios que por lo general nunca utilizará, y por supuesto, con una cámara fotográfica de la que no aparta su vista ni un segundo y que no cesa de disparar. Y es que el turista del siglo XXI -y esto es otro mérito a añadir- solo ve las cosas a través del visor de esa cámara, por lo que la realidad será lo que quepa dentro de ese visor, por supuesto, tamizada por los píxeles y demás zarandajas electrónicas.

El turista del siglo XXI viaja a pesar de que es consciente de que sería mucho más feliz quedándose en casa, o a lo sumo en la piscina del barrio; visita museos, castillos, palacios, iglesias, catedrales, murallas, catacumbas, que le importan un bledo; escucha explicaciones de los guías sobre batallas, gestas, conflictos políticos, intrigas, que le traen sin cuidado; observa los dormitorios de reyes, los despachos de científicos, los estudios de artistas, los váteres de emperadores… Y, por supuesto, todo ello después de una cola gigantesca. Las colas ya forman parte de la idiosincrasia del turista del siglo XXI, y las hace hasta para comprar un helado, rellenar la botella de agua en una fuente, o comprarse un souvenir espantoso en un tenderete…

 ¿Hacen falta más argumentos? Sería fácil encontrarlos, aunque me temo que excederían los límites sensatos de este blog. Por favor, ¡un monumento a los verdaderos héroes del siglo XXI!     

Libros para el verano

16 de Julio, 2009

05-ks-c-bomarzo_web.jpgEn cierto modo, me horroriza el título de la entrada que acabo de escribir. No existen libros para ninguna estación del año, por fortuna. Pero no hago más que oír esta expresión una y otra vez por todas partes, sobre todo en la radio. Entrevistan a alguien y, al final, le preguntan: “¿y qué libro está leyendo este verano?”. ¿Por qué no se hace la misma pregunta en otras estaciones? También se habla constantemente de “recomendaciones para el verano”. ¿Hay estadísticas que demuestren que se lee más en verano?

Lo que sería realmente espantoso es que hubiese “libros de verano”. ¿Los habrá y yo no me he enterado? Todos sabemos que existen “canciones de verano”, por lo general espantosas. Hay quien afirma que en verano se busca una literatura más ligera, pero yo nunca he entendido el término ligero aplicado a literatura. Es una sandez, como tantas, a no ser que se refiera exclusivamente al peso en gramos del libro.

Queridos mirones, ¿estáis leyendo más este verano? Os preguntaré lo mismo que los locutores de la radio: “¿Y qué libro leéis?” Yo creo que tengo diez o doce libros esperando. Algunos son de autores a los que he conocido en persona recientemente. Siempre que conozco a un escritor me apetece leer algo suyo, si no lo he hecho ya -y si me cae bien, naturalmente-. Por esa circunstancia, tengo previsto leer a José Ovejero y a Paloma Díaz Más. Pero hay un libro, además, que quiero leer este verano -ya he comenzado con él- es una de esas obras monumentales de la literatura comtemporánea: Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez. Tengo referencia del libro desde hace muchos años -incluso confieso haber aprobado con nota en la Universidad la asignatura de Literatura Hispanoamerica II sin haberlo leído-, pero ha sido este verano cuando me han entrado ganas de hacerlo. Era el momento. Me ocurrió con Marcel Proust, que no me apeteció leerlo hasta que cumplí cuarenta años. Que nadie entienda que haya querido decir con esto que los libros vayan ligados a una edad; pero sí es cierto que a cada edad te va apeteciendo leer determindos libros. Este año toca Bomarzo. Por cierto, me encanta la gente entrada en años que disfruta con la literatura infantil y juvenil. Y que ningún ignorante diga que la LIJ es ligera, en todo caso será LIJera.